Machu Picchu hacia los andes del Peru – Capitulo 4

Fue en Venezuela y Colombia que Hiram Bingham se enamoró de la exploración de Sudamérica. Le emocionaban las vistas de lagos y junglas que le esperaban al escalar montañas. Disfrutaba las arduas caminatas a través de los pantanos con el rifle cargado. Le complacía incluso discutir sobre rutas e historia en una lengua que no era la suya. Un casco de explorador, una brújula y una actitud pistolera no bastan para ser un verdadero explorador, sin embargo. La brecha entre la exploración tal como era representada en los cómics y la del mundo real es muy amplia. En su primera expedición, Hiram Bingham se enfrentó a todo tipo de dificultades, desde guías antipáticos hasta la hambruna; desde estar perdido a aquella prueba crucial: convencer a los lugareños de que venía en paz y que no era ni soldado ni espía. Una mañana de fines de 1907, justo después del amanecer, Bingham y su grupo seguían la ruta que había tomado Simón Bolívar en su lucha independentista (Viaje a Machu Picchu Peru).

Por haber perdido su turno en un lugar de descanso habían estado a caballo toda la noche, sumando casi veinticuatro horas seguidas de viaje. Cuando sus muías chapoteaban al cruzar el río Cojedes, una llamativa, estridente y hermosa bandada de guacamayos arrancó a volar . Tras unas curvas más en el camino, vieron los Andes por primera vez. Se extendían a lo largo del continente: secos y rocosos en su lado occidental, y húmedos y boscosos en el oriental; llenos de pasto en sus altas e imponentes mesetas, y fríos y adustos en sus cumbres entre las nubes. Los Andes estaban lejos todavía, sin embargo, y la expedición llevaba mucho retraso. Según las proyecciones de Bingham y Rice, ya deberían haber llegado a Colombia, pero ni siquiera habían completado la mitad del terreno que debían cubrir en Venezuela (Viaje a Machu Picchu Peru).

El grupo estaba formado por Bingham, Rice, un joven alemán llamado Max y dos caribeños de ascendencia africana: Josh Obadiah Ñero y Richard Harvey. La retaguardia estaba conformada por dos venezolanos, Rafael Rivas y Waldemera, responsables de una carreta cargada con todo lo que Hiram había comprado en Abercrombie & Fitch: carpas, frazadas, ollas y sartenes, raciones de emergencia, linternas de bronce, libros, mapas, instrumentos topográficos y la «alquimia» del éxito de Bingham como explorador: una cámara, trípode y cientos de voluminosas placas fotográficas. No obstante, cuando llegaron a una taberna en el pueblo de Agua Blanca, aquella mañana a lo único que le prestaron atención los lugareños era a que los estadounidenses estaban armados hasta los dientes. Bingham y Rice cargaban un revólver y un rifle Winchester cada uno (Viaje a Machu Picchu Peru).

En la carreta iban otro revólver, un Máuser de cerrojo, dos escopetas de repetición y «una dotación suficiente de munición». Las armas estaban destinadas a la cacería y protección. Los estadounidenses cabalgabanb hacia un área de Venezuela que había pasado por disturbios revolucionarios y una zona de Colombia donde Bingham tenía algo de esperanza de toparse con indios «salvajes». Una vez dentro de la taberna, sin embargo, los exploradores se percataron de que sus armas ponían a todos nerviosos. Un ranchero venezolano arrinconó a Bingham y le preguntó qué hacía ahí. Se rehusaba a creer que los estadounidenses gastarían su propio peculio para venir desde su tierra con el solo fin de marchar por llanos secos, pantanos laberínticos y gélidas montañas por puro placer aventurero o para demostrar que Simón Bolívar lo había hecho un siglo antes (Viaje a Machu Picchu Peru).

La propuesta era más que absurda; era sumamente sospechosa. Furibundo, el ranchero exigió que le explicaran «por qué nuestro gobierno nos había mandado», escribió Hiram después. «Estaban contemplando hacerse de Venezuela después de Panamá?» El venezolano aseveró que ningún país gastaría dinero en explorar otro a menos que tuviera en mente conquistarlo. «Como insistí en rechazar ambas premisas y sus conclusiones, decidió que yo debía ser un espía o un oficial del ejército disfrazado». A Bingham le causó gracia el caso de confusión de identidades, pero las sospechas del ranchero no eran tan descabelladas como pensaba el estadounidense. Pocos años después, la Oficina de Inteligencia Naval usaría al arqueólogo de Harvard Sylvanus Morley como espía en México. Desde que el presidente Theodore Roosevelt anunciara su corolario a la Doctrina Monroe, en Venezuela se había sospechado que Estados Unidos estaba financiando insurrecciones para derrocar al gobierno del presidente Cipriano Castro, un dictador a veces llamado «el león de los Andes», pero a quien el presidente Roosevelt famosamente denigraba como «un monito indescriptiblemente malvado»3. En Caracas, Bingham se había alojado en la legación estadounidense, en una casa que había pertenecido al general venezolano que financió la más reciente revolución de importancia y a quien Bingham parece haber visitado en prisión (Viaje a Machu Picchu Peru).

Bingham tenía cartas de presentación del secretario de Estado de Estados Unidos y del Ministro de Relaciones Exteriores de Venezuela, pero estos distaban de ser neutrales. Castro había enfermado recientemente, y corrían rumores de luchas por el poder entre sus potenciales sucesores. Ya que Bingham visitaría la legación estadounidense en Bogotá, quizá el ranchero venezolano no había estado tan equivocado. Bingham podría no haber sido contratado por el gobierno de Estados Unidos, pero de todos modos compartía información con ellos4. Parado ahí con su casaca de cacería color kaki, el revólver a la cintura y agarrando su casco de explorador con sus guantes, Bingham más le parecía la personificación del coloso del norte cuyo interés reciente en Venezuela no había sido particularmente académico, que un explorador (Viaje a Machu Picchu Peru).

Riéndose de sus temores, Bingham reunió al resto de su grupo, montó su muía y siguió camino por los llanos occidentales de Venezuela. Para cuando llegaron a la frontera con Colombia un mes y medio después, sin embargo, las acusaciones habían dejado de causarles gracia. En el pueblo de El Amparo, en el margen venezolano del río Arauca, despertó con la noticia de que estaban bajo arresto. Bingham se quejaría de que los lugareños los habían denunciado al gobernador local como «un grupo de seis hombres armados portando cuatro Winchesters y dos Mausers, dedicados a transportar una carreta llena de armas y munición para los revolucionarios refugiados en Colombia!» De poco sirvieron las protestas de Bingham; cuatro desaliñados soldados venezolanos montaban guardia en la posada. Bingham y Rice se escaparon, ocultaron las armas en el bosque y contemplaron fugarse nadando por el río de noche (Viaje a Machu Picchu Peru).

Por fortuna, intercedió el alcalde. Acompañó a Bingham a que conociera al «venerable» gobernador de barba cana, quien lo aguardaba en su porche vestido de traje blanco de lino. Inspeccionó la tarjeta del Ministro venezolano de Relaciones Exteriores y abrió la carta privada dirigida al presidente de Colombia de parte de su ministro en Washington. Quedó decepcionado, aunque impresionado, al descubrir que las credenciales de Bingham eran legítimas. Bingham brindó por la salud del gobernador y le tomó una foto, el golpe de gracia de todo viajero moderno. La siguiente mañana la expedición se despidió de sus carreteros venezolanos y cargaron sus equipos en canoas para cruzar a Colombia. A Bingham le había desagradado Venezuela y estaba satisfecho de dejar atrás a su «perezosa» gente; el país, decía, le daba «la impresión de inactividad, como si, cansado del pasado, estuviera esperando a que algo sucediera’» (Viaje a Machu Picchu Peru).

El estadounidense se metió a la canoa del barquero, se sentó, y esperó a que lo llevaran al otro lado. En cuanto al trato que recibió, Colombia estuvo a la altura de las expectativas de Bingham. Sus funcionarios eran tan afables como los de Venezuela eran suspicaces, y les ayudaron a conseguir un guía para su siguiente tramo, un tal Juan de Dios. A Bingham le cayó bien porque tenía «sangre india». Después lo descubrirían robando una de las reliquias familiares de Rice, un águila americana dorada, pero incluso eso no fue tan malo, considerando que el viajero alemán, Max, se había fugado con la billetera de Bingham . Bingham borró a Max de su crónica posterior y culpó a Juan de Dios de todos los robos (Viaje a Machu Picchu Peru).

No obstante, Juan de Dios era un excelente guía, y le evitó una desgracia a la expedición cuando Bingham insistió en que abandonaran el camino y cruzaran los pantanos. Bingham aseveró que había tomado el desvío para seguir los pasos de Bolívar, pero también se debía a que quería toparse con algunos «salvajes». No pasó mucho tiempo antes de que una pequeña partida de Yaruros semi desnudos un grupo indígena desplazado que subsistía en base a la cacería se acercara a su campamento con lanzas, arcos y flechas. Ñero y Elarvey dicen que estuvieron «a punto de ser comidos vivos», pero nuevamente el peligro era más imaginado que real (Viaje a Machu Picchu Peru).

Lo peor que ocurrió fue que una de las «arpías» de los Yaruro estuvo a punto de tirarle dos puñados de estiércol de vaca a Bingham. Los «indios bravos» resultaron ser amigables y ayudaron a la expedición a cruzar los ríos de la región a cambio de pequeñas mercaderías. Más bien eran Bingham y Rice quienes eran peligrosos: dos hombres blancos nerviosos armados de Winchesters y criados con las ilustraciones de Frederic Remington de nobles cowboys e indios salvajes. Bingham pronto protagonizaría un encuentro violento, y Rice se volvería famoso en la década de 1920 por haber usado sus rifles contra una tribu en Brasil. Después de ver a un «salvaje desnudo» corriendo por la maleza al otro lado de un río, los hombres de Rice abrirían fuego, con lo cual doscientos «enormes caníbales» lanzaron un grito. Rice y sus hombres huyeron sin sufrir bajas, pero sí mataron a varios de sus atacantes (Viaje a Machu Picchu Peru).

Los peligros de este viaje eran reales, pero en buena medida fueron causados por los mismos exploradores. La búsqueda de precisión histórica por parte de Bingham casi los mata. Durante su largo desvío en los pantanos, se quedaron sin comida, y Bingham hubo de cazar aves duras y desagradables para que no murieran de inanición. Rice y Juan de Dios, el guía, estaban enfurecidos por este trance innecesario y finalmente sacaron al grupo de ahí con una penosa marcha de doce horas a través de aguas infestadas de pirañas. Hiram, sin embargo, la estaba pasando de maravilla. Para obtener comida, le mostró sus armas a un tabernero. Más adelante en el camino, cuando cuatro viajeros vieron que Bingham andaba armado, se aseguraron de ostentar sus propios cuchillos y revólveres antes de pasar. «Me hizo sentir como un bandolero», escribió Hiram desenfadadamente. Se sintió aún más satisfecho al llegar a las estribaciones andinas. Vieron cómo los verdes valles se elevaban hasta formar oscuros dobleces, con distantes cumbres heladas de color blanquiazul (Viaje a Machu Picchu Peru).

Al comienzo, a Hiram le hicieron recordar a Hawái, pero a medida que se iba acercando, más extraños y antiguos le parecían. La expedición arribó a un pequeño pueblo al pie de las montañas el ViernesSanto. Observaron mientras la congregación hacía una procesión desde la iglesia y marchaba lentamente por la plaza, iluminada con pequeñas velas y perfumada de incienso. El placer fue pasajero. El Domingo de Resurrección, Hiram recibió un telegrama de sus suegros, en el cual le informaban que Alfreda había enfermado de malaria mientras aguardaba su retorno en Jamaica, lugar donde los Mitchell tenían una residencia. Hiram se sinrió muy mal. Había estado ausente durante cinco meses y extrañaba a su familia. Resolviendo nunca más estar apartado de su familia por tanro tiempo, arengó a Rice y partieron al día siguiente, el 5 de abril, para empezar a escalar los escarpados y lluviosos Andes por escalinatas de piedra, pasando a los recolectores de orquídeas y, por vez primera, indios andinos plantando maíz. La parte más difícil de la travesía fue cruzar a lo largo de dos días el páramo de Pisva, un «paraje frío y húmedo» ubicado en la cordillera a 4000 metros sobre el nivel del mar. Esta era la ruta que los españoles jamás pensaron que el ejército de Bolívar podría cruzar (Viaje a Machu Picchu Peru).

Era tal como lo pintaban. Era inhóspito y sumamente deprimente, carente de vida animal y cubierto de un pasto áspero y plantas espinosas. Avanzaron entre los pequeños lagos congelados, en los cuales los guías indígenas dijeron que los españoles habían ocultado tesoros cuando huyeron de Bolívar. Los cerros circundantes eran realmente cumbres andinas de 4200 metros de altura. Bingham y Rice lograronbajar a Vas feraces tierras agrícolas, pero tan solo después de abandonar a sus seguidores caribeños, cuyas muías habían muerto. Al carecer de fuego, refugio y comida, Ñero y Harvey pasaron una noche frígida, pero «se arrastraron al valle» la mañana siguiente. Habían logrado cruzar los Andes, pero fue el punto de quiebre de la expedición. El 21 de abril llegaron a la principal carretera a Bogotá, la capital de Colombia, y Rice dejó atrás a Bingham, «debido a la conducta de Bingham». A sus colegas exploradores, les dijo que Bingham era incompetente (Viaje a Machu Picchu Peru).

Jamás se volvieron a dirigir la palabra, y tampoco ninguno volvería a codirigir una expedición. Bingham prosiguió, apurado, tenso y tan ansioso por llegar a Bogotá que ignoró por completo una de las más interesantes pistas de su primera expedición. En el camino, un lugareño le dijo que a lo lejos había un «lago del tesoro». Era el lugar donde los «antiguos reyes de Tunja tomaban sus baños de oro anuales y soltaban objetos de oro». Una compañía extranjera estaba intentando drenar el lago. ¿Deseaba el gringo investigar? El gringo no quería. Era un dato fascinante, pero había oído hablar de tesoros escondidos en lagos por toda Colombia, y pensó que se trataría de un mito mássobre la «supuesta» civilización y riqueza de los pueblos indígenas de América. Puede haberlo visto como una exageración que era mejor dejar a los ingenuos lectores de novelas baratas y los numerosos reportes dudosos de tesoros perdidos en Sudamérica, que abundaban a comienzos del siglo XX (Viaje a Machu Picchu Peru).

Apuntó la anécdota en su diario y siguió su travesía. Pese a toda su apertura de mente respecto de la historia sudamericana, seguía creyendo que los pueblos indígenas no ameritaban ser estudiados por sí mismos. Por supuesto, los indígenas del hemisferio sí tenían una cultura y civilización floreciente, tanto en el pasado como el presente. Lo más irónico fue que en este caso la leyenda era real. El lago era el mismísimo Guatavita, donde el reverenciado líder de los pueblos Muisca alguna vez se cubrió de oro en polvo, nadó o remó al centro del lago y soltó ofrendas a las profundidades. La leyenda de El rey dorado, se volvió El Dorado, el mítico reino de oro buscado por siglos en las junglas de Sudamérica. Cientos, o quizá miles, de conquistadores y exploradores ansiosos arruinaron sus reputaciones, perdieron la cordura o murieron buscándola, desde Sir Walter Raleigh hasta Lope de Aguirre. Guatavita mismo no era un mito (Viaje a Machu Picchu Peru).

En el siglo XVII un español lo había drenado un metro y medio y encontró discos de oro y esmeraldas en el lodo. En 1856 se intentó otro tanto en un lago cercano y se recuperó una «figura dorada de un jefe y diez acompañantes en una balsa». El esfuerzo más reciente era el de 1898, cuando un inglés llamado Hartley Knowles le compró los derechos a un grupo de colombianos. Para 1907, cuando pasó por ahí Bingham, Knowles estaba excavando canales para drenarlo por completo. En 1912, Knowles pondría 62 lotes de adornos, serpientes y máscaras de oro a la venta en Sotheby’s en Londres. Al año siguiente, en un hotel de la Quinta Avenida, Knowles le contaría a un reportero del New York Times que había encontrado un tesoro avaluado en veinte mil dólares. Agarraba firmemente lo que le quedaba en una caja de cigarros. «El Dorado», decía suavemente. «El Dorado, después de siglos. Las ofrendas del hombre dorado. El tesoro del lago sagrado» (Viaje a Machu Picchu Peru).

Era casi demasiado bueno para ser cierto. Dado que Knowles había estado buscando compradores, otra podría haber sido la historia. Pero para 1913, Hiram Bingham prestaría más atención. Al regresar a Estados Unidos, empezó a trabajar en un libro sobre el viaje, lleno de fotografías, Journal ofan Expedition Across Venezuela and Colombia («Diario de una expedición a través de Venezuela y Colombia»). Su redacción era buena, si bien algo sensacionalista el New York Times se burlaba un poco de su tendencia a exagerar los peligros y Bingham fue nombrado fellow de la gloriosa Royal Geographic Societyn. Por el resto de su vida, Bingham incluyó el prestigioso al final de su nombre en Wbo’s Who in America («Quién es quién en Estados Unidos») y citaba su principal ocupación como «explorador». El título no era suficiente, sin embargo. Para poder juzgar si Knowles era un charlatán o un verdadero descubridor, Bingham necesitaba un viaje más a Sudamérica. Su siguiente viaje lo llevaría al Perú, donde las ciudades perdidas eran tan fantásticas como El Dorado y tan reales como Guatavita, y donde había más para ser tomado en cuenta que la manera en que Bolívar había cruzado una montaña (Viaje a Machu Picchu Peru).