Viaje a Machu picchu – Cusco el Ombligo del Mundo – Capitulo 5

Antes de viajar a Sudamérica, Hiram era un diminuto tornillo de la maquinaria académica de Princeton. Cuando regresó, en la primavera de 1907, las tuercas que lo fijaban se soltaron. Al llegar a Bogotá se enteró de que la salud de Alfreda había mejorado. Después de un emotivo reencuentro, Alfreda le entregó la carta que él había estado esperando por siete largos años: el rector de Yale, Arthur Hadley, finalmente le había encontrado un puesto. Dado que el Departamento de Historia de Yale seguía escéptico respecto de las calificaciones de Bingham, era solo un nombramiento temporal como profesor en la escuela de graduados. El pago era magro, lo cual significaba que Hiram debía seguir viviendo de los ingresos de su esposa (Viaje Machu Picchu Peru).

No era muy halagador, pero dado que era su primera oportunidad en el mundo académico estadounidense y «que implicaba la autoridad para enseñar la historia y geografía de Sudamérica como especialidad», Bingham aprovechó la oportunidad. Proclamó que había logrado «un triunfo sobre el prejuicio conservador» en una carta a su padre. Hiram lo trató como un llamado sagrado: debía preparar a los estudiantes de Yale para tomar la posta del desarrollo y civilización del hemisferio. «Supongo que llevo en la sangre el deseo de incursionar en campos vírgenes y llevar las cargas que otros no intentan levantar», le escribió a su padre (Viaje Machu Picchu Peru). «Lux et Ventas» —el famoso «Luz y verdad» de Yale— «es entonces el lema apropiado para mí» (Viaje Machu Picchu Peru).

1. Sus clases eran en parte historia, en parte geografía y en parte jingoísmo, tal como lo demuestra su primer examen final: «¿Qué países sudamericanos ofrecen (1) excelentes, (2) medianas, (3) pobres oportunidades para (a) un ingeniero de minas, (b) un mercenario-aventurero, (c) un capitalista, (d) un graduado de Yale promedio con un capital de $5000?». (Viaje Machu Picchu Peru).

Los profesores de tiempo completo murmuraban sobre la compostura de su joven y adinerado colega, pero a los estudiantes les gustaba. Uno se refirió a su curso como «útil, a diferencia de la mayor parte de cursos de historia» . Hadley también había contratado a Hiram para potenciar la universidad en el campo de la exploración. Ansioso por algún descubrimiento que lo hiciera famoso, Hiram estaba dispuesto a colaborar. Cuando oyó que Estados Unidos estaría enviando su primera delegación al siguiente Congreso Científico Panamericano en Chile, vio su oportunidad. Seguiría las huellas de las rutas comerciales españolas en los Andes meridionales, desd Argentina, tierra del tango y de los gauchos, hasta Bolivia, la cima indígena del continente. Después de interrumpir su viaje en Chile para representar a Yale en la conferencia, seguiría su rumbo a Lima, la capital del Peru. Sería más pragmático esta vez, tomando trenes cuando fuera conveniente, viajando acompañado de una sola persona y siempre buscando lugares en los cuales sus estudiantes pudieran invertir (Viaje Machu Picchu Peru).

Su modelo a imitar, el presidente Roosevelt, había enfriado su militarismo durante su segundo periodo; aún había un imperio que construir, pero sería uno de negocios, conocimiento y cultura, no de fuerza militar. Esta vez, Hiram dejaría las armas en casa. En junio de 1908, Hiram y sus compañeros delegados conocieron al presidente Roosevelt en la Casa Blanca. A sus treinta y tres años, se sintió complacido de estar entre aquellos pilares de las ambiciones internacionales de Estados Unidos: el coronel William C. Gorgas, quien había derrotado a la malaria y fiebre amarilla en Panamá, con lo que pudo lograr la construcción del canal; William Henry Holmes del Bureau of American Ethnology, el mayor experto del hemisferio en temas referidos a la antigüedad del hombre; el mentor de Bingham en Berkeley, Bernard Moses, ya de regreso de las Filipinas; y el doctor Leo S. Rowe, quien pondría los cimientos de la Organización de Estados Americanos, las Naciones Unidas del hemisferio occidental. Frente a un enorme globo terráqueo en la esquina de la oficina de su héroe, Bingham estrechó la mano de Roosevelt, dejando en claro si no lo estaba ya que exploraba bajo bandera estadounidense (Viaje Machu Picchu Peru).

Hiram pasó aquel verano con su familia cinco hijos para entonces y su padre, Hiram Bingham Jr„ quien había regresado al continente para recuperarse de un derrame cerebral. Para su cumpleaños, su hijo tuvo un buen gesto: fueron juntos a la iglesia por primera vez en años. Hiram Jr. enfermó después, y su hijo esperó a que lo dieran de alta antes de tomar el vapor y levar anclas para Sudamérica. Mientras Hiram estaba en altamar, su padre sufrió una recaída y murió. Pasarían meses antes de que Hiram se enterara, al darle alcance la carta en que su esposa se lo informaba. «No te acostumbres a vivir tu vida sin mí», subrayó ella . Cuando se enteró, sin embargo, la reacción de Bingham fue privada y silenciosa (Viaje Machu Picchu Peru).

Tan solo podía seguir explorando. Los Andes eran su futuro, y su familia parecía hundirse en el océano detrás de él. Hiram Bingham se sujetó con fuerza mientras el carruaje de ocho caballos partía de Quiaca, un pueblo de frontera boliviano, y fue acelerando entre baches en el descampado de las alturas de los Andes meridionales. Hiram se aferraba del costado de la carroza, esperando no marearse antes de llegar al siguiente pueblo, aunque estaba satisfecho con estar enrumbado. El y su compañero de viajes, un estudiante de Yale llamado Huntington «Coot» Smith Jr., habían tomado el tren en Buenos Aires y cruzaron las polvorientas pampas hasta llegar a Bolivia. Una vez en la frontera cambiaron su ropa citadina por ropa de montar, pero de poco les sirvió. En un sombrero ancho y poncho boliviano de lana, las limpias botas de Bingham y su estatura resaltaban aún más. En Quiaca, dos «anglosajones de ruda apariencia» se sentaron al costado de los hombres de Yale, sin ser invitados (Viaje Machu Picchu Peru).

En voz baja, pero con aire intimidatorio, empezaron a hablar de los asaltantes que asolaban los caminos bolivianos, «que habían huido de Estados Unidos perseguidos por la ley y el orden, y buscados a muerte en todo el mundo por los agentes de Pinkerton», el ejército particular de agentes que rompían huelgas y prevenían el hurto de las ganancias de las industrias estadounidenses . Bingham y Coot se sintieron aliviados cuando llegó el siguiente carruaje. En el siguiente pueblo, Hiram y Coot se enteraron de que se habían librado de un peligro muy real. En efecto, los dos rufianes eran bandoleros, y probablemente eran cómplices de dos pistoleros estadounidenses que hacía una semana habían asaltado una carroza que portaba los salarios de una mina de plata. Soldados bolivianos habían arrinconado al segundo par uno de los cuales realmente estaba fugado de los Pinkertons en una pensión. Cuando se disipó el humo, los dos bandidos fueron enterrados en tumbas anónimas, cada cuerpo llevándose media docena de balas al otro mundo. Bingham apuntó la anécdota, sin percatarse de su relevancia. Anne Meadows y Daniel Buck, un par de autores actuales, creen que los dos hombres muertos por los bolivianos habrían sido nada menos que los famosos asaltantes Robert LeRoy Parker y Harry Alonzo Longabaugh, también conocidos como Butch Cassidy y el Sundance Kid (Viaje Machu Picchu Peru).

El par había estado viviendo en el área en esa época, y la historia de Bingham confirma los numerosos rumores sobre su muerte. Y en un giro aun más curioso, Bingham compró una de sus muías. «Mientras su dueño anterior se beneficiaba de sus raudas patas y espléndidos pulmones, no pudo ser alcanzado por los soldados bolivianos», reflexionó luego el profesor, sin percatarse de su encuentro con otra leyenda americana. Hiram pronto pudo poner a prueba las «raudas patas» de la muía. En una posada rural a 3967 metros sobre el nivel del mar, a unos pocos kilómetros de la antigua ciudad argentífera de Potosí, Bingham sufrió un ataque brutal de soroche mal de altura y decidió ir en busca de un médico (Viaje Machu Picchu Peru).

El posadero quechua rechazó uno de los billetes de Bingham, alegando que era de un banco poco fiable. El rechazo indignó al estadounidense: «La idea de que un [quechua] servil se rehusara a recibir dinero legítimo era irritante, e hice mi mejor esfuerzo, a pesar de mi soroche, para obligarle a aceptarlo». Bingham intentó con otro billete, pero al temblar su mano de «frío o emoción», lo rompió. El indígena rechazó ese billete también; Bingham enrolló el primer billete, lo arrojó y escapó. El posadero corrió tras él, agarró sus bridas e intentó frenar su huida. Furioso, Bingham lo estrelló contra un muro hasta que se soltó. Bingham impenitentemente incluyó esta historia en su siguiente libro, «creía que nos seguiría con piedras o algo peor, pero como era un mero [quechua] aceptó lo inevitable y no lo volvimos a ver» (Viaje Machu Picchu Peru).

Hiram prosiguió camino al Congreso Científico Panamericano en Santiago de Chile, donde reveló lo que había aprendido hasta entonces sobre la historia de Sudamérica. Declaró que los indígenas quechua hablantes eran una «raza atrasada», lo cual facilitaba comprender cómo los «valientes, intolerantes y corajudos» conquistadores habían derrotado a los incas. En contraste, los españoles habían logrado una «maravillosamente veloz conquista de América». Lo único que les hacía falta a sus herederos modernos era el «sentimiento de unidad racial» que había hecho posible a los Estados Unidos, dictaminó Bingham. Pero la comprensión histórica basada en las razas que proponía Bingham y el sentido que le daba a la vida estaban a punto de ser sacudidas. En Bolivia, había visto las interesantes pero muy saqueadas ruinas de Tiahuanaco y había revisado un muy interesante libro escrito por E.G. Squier, un diplomático estadounidense que había explorado los Andes meridionales del Peru en la década de 1860. Squier era un excelente dibujante, y sus ilustraciones de los puentes de cuerda y ruinas incaicos le resultaron fascinantes a Bingham. Había pensado tomar un vapor directo de Santiago a Lima cuando terminaran las reuniones y discursos. Inspirado, en enero de 1909 más bien desembarcó en el meridional puerto peruano de Moliendo. Con sus credenciales como delegado al Congreso, logró obtener un boleto gratuito con el cual avanzaría 780 kilómetros y ascendería 4300 metros por tren en los Andes. Se dirigía a la tierra de los incas. Fue el desvío que definiría su vida. El paisaje que se veía desde la ventana del tren había cambiado mucho desde que el Peru ganara su independencia a fines de 1824. A lo largo de sus primeras dos décadas, caudillos peruanos lucharon por controlar un país que luchaba por preservar su capital, agricultura e infraestructura minera (Viaje Machu Picchu Peru).

Los fondos del gobierno provenían de aduanas mal llevadas y del «tributo» de los indígenas del país . Charles Darwin visitó el Peru en 1835 y se asombró ante la aparente anarquía del Estado. A comienzos de la década de 1840, el Peru se dio con una poco ortodoxa mina de oro: el guano de aves. Las islas costeras del país estaban cubiertas de esta sustancia rica en fosfatos y nitrógeno, los cuales Europa necesitaba para hacer fertilizantes y pólvora. El Peru se volvería el más grande exportador de Sudamérica, lo que le permitiría desarrollar sus industrias laneras, algodoneras, cupríferas y salitreras. Sin embargo, los cimientos de esa estabilidad eran endebles. El gobierno promulgó reformas liberales por las cuales se manumitieron los veinte mil esclavos del país y se eliminó el tributo indígena, pero aquellas reformas también separaron a muchos campesinos indígenas de sus tierras. El dinero obtenido de las concesiones guaneras fue a parar a compañías extranjeras y a los acreedores del país . Cuando el boom guanero llegó a su fin, el Peru se endeudó aún más, y finalmente cayó en bancarrota en 1870. El país tocó fondo en 1879, cuando Chile, apoyado por Inglaterra, le declaró la guerra a Bolivia, un aliado del Peru (Viaje Machu Picchu Peru).

Dado que Peru y Bolivia tenían una alianza secreta, el ejército chileno invadió el Peru también. Para cuando el Peru se rindió en 1883, cediendo su provincia más meridional a Chile, el ejército invasor había saqueado Lima. Pese a que en el largo plazo el gran perdedor de la guerra fue Bolivia, que perdió su salida al mar, la población indígena del Peru también sufrió mucho. Conformaban la primera línea del ejército y muchos desertaron y retornaron a sus pueblos, pues no deseaban luchar en lo que percibían como una guerra de blancos. Algunos se rebelaron contra sus comandantes, otros formaron sus propias huestes para luchar contra los chilenos, pero las élites costeñas del Peru los reprimieron y borraron de la historia una vez que terminó la guerra . Tal como escribiera un historiador años después: «La mezcla de odio, desprecio y temor de los grandes propietarios blancos y costeños hacia las clases populares sometidas a ellos indígenas, chinos y negros era idéntica a la que los conquistadores españoles habían mantenido hacia el pueblo andino conquistado» (Viaje Machu Picchu Peru).

Para recuperarse de la guerra, los partidos políticos de la élite peruana adoptaron una política de liberalización económica casi total. Compañías estadounidenses y británicas recibieron grandes concesiones para desarrollar la infraestructura, riqueza mineral y recursos naturales del país. El Peru una vez más era tema de discusión en Londres y Nueva York. Para 1909, la economía peruana se había estabilizado y sus élites disfrutaban del glamour de «La República Aristocrática». Para la mitad de los cuatro a cinco millones de indígenas peruanos, aquel influjo de riqueza cambió poco su estatus, o quizá hasta lo empeoró11. Las compañías estadounidenses tenían en sus minas sus propias fuerzas policiales, que vigilaban que la mano de obra indígena no huyera. El capital británico ayudó a financiar un boom cauchero en el oriente del Peru. Algunas tribus selváticas se beneficiaron del vibrante comercio de Winchesters, hachas y vidas humanas, pero otras tribus, especialmente en la región septentrional del Putumayo, se vieron esclavizadas, torturadas y asesinadas masivamente por empleados de las compañías caucheras. No obstante, existía esperanza. Desde mediados del siglo XIX, campesinos indígenas del sur del Peru se movilizaban periódicamente, rebelándose contra funcionarios gubernamentales y terratenientes. Otros emigraron a las ciudades para escapar del campo y mejorar sus condiciones de vida (Viaje Machu Picchu Peru).

Los trabajadores urbanos se vieron confrontados con ideologías radicales y formaron sindicatos, y en abril de 1911, por vez primera en la historia del Peru, organizaron una huelga. Dándose cuenta del peligro y de la oportunidad política, en 1909 el presidente peruano Augusto B. Leguía promulgó una serie de leyes laborales que prohibieron a las autoridades gubernamentales exigir trabajo gratuito de los indígenas y decretó que nadie estaba «obligado» a trabajar en las minas. Independientemente de la efectividad de estas leyes, la intelectualidad del país celebró sus raíces andinas y su noble «raza quechua», buscando documentar los abusos a los cuales estaban sometidos los indígenas rurales, criticando asimismo el eurocentrismo de Lima, cuya mirada se dirigía hacia el exterior. Lo que es más importante, idolatraban la todavía habitada ciudad andina y precolombina hacia la que se dirigía el tren de Bingham: Cusco, o tal como tradujo el cronista Inca Garcilaso de la Vega, «el ombligo del mundo. Hiram despertó el 28 de enero de 1909 en el pueblo de Checcacupe. Agotado, conoció a quien sería su compañero de viajes en el último trecho de su épico viaje a través de los Andes. Su nombre era Clarence Hay, tenía veinticuatro años y era el secretario de la delegación estadounidense en Chile. Su padre era John Hay, el Secretario de Estado de Estados Unidos quien falleció en 1905, después de ayudar a Roosevelt a hacer de Estados Unidos una potencia mundial. Mientras Clarence y Hiram conversaban, el tren llegó llegando al valle del Huatanay, a 3500 metros sobre el nivel del mar. Pendientes repletas de gruesos tallos de maíz y plantas azules y verdes de papa pasaron rápidamente; la tierra roja y piedras moradas resplandecían después de las lluvias. Bingham fue impactado por la calidad dorada de la luz y la aparente felicidad de la gente (Viaje Machu Picchu Peru).

Tal como ocurrió con los incas cuando llegaron al valle hacía siglos, Bingham estuvo encantado. Según el mito fundacional inca, sus antepasados establecieron el Cusco allí donde el legendario fundador Manco Cápac hundiera su vara en la tierra. Sobre esta vara, Manco Cápac construyó el Cusco y su templo del sol, elCcoricancha . Más allá de la leyenda, los académicos en 1909 creían que un pueblo megalítico de gran antigüedad, responsable de las más grandes obras de piedra de los Andes, había precedido o coexistido con los incas en el Cusco. Los académicos actuales reconocen la cualidad mítica de las historias incas y sugieren que estos llegaron al valle desde los alrededores del lago Titicaca en algún momento del siglo XII. Otras culturas habían prosperado en los Andes antes que ellos, pero los incas eran únicos. Alrededor de 1440, mientras España intentaba la reconquista de la Península Ibérica, los chancas, provenientes de un pueblo vecino, invadieron el Huatanay, casi conquistando a los incas. Un líder llamado Pachacútec cuyo nombre en quechua significa «sacudidor de la tierra» o «cambiador del mundo» los expulsó, con lo que expandió el territorio Inca significativamente más allá de su perímetro defensivo . Bajo Pachacútec, los incas se expandieron por todos los Andes. Gran arquitecto y estadista, marcó sus conquistas con nuevas fortalezas y estructuras religiosas unidas por caminos y almacenes. Las etnias que resistían eran brutalmente derrotadas y reubicadas. Siempre y cuando accedieran a hablar quechua y a adorar al sol cuyo avatar en tierra era, muy convenientemente, el Emperador mismo recibían buen trato. A diferencia de sus predecesores en Mesoamérica, los olmecas y los mayas, los incas no desarrollaron la escritura, pero sus cuerdas anudadas conocidas como quipus contabilizaban sus bienes y cronogramas (Viaje Machu Picchu Peru).

El imperio era muy estratificado, pero los incas recolectaban y organizaban la mano de obra, comida y bienes de una manera que luego sería comparada, quizá de manera exagerada, con un socialismo agrario. Tras la muerte de Pachacútec, sus herederos prosiguieron sus ambiciones. La sucesión incaica era perfecta para la continua expansión: el heredero del emperador recibía su título, pero no sus tierras o palacios, lo cual estimuló sucesivas conquistas en los Andes . Cuando los españoles llegaron, el Tahuantinsuyu, o la tierra de cuatro cuartos o suyos, tenía 4000 kilómetros de largo. El cuarto noroccidental, Chinchaysuyu, se extendía hasta la Colombia actual; el suroccidental Cuntisuyu se extendía hasta Chile; el Collasuyu se extendía hacia el sureste por Bolivia y el norte de Argentina; y hacia el noreste estaba el misterioso Antisuyu, donde las pendientes orientales de los Andes se mezclaban con la selva del Amazonas. Era un reino más grande que cualquier otro en el planeta en ese momento, o como sugirió el periodista Charles C. Mann, era «como si una sola potencia gobernara desde San Petersburgo hasta el Cairo» . Mientras el poder incaico se extendía hacia afuera, la riqueza fluía hacia adentro. Los incas consideraban que el oro y la plata eran sagrados y usaban «el sudor del sol y las lágrimas de la luna» en el Cusco, la capital sagrada del Imperio. Cada emperador construía un palacio de piedra donde residiría su momia, que era cubierta de oro después de la muerte del Inca. Cubrían su plaza con conchas de mar y pequeñas representaciones de llamas de oro y plata. El agua potable de la ciudad era distribuida a través de canales (Viaje Machu Picchu Peru).

Las doradas paredes del templo del sol del Ccoricancha tenían antorchas que alumbraban la ciudad con una cálida luz durante la noche. Ansiosos por ver lo que sobrevivía de todo ello, Bingham y Hay miraban por la ventana mientras su tren arribaba en la improvisada estación un cuarto de milla al sur de la ciudad. El prefecto del Cusco el funcionario gubernamental más importante en aquel lugar de los Andes subió a los dos honorables delegados del Congreso Científico Panamericano a una carroza. Sacudiéndose a lo largo de una «avenida mal mantenida» bordeada de alisos, Bingham divisó Santo Domingo, el monasterio que los españoles construyeron encima del Ccoricancha. El oro que alguna vez cubriera el templo del sol, lógicamente, había desaparecido hacía tiempo. Después de desembarcar en el Peru en 1532, los españoles fueron atraídos por la riqueza de la ciudad como las abejas al polen. Tal como dijo John Hemming, «El saqueo del Cusco fue uno de aquellos raros momentos de la historia en que los conquistadores desvalijaron a su antojo la capital de un gran imperio». Los indígenas lloraban mientras veían a los españoles derretir setecientas placas del Ccoricancha de dos kilogramos cada una, así como un jardín entero de plantas y animales de plata y un enorme altar de oro. El saqueo asombró incluso a los sacerdotes españoles. «Su única preocupación era recolectar oro y plata y hacerse a sí mismos ricos, sin pensar en que lo que hacían estaba mal y que estaban destrozando y destruyendo», escribió uno, «ya que lo que estaba siendo destruido era más perfecto que cualquier cosa que disfrutaran o poseyeran» . Pero había un límite a la capacidad destructora de los españoles. Hiram podía ver que los edificios de la ciudad eran coloniales en sus exteriores: techos de lozas rojas, balcones de madera y paredes blancas (Viaje Machu Picchu Peru).

Pero cuando su carruaje se detuvo en la Plaza del Regocijo, notó un edificio al frente de su hotel: una enorme casa que había pertenecido a la familia del cronista Inca Garcilaso de la Vega. La fachada era colonial, pero sus cimientos, tal como los de muchos otros edificios del centro de la ciudad, eran incas: enormes piedras tan bien calzadas que ni siquiera un alfiler podía insertarse entre ellas. Cuando los terremotos tumbaban la mitad española de los edificios, sus cimientos indígenas permanecían en su sitio. Hiram y Hay despertaron a la mañana siguiente en una ciudad que solo recientemente se había sacudido del sopor del siglo XIX, un periodo durante el cual la riqueza y poder fluyeron desde las provincias hacia Lima y Cusco fue relegado al pasado. La población de la ciudad era de unas diecinueve mil personas, la cuarta parte de las cuales era identificada como blancos, un cuarto indígena y alrededor de la mitad como mestizos . Pese a que en las últimas décadas se había desarrollado una clase de mercaderes e industriales, la ciudad seguía pareciendo una pirámide cuya minúscula cúspide consistía de una clase mayormente blanca de terratenientes que viajaban constantemente entre sus casas aledañas a la plaza y sus haciendas en los valles cercanos. Su riqueza se había construido sobre la base indígena de la pirámide, los campesinos quechua hablantes que cultivaban el café, caña de azúcar, cacao, piñas, paltas, plátanos, papayas y la hoja de coca (Viaje Machu Picchu Peru).

En la ciudad cumplían las funciones de sirvientes, aguateros y porteadores. Eran prácticos y trabajadores, y pasaban largas horas junto a la creciente clase media en los bares, tomando chicha, la misma cerveza de maíz sagrada, ácida y espumosa que disfrutaban los incas. Para hacer sus necesidades se escurrían a las silenciosas, angostas y empedradas calles del Cusco, y usaban los angostos canales que iban por el centro de las calles, al igual que los incas. El tránsito no iba más rápido que el paso de un carruaje o recua de muías. «Aparte de los festivales u ocasiones especiales, las calles lucían desoladas y calmadas, respirando una atmósfera apacible y letárgica», recordaba un cusqueño. Cada noche, los lampareros trepaban escaleras y apagaban el alumbrado a gas, disipando el brillo nebuloso y amarillento de la ciudad . Durante los tres días siguientes, Hiram absorbió cuanto pudo del lugar. Visitó las muchas iglesias católicas de la ciudad, pero después las dejó por acariciar los muros incaicos en las calles. Buscando comprar souvenirs para su familia, regateó con las señoras indígenas de coloridos trajes. Evitó los desagües abiertos consideraba que la ciudad era sucia y fotografió las fuentes que supuestamente habían sido usadas desde tiempos de los incas. Visitó la plaza central de la ciudad donde, según le dijeron, los españoles ejecutaron a un revolucionario inca llamado Túpac Amaru (Viaje Machu Picchu Peru).

Bingham estaba fascinado por la antigüedad de la ciudad. No había otra ciudad en el continente que expusiera así la historia del hemisferio, tanto antigua como moderna. Hiram visitó la Universidad San Antonio Abad del Cusco, que se ubicaba al costado de la iglesia jesuíta en la plaza central. Consideró a la universidad «un tanto escuálida en comparación con la iglesia» pero se impresionó por su antigüedad. Había habido una universidad en el Cusco desde 1598, «treinta y ocho años antes que Harvard». Se entrevistó con el rector, quien era amable, si bien un tanto somnoliento, y descubrió que el objetivo de la universidad era preparar a los hijos de la clase media-alta para caballerosas carreras en derecho. La visita de Bingham se dio durante las vacaciones, sin embargo. De haber esperado a que regresaran los estudiantes, quizá podría haber conocido a un estudiante universitario de diecinueve años llamado Luis E. Valcárcel, quien tenía una visión un tanto diferente de la universidad y de la ciudad que la rodeaba. Hijo de mercaderes que se habían mudado al Cusco a mediados del siglo XIX, la crianza clasemediera de Valcárcel le dio la comodidad para contemplar una carrera, más allá de los negocios. Era suficientemente apasionado e impetuoso como para haber sido retado a duelo dos veces en su juventud, pero también era un académico. Con espejuelos sobre la nariz y el cabello negro peinado hacia atrás, leía en todas partes en el desayuno, en el baño, en la calle y soñaba con una vida de estudio (Viaje Machu Picchu Peru).

Si su familia hubiera tenido suficiente dinero, quizá lo hubieran mandado a Lima, o incluso a Europa, para que estudiara con los grandes científicos de la época. En su lugar, lo matricularon en la universidad del Cusco. Pero la universidad no era el monasterio académico que Valcárcel esperaba. Él creía que sus profesores eran perezosos y que no se avergonzaban de cancelar sus clases. Eran estudiosos pero «sabían poco sobre los problemas de la región y sus habitantes» . En solo cuatro años, Valcárcel y sus compañeros vivieron más cambios que los que sus padres habían visto en toda su vida, y él y sus compañeros de estudios tenían mayores ambiciones. Primero había llegado el telégrafo, y en 1905 la ciudad obtuvo servicio telefónico. Alrededor de la misma época, se fundó un segundo periódico semi-regular, El Sol, tan radical como era sobrio el más añejo El Comercio. En setiembre de 1908, después de cuarenta años de planificación, llegó la más grande innovación de todas: el ferrocarril. Valcárcel siempre recordaría cómo el chillido del primer tren irónicamente llamado «El Conquistador» se oyó en la ciudad, haciendo eco en las montañas aledañas (Viaje Machu Picchu Peru).

Él y sus compañeros abandonaron sus aulas y corrieron a sumarse a la muchedumbre que vitoreaba en las vías, donde los vagones, guardafrenos e ingenieros mayormente ingleses parecían tan extraños, «un tanto como los marcianos de nuestra imaginación», escribiría Valcárcel más tarde. El ferrocarril trajo bienes, comercio y mayores avances tecnológicos al Cusco una década después un aviador italiano sería el primero en volar de la ciudad incaica a Lima – pero también trajo ideas, una nueva sensación de «modernidad» y una de las influencias más grandes en la historia del Cusco del siglo XX: turistas . Percatándose cada vez más de cómo los forasteros veían su ciudad, Valcárcel y sus compañeros empezaron a quejarse de su deslucida educación. Mientras Bingham tomaba el té con el rector de la universidad, los estudiantes estaban en las chicherías de la ciudad, discutiendo por qué la región estaba subdesarrollada. Muchos le echaban la culpa a los terratenientes y sus abusos hacia la población indígena. Otros culpaban a la complacencia de la élite y su falta de orgullo en el pasado. Cusco era «la única ciudad de América donde todos los tiempos y civilizaciones existen», Valcárcel declararía después, pero sus profesores mostraban poco interés por estudiar la historia de su ciudad con métodos «modernos» . Lo que harían producto de su descontento, sin embargo, todavía estaba por verse (Viaje Machu Picchu Peru).

Valcárcel y su generación fueron «sin lugar a dudas, no solo la más brillante que el Cusco produjo en el siglo XX, sino también la más influyente», escribió luego un historiador . A lo largo de las dos décadas siguientes ayudaron a formar el movimiento indigenista, que privilegiaba el estudio y protección de los indígenas y la historia incaica. Sus actitudes cambiarían la forma en que el Cusco miraría su propia historia, entendía su presente y se enfrentaba al futuro. Pero para inicios de 1909, todavía estaban aguardando la lucha que harían suya: una en la que cierto explorador tendría un importante papel. En su último día en la ciudad, Hiram y Hay se prestaron muías del prefecto del Cusco y atravesaron las empinadas calles del norte de la ciudad. En los límites de esta, hicieron que sus bestias subieran una quebrada. Subían cada vez más, hasta tomar una última curva en el camino y atravesar una puerta de 3,60 metros de alto, hecha de enormes piedras. Detrás de ellos, el Cusco se extendía como un textil agobiado, los techos rojos cruzados por docenas de calles, así como por plazas grises y marrones. Y ante ellos se encontraba una de las más increíbles estructuras que Bingham hubiera visto: Sacsayhuamán, una fortaleza inca y complejo religioso de más de quinientos metros de largo. Tres enormes y zigzagueantes murallas, ubicadas como terrazas, que alguna vez habían protegido a la ciudad de sus enemigos (Viaje Machu Picchu Peru).

Cada muro estaba construido de «piedras colosales, algunas de 3,60 metros de diámetro». Las piedras más altas, hasta donde Bingham podía ver, medían 7,60 metros de alto. Casi no podía comprender cómo sus constructores las habían colocado. «Hay pocas vistas en el mundo que sean más impresionantes que estas ciclópeas murallas», escribió. Le hacían recordar a los enormes templos y bellas murallas de los pobladores del Pacífico, en las islas de Pascua, en las Carolinas y en Hawái. Había crecido oyendo sobre los complejos «paganos» sobre los cuales su abuelo prácticamente bailó. Pero mientras que su abuelo había disfrutado de su ruina, Hiram sintió algo nuevo: tristeza y asombro. Tristeza porque los habitantes del Cusco habían desmontado muchas de las murallas menores del sitio para usar sus piedras en la construcción de la ciudad. Pero asombro ante la belleza, solidez y grandeza de lo que quedaba. Sus padres le habían enseñado que a la gente nativa del mundo se le debía mirar con una compasión condescendiente; era tan solo después de encontrar a Jesucristo que se volverían civilizados. Sacsayhuamán y el Cusco, sin embargo, lo desmentían: evidentemente los pueblos americanos eran bastante civilizados cuando llegaron los europeos, y algo bello, y no patético, se había perdido cuando fueron subyugados. Como historiador, Hiram había estudiado a los revolucionarios que lucharon contra España. Ahora se preguntaba si se había equivocado de tema, si la verdadera lucha por América ocurrió antes, cuando los conquistadores chocaron con los incas bajo las murallas de esta fortaleza. Sacsayhuamán era «el más impresionante espectáculo de la obra humana que haya visto en América», escribió Bingham. Y quería más (Viaje Machu Picchu Peru).