CAPITULO 3 – LA BRUJULA Hiram Bingham

Luego de cinco meses de vivir en casa de sus padres en Hawái, Hiram Bingham abandonó definitivamente la vida de misionero. Les dijo a sus progenitores que era porque el clima de Honolulú le estaba arruinando la voz, pero la verdadera  razón era que Hiram había encontrado una salida. Su nombre era Alfreda Mitchell. No podrían haber tenido pasados más disímiles. De joven, el padre de Alfreda Alfred Mitchell había intentado hacer fortuna con el aceite de ballena. De vuelta en el continente, consiguió una presea mucho más valiosa, la adiamantada mano de Annie Tiffany, una de las herederas de la fortuna de la joyería Tijfany. Su hija Alfreda se crio en un secular y maravilloso mundo de riqueza y esplendor, intercambiando con facilidad departamentos en Manhattan por casas de campo en Nueva Inglaterra. Aunque había viajado por Europa y las islas del Pacífico, había llevado una vida protegida, dedicándose al violín, por lo que tal comonotó Bingham después «era más elocuente con la música que con el habla» (Viaje Machu Picchu).

A diferencia de Bingham, era de baja estatura, de fina belleza en su juventud, y había sido modelo para su famoso tío artista Louis Comfort Tiffany, en su cuadro de «Flora», el espíritu de la primavera . Amable, gentil y rodeada de cristales y oro, vivía libre de las incertidumbres religiosas y financieras que habían plagado la niñez de Hiram, pero que a su vez lo habían impulsado al esfuerzo personal. Eran tan diferentes que prácticamente no intercambiaron palabra cuando se conocieron por primera vez en la primavera de 1897, cuando Hiram era un estudiante de tercer año en la Universidad de Yale. Sintiendo nostalgia por las islas, el padre de Alfreda invitó a Hiram y otros seis jóvenes «hawaianos» de Yale para que fueran a su residencia de New London a un picnic en el que conocerían a sus dos hijas. Mientras sus amigos bromeaban con facilidad, Hiram se sentó tímidamente por su cuenta, mostrándose sumamente incómodo. Los triunfos y decepciones del último año de Hiram, sin embargo, envalentonaron al larguirucho joven. Después de graduarse, un amigo lo invitó a navegar a Boston para asistir a las competencias de remo entre Harvard y Yale (Viaje Machu Picchu).

Al pasar por la playa de los Mitchell, su amigo lo llevó en lancha a tierra firme, y el alto hawaiano logró ser invitado a cenar con la señora Mitchell y sus hijas. Disimulando sus dudas internas, habló con sorprendente convicción de sus planes futuros. «La pasamos de maravilla con Hiram», escribió Alfreda en su diario . Hiram también la pasó muy bien con Alfreda, seducido tanto por ella como por su vida de sosegada gracia. Cuando el yate de los Mitchell ancló en Honolulú seis meses después, Hiram visitó su cabaña en la playa y empezó a cortejarla con leis hawaianos y paseos a caballo por la playa. Le confió el secreto de que en realidad estaba desilusionado de la vida de misionero y que deseaba explorar otras carreras. Aparentemente, el padre de Alfreda temió que ella se siguiera involucrando con este modesto hijo de misionero, y se llevó a la familia al Japón (Viaje Machu Picchu).

Pero ya era demasiado tarde: se habían enamorado. Hi concluyó que debía mejorar su condición social para ser tomado en serio por esta adinerada familia. Renunció a la capilla y consiguió un trabajo técnico en una plantación azucarera; en cuatro meses ahorró suficiente dinero para viajar a San Francisco, la ciudad de sus sueños de niñez. Se mudó a Berkeley, donde se matriculó en el departamento de postgrado de la Universidad de California para estudiar sociología. Disfrutó de la vida social de San Francisco, participando en actuaciones teatrales y bailando con debutantes en las fiestas. Rompió finalmente con el sentimiento de culpa que lo había embargado desde la niñez. Sus cartas, que serpenteaban entre las disculpas y la defensa de su decisión, les rompieron el corazón a sus padres. Dada la curiosidad y amor por el conocimiento de Hiram, la decisión que tomó fue la correcta. Cuando empezaron las clases, se percató de que sus habilidades como narrador le serían útiles para la historia (Viaje Machu Picchu).

Dejó la sociología por la historia e impresionó tanto al rector de la universidad que este le pidió a Hiram que lo reemplazara en sus clases mientras estuviera de viaje. Su tesis de maestría, «El surgimiento de la supremacía estadounidense en Hawái», cerró el primer capítulo de su vida. Recibió honores, pero era un trabajo más descuidado de lo que se habían percatado sus asesores. Para terminarlo, Hiram había copiado largos pasajes de otros trabajos, sin citarlos. Hiram quería postular a un programa de doctorado en historia con una orientación que, tal como su tesis, vinculara el pasado de Estados Unidos con su presente. Su mentor, quien después sería miembro de la comisión estadounidense que gobernaba las Filipinas, tenía la respuesta: la América española. Era una propuesta radical, ya que la mayoría de historiadores norteamericanos de su época limitaban su interés a Estados Unidos o Europa. Pero Bernard Moses vislumbró una oportunidad (Viaje Machu Picchu).

La guerra Hispano-Estadounidense había expandido los horizontes de influencia hemisférica de Estados Unidos, de manera que el país necesitaba nuevos expertos en la cultura, geografía e historia latinoamericana. Tomando en cuenta las ambiciones de Hiram, la temática le vino como anillo al dedo. Sería un pionero: estudiaría los movimientos revolucionarios de los colonos españoles que expulsaron el poder europeo que los había gobernado. Su elección era política e innovadora, basándose en la creencia de que Estados Unidos compartía un pasado y futuro político con países como México, Colombia y Perú. Bingham celebraría la independencia de los países americanos y después demostraría cómo Estados Unidos podría usar esa historia compartida con fines económicos y políticos . Tal como sus abuelos fueron pioneros religiosos en Hawái, Hiram sería un pionero político en Sudamérica. La diferencia clave, sin embargo, estribaba en el interés que su abuelo mostraba por los pueblos nativos. Hiram en cambio, habiendo tenido suficiente de ello en Honolulú, parecía mostrar un activo desinterés (Viaje Machu Picchu).

Colmado de sol californiano, Hi tomó un tren al este, donde se reunió con Alfreda, quien era ahora su prometida. Viajó a Hawái para pasar el verano con sus padres, y después regresó al continente para empezar su doctorado en historia en Harvard, quizá con la esperanza de poder regresar a Yale después. Se enfocaría en los héroes de la independencia sudamericana. Soñaba con escribir una biografía de Simón Bolívar o, tal como lo llamara Bingham, «el George Washington de Sudamérica». En efecto, el nuevo rector de Yale, Arthur Hadley, le insinuó que podría haber una vacante para enseñar historia sudamericana cuando terminara su doctorado. Hadley se proyectaba al futuro de Estados Unidos en la región y quería que Yale fuera la punta de lanza. Como si se estuvieran sellando dos futuros simultáneamente, el 20 de noviembre de 1900, un ex rector de Yale presidió la boda de Hiram y Alfreda. Durante algunos años, pareció que Hiram había dado en el clavo (Viaje Machu Picchu).

En setiembre de 1901, el presidente William McKinley fue asesinado, y el héroe de Hi, Theodore Roosevelt, juramentó como presidente. Con Roosevelt a la cabeza, Estados Unidos asumió un papel aún más «activo» en el hemisferio. Roosevelt desembarcó tropas en Honduras y en la República Dominicana, y envió buques de guerra para apoyar una rebelión en Panamá. Este apoyo le garantizó a Estados Unidos el control sobre la construcción del canal de Panamá, el paso de sus buques de guerra y, se esperaba, el dominio sobre el comercio hemisférico. En un discurso de 1904 al congreso, Roosevelt anunció su corolario a la doctrina Monroe: arguyó que era el deber de los Estados Unidos intervenir en los asuntos internos de sus vecinos cuando se mostraran inestables. A algunos esto les parecía un mal disimulado imperialismo. Para Hiram, de veintinueve años, era natural era la prolongación de la tecnología y autoridad política estadounidense. Siempre buscando temas de actualidad, su tesis versó sobre el fracaso de una colonia escocesa en el selvático tapón del Darién en Panamá en el siglo XVII (Viaje Machu Picchu).

Tal como le explicaría después a la Carnegie Institution, su objetivo general como académico era preparar a los descendientes de los «actuales habitantes de la zona templada» estadounidenses blancos «para vivir en los trópicos, donde hay más tierra desocupada que en cualquier otra parte del mundo» . Los trópicos no estaban realmente «desocupados», pero el principal problema de Bingham era que se había adelantado unos diez años. Sus profesores de Harvard no sabían qué hacer respecto de su interés en lo que consideraban un área de interés histórico secundario . Hiram no logró calmar sus dudas. Salió desaprobado en su primer examen oral, tuvo dificultades con el español y descubrió que no había suficientes fuentes primarias sobre América Latina en la biblioteca de Harvard para terminar su tesis. Fue nombrado «curador de historia y literatura latinoamericana» en Harvard, pero cuando recibió su doctorado en 1905, no se concretó la oferta del puesto en Yale que le había sido insinuado. El departamento de Historia de Yale también se mostraba escéptico respecto de la importancia de la América hispánica como campo de estudio, y de la seriedad de Bingham. El único empleo que Bingham logró encontrar fue de profesor particular en Princeton, cuyo rector en ese entonces era Woodrow Wilson. Académicamente, era un callejón sin salida. Frustrado con su trabajo, Bingham reflexionó críticamente sobre su vida (Viaje Machu Picchu).

Inicialmente había disfrutado su recientemente adquirido patrimonio. Basándose en el sentimiento de rectitud moral de su familia y en la riqueza y prestigio de Alfreda, Hiram se acomodó a la vida de un verdadero patricio. La fortuna de Tiffany financió viajes a Europa, varios sirvientes y un retrato de Hiram en ropa ecuestre. También costeó una enfermera para su madre hasta su fallecimiento en 1903. Los Mitchell le compraron a Alfreda una casa de tres dormitorios en Cambridge, la cual era más espaciosa que las de la mayoría de los profesores, y les construyeron una casa veraniega de estilo japonés en Salem (Viaje Machu Picchu).

Los vitrales de sus casas resplandecían y los empleados de Tiffany investigaban por Hiram en la biblioteca nacional de París. Su vida personal era igual de prolija: para 1905, Alfreda había dado a luz tres hijos. Llegarían más. Años más tarde, cuando se le preguntó si tenía un bobby, Bingham respondió que «solía coleccionar libros… pero cuando empecé a coleccionar hijos, lo encontré más interesante» . Bajo la superficie, sin embargo, Bingham se angustiaba por su dependencia de la fortuna Tiffany. «Nunca estaría seguro», escribió su hijo Alfred años después, «de cuánto de su amor por [Alfreda] se debía a ella misma y cuánto al dinero de su familia» . Ya se había percatado de que bajo el carácter soñador de Alfreda había una mujer paralizada por una crianza que la había hecho carente de curiosidad. En las fotos de este periodo ella sale ligeramente fuera de foco y detrás de Bingham, quien aparece sentado en un escritorio cubierto de libros, o cargando a sus hijos (Viaje Machu Picchu).

Ella alentaba a Hiram en sus estudios y se dedicaba a cuidar a los niños; mientras que a él se le veía duro y seguro de sí mismo, «ella fantaseaba todo el tiempo, casi ensimismada, con una sonrisa de Mona Lisa que más tarde se volvería fija», recordaba otro hijo, Mitchell . Si bien Alfreda era cumplidamente victoriana, Bingham buscaba algo más, atrapado como estaba entre los ideales misioneros de su familia, las aspiraciones propias de la Edad Dorada y las horas pasadas devorando los libros de Theodore Roosevelt, Rudyard Kipling y Joseph Conrad. Añoraba una «vida intensa» y envidiaba la resolución, peligro y aventura que habían llevado a sus padres y abuelos desde Nueva Inglaterra hacia el resto del mundo . Bingham también quería escribir libros, pero no se había acercado aún al estándar que había impuesto su abuelo, cuya crónica de sus veinte años en Hawái había sido un bestseller, o al de su padre, quien, en terminología misionera, había «reducido» una lengua oral a la escritura para poder traducir la biblia. Se enfrentaban al mundo con palabras, espíritu y sudor, una energía que Hiram alguna vez poseyó pero que había perdido. ¿Qué había pasado con el chico que leía novelas baratas llenas de fugitivos y ciudades perdidas, que había intentado huir en barco y que coleccionaba conchas en las montañas de Hawái? ¿O incluso con el Hiram Bingham de hacía siete años, que había intentado enrolarse en los Rough Riders? Y así, no habiendo pasado ni ocho meses de su llegada a Princeton, Bingham empezó a planificar un viaje que simultáneamente satisfaría su sed de aventura y le daría la materia prima para establecerse como académico. Viajaría al Caribe y visitaría archivos en Panamá, Colombia y Venezuela para encontrar documentos para su largamente planeada biografía de Simón Bolívar, el héroe de la independencia sudamericana. Para acercar a las Américas y dar inicio a su carrera, Hiram le mostraría a Estados Unidos por qué la lucha de independencia de América Latina constituía un gran logro. Quizá habría procedido de no ser porque Alfreda terminó hospitalizada en Manhattan después del nacimiento de su cuarto hijo. Mientras convalecía, Hiram se alojó en el Yale Club, donde se codeaba con el mismo tipo de personas que lo habían menospreciado en la universidad (Viaje Machu Picchu).

Entre estos risueños aristócratas se encontraba Hamilton Rice. Rice encarnaba todo aquello a lo que Hiram Bingham sentía que había renunciado por entrar al mundo del matrimonio y la academia: aventura, espíritu libre, carencia de obligaciones familiares, la habilidad de comprarse un boleto en un vapor sin pedirle permiso a su suegra. Rice también había tenido un origen privilegiado era el nieto del gobernador de Massachusetts Ny al igual que Bingham, se había graduado de la universidad en 1898, pero de Harvard. A diferencia de Bingham, tenía caudales propios, y después de la facultad de medicina, había viajado en barca desde las alturas de los Andes en Ecuador hasta los llanos del Brasil. En su camino había comido monos, disparado a jabalíes silvestres y sido testigo de la tremenda crueldad de la explotación cauchera, por la cual se esclavizaba a indígenas que proveían el insumo que amortiguaba la modernidad estadounidense y europea. Gracias a esta aventura Rice obtuvo una codiciada membresía en la Royal Geographic Society (Viaje Machu Picchu).

«Conocía las cabeceras de los ríos como otros miembros de la alta sociedad conocen a los meseros en jefe», escribió un historiador. Rice fundaría un instituto geográfico en Harvard financiado por su futura esposa, una millonaria que había enviudado con el desastre del Titanic pero sus colegas tenían una opinión menos favorable de él. Para ellos, Rice era un «sinvergüenza y rival feroz de otros exploradores . Bingham todavía no era tan particular. Rice era el primer explorador que conocía, e hicieron buenas migas. Rice desenrolló un mapa y sugirió un nuevo plan, uno que le permitiría a Bingham desenvolverse como explorador también. Bingham había pensado viajar de Venezuela a Colombia por tren y vapor; pero Rice lo acompañaría si iba a campo traviesa, cruzando ríos, llanos y la cordillera de los Andes (Viaje Machu Picchu).

Bingham tomó nota de un elemento clave: este era el camino que Bolívar y su ejército habían seguido en 1819. La ruta era considerada imposible en la temporada lluviosa; atravesaba pantanos y una zona desolada de los Andes, pero el ejército de Bolívar lo había logrado, sorprendiendo a los españoles y expulsándolos permanentemente de Colombia. En vez de buscar a Bolívar en los libros, Hiram seguiría sus pasos, demostrándoles a los norteamericanos los logros de «El Libertador». Su expedición también incluiría compras de libros en las capitales de Venezuela y Colombia. Si todo iba bien, sería historiador y esposo, explorador y académico, todo al mismo tiempo. Hiram no había estado presente en el cerro San Juan con Roosevelt, pero ahora se le presentaba la oportunidad de recrear un ascenso aún más épico de los anales de las victorias americanas contra las potencias coloniales (Viaje Machu Picchu).

Era una decisión muy poco ortodoxa, y llamaría la atención en caso de fracasar, ¿pero y si tenía éxito? Resueltos, Bingham y Rice evaluaron que el viaje demoraría cuatro meses. Si partían en diciembre, estarían de vuelta en abril. Para hacerlo, sin embargo, Hiram necesitaba libros, un casco de explorador, brújulas, armas de fuego y boletos de vapor. En otras palabras, necesitaba dinero de Tiffany. Hiram fue al hospital y le contó del plan a Alfreda, sugiriendo que era la «oportunidad para hacer un buen trabajo» (Viaje Machu Picchu).

Sus padres no estaban de acuerdo con el plan, pero ella acordó darle lo que necesitaba. «Ella pasó más de dos semanas en un hospital, mientras que él se alojaba en el Yale Club y perfeccionaba sus planes», su hijo Alfred escribió años más tarde . Alfreda había facilitado el desarrollo de Hiram una vez más, y lo veía alejarse para seguir una nueva carrera como explorador. La aprobación que Hiram deseaba más, sin embargo, era la de su padre. «Siento la sangre Bingham avivarse en mis venas mientras parto para regiones poco conocidas, como han hecho casi todos mis antepasados Bingham por diez generaciones anteriores a mí», escribió a sus padres . De alguna extraña manera, tenía la esperanza de estar yendo a casa (Viaje Machu Picchu).