Viaje Machupicchu – Camino Inca 


INTRODUCCIÓN Viaje Machupicchu – Camino Inca

LA ÚLTIMA CIUDAD DE LOS INCAS

La conquista del siglo XVI – Peru:

inca-atahuallpa-viajes-machu-picchu-peruAmanece sobre Sudamérica y la luz avanza de este a oeste, cruzando playas y ríos, abriéndose paso por las copas de los árboles y la vegetación de la selva amazónica, hasta llegar a los Andes, las inmensas montañas que constituyen la espina dorsal del continente. Pronto el sol brillaría sobre sus picos y se apuraría hacia las playas del Pacífico. Durante unos preciosos minutos, sin embargo, se detiene en un profundo valle en la falda oriental de los Andes, sobre una tierra llamada Perú Machu Picchu Viaje , donde despierta a dos mil hombres, entre esclavos, soldados y nobles españoles e indígenas. Con maldiciones y oraciones, se ponen las armaduras y se prepararan para la batalla. Era el 24 de junio de 1572, fiesta de San Juan Bautista, pero los expedicionarios tenían la esperanza de que esa fecha pronto sería recordada por haber sido el día que marcó el final de la difícil conquista de los incas de Viaje Machu Picchu. Habían transcurrido cuarenta años desde que Francisco Pizarro y sus 168 conquistadores partieran de Centroamérica y navegaran por la costa occidental del continente meridional. Al desembarcar en Perú se habían encontrado con el imperio indígena más grande, rico y poderoso de América: el de los incas. Su territorio comprendía las tierras entre los actuales Chile y Colombia, desde el Pacífico hasta la Amazonia, todo entrecruzado por caminos, canales, fortalezas y templos. Por medio de las armas y astutas alianzas, los españoles capturaron y ejecutaron al emperador, Atahualpa, y conquistaron la capital, la ciudad dorada del Cusco (Viaje Machu Picchu).

Pero el sucesor de Atahualpa, su fiero hermano Manco, se rebeló contra el gobierno español y su núcleo, ubicado en Lima, la nueva capital colonial situada en la costa. En 1536, Manco se retiró a su remoto reino al norte del Cusco. Para 1539 había construido una nueva capital Inca, un lugar donde podría adorar en paz a su dios el sol y a sus ancestros. Se llamaba Vilcabamba, «la pampa del sol .Pero no sería así. Manco murió y sus hijos siguieron la lucha, con el argumento de que la conquista española era ilegítima y que su familia había sido tratada injustamente. Después de años de negociaciones y escaramuzas, los españoles se hartaron de la resistencia. En abril de 1572, el virrey Francisco de Toledo anunció una «guerra a sangre y fuego». Organizó una expedición dirigida por españoles, pero apoyada por aliados indígenas y mestizos incaicos nacidos de uniones, consensuales o no, entre incas y españoles, quienes más que la independencia buscaba la supervivencia y el reconocimiento en Cusco (Viaje Machu Picchu).

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La expedición tenía tres objetivos: tomar y arrasar Vilcabamba; confiscar sus tesoros y ponerle fin a la adoración solar de los incas Machu Picchu; y llevar al hijo de dieciocho años de Manco, que era el emperador Inca ,Viaje y líder religioso, de vuelta al Cusco .para ser juzgado. Se llamaba Túpac Amaru, que en quechua significa «Serpiente Real», lo cual hace referencia a la serpiente gigante de dos cabezas que trae lluvia y cambios apocalípticos. Capturarlo sería difícil. Para llegar hasta este punto, los españoles habían tenido que enfrentar emboscadas en las que fueron atacados con lanzas, espinas envenenadas y enormes rocas. El paisaje se había tornado temible. Aquí, los Andes se encontraban con el Amazonas: enormes montañas daban paso a abruptos abismos, quebradas, valles tupidos de bosques y ríos que ahogaban a los incautos (Viaje Machu Picchu).

Los jaguares y serpientes acechaban; las lianas y espinas rasgaban las ropas ya maltratadas por la lluvia y bruma. Los expedicionarios Viaje Machu Picchu habían abandonado los caballos y se arrastraban por los acantilados. Los más valientes se ataban cañones a las espaldas, con la esperanza de obtener una mayor tajada del botín. Los árboles servían de refugio para colonias de feroces hormigas mordedoras, finalmente, estaban los incas y sus aliados ocultos, los fieros hombres selváticos que peleaban con flechas envenenadas y, según decían, devoraban los cuerpos de sus víctimas. Los incas sacrificaron cuyes para adivinar el futuro y dejaron sus cuerpos destripados en el camino para perturbar a los españoles (Viaje Machu Picchu).

La expedición había llegado tan lejos solo gracias a la suerte y la oportuna deserción de algunos de los capitanes incaicos. Vilcabamba era el último reducto de los incas, y los españoles estaban seguros de que darían pelea. Ya era la hora. El sol superó la cresta, y los hombres empezaron a sudar. El general ordenó a los europeos e indios aliados que formaran columnas con capitanes y portaestandartes a la cabeza. Los sacerdotes bendijeron a los soldados y empezaron a marchar. El camino se elevó y se volvió más ancho, y desde ahí podían ver el río a su derecha. Una enorme escalinata incaica llevaba a una plataforma ceremonial donde los sacerdotes rendían tributo al sol. Era media mañana, y el sol caía sobre los hombros de los expedicionarios, revelando el refugio selvático prohibido que estaba debajo de ellos. Pero Vilcabamba no era una lustrosa capital imperial llena de soldados. Estaba saqueada, abandonada y en llamas. Los españoles podían oler el humo (Viaje Machu Picchu).

Quedaron atónitos. ¿Se les habría adelantado otro ejército? Bajaron a la ciudad por la larga y ancha escalinata. Se encontraron en medio de unas cuatrocientas casas de piedra, donde aparte de los últimos crujidos de los fuegos reinaba un inquietante silencio. Rondaron por las fuentes que aún borboteaban y subieron a la plaza principal por unas pocas escaleras. Tras plantar el estandarte real y tomar posesión de la ciudad en nombre de España, se dedicaron a explorar, clavando sus espadas en las cenizas del palacio y templo solar. Se percataron de que la ciudad había sido destruida por Túpac Amaru y sus seguidores «de suerte que si los españoles e indios amigos lo hubieran hecho no estuviera peor» (Viaje Machu Picchu).

Los incas habían huido a las montañas y la selva, llevándose todo lo que podían, esperando que los españoles, al verse privados de su presa, regresaran al Cusco. Se habían llevado consigo los iconos dorados del templo ídolos, a decir de los españoles y todos los tesoros de los incas . Unos cuantos españoles, sin embargo, se sintieron conmovidos por lo que quedaba. Los incas habían construido Vilcabamba de manera que se asemejara al Cusco: tenía unos dos kilómetros y medio de ancho, pero era muy extensa a lo largo. Habían vivido bien en esta segunda capital. Criaban abejas y recolectaban su miel; asimismo, el clima cálido y húmedo les permitía cosechar maíz tres veces al año, además de caña de azúcar, yuca, camotes y algodón (Viaje Machu Picchu).

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Cultivaban la sagrada hoja de la coca, la cual masticaban para fortalecerse y por su ligero efecto narcótico. papagayos, gallinas, patos, conejos de la tierra, pavos, faisanes», prosiguió un cronista, A comparación con las aún precarias ciudades españolas del Nuevo Mundo, era un paraíso. No obstante, era un paraíso condenado a perderse para siempre; los españoles no regresarían a Cusco con las manos vacías. Organizaron grupos para buscar a Túpac Amaru, sus herederos y su tesoro. La primera partida, liderada por mestizos nobles, regresó tras una semana trayendo al sobrino de Túpac Amaru, el siguiente heredero de la borla roja de la mascapaycha, símbolo de la soberanía incaica. La segunda partida, compuesta mayormente por españoles, capturó al principal general del Inca y un fabuloso tesoro de esmeraldas, plata y oro que incluía a punchao, el dorado icono solar al que alguna vez se le rindiera culto en el templo del sol del Cusco (Viaje Machu Picchu).

Portaba los corazones molidos de los emperadores fallecidos y era una suerte de arca dorada del legado histórico y religioso de los incas. Otra calamidad fue que una tercera partida retornó con los mallquis, o momias, de Manco Inca y su hijo mayor, Titu CUSÍ Yupanqui. Los incas momificaban a los muertos imperiales y los portaban y veneraban como si estuvieran vivos . Su captura fue un desastre: los españoles ya habían quemado otros «ídolos» de este tipo. Los incas solo podían esperar que Túpac Amaru lograra escapar de los españoles. Mientras Túpac Amaru siguiera libre, la insurgencia podría sobrevivir durante años, como una espina constante para el gobierno español. Sin embargo, los españoles tenían una pista de que había huido río abajo, hacia el Amazonas, junto con su esposa embarazada. El comandante español envió cuarenta hombres tras ellos, liderados por un joven y ambicioso capitán llamado Martín García de Loyola, sobrino nieto del fundador de los jesuitas, la orden religiosa que estaba convirtiendo a muchos indígenas en el Nuevo Mundo. Encontraron e interrogaron al jefe de los aliados selváticos del Inca hasta que les reveló que Túpac Amaru había partido hacía tan solo cinco días, remando en una canoa con dirección al mar. Iba retrasado porque su «mujer de Topa Amoro iba temerosa y triste por ir en días de parir, y que él mismo, como la quería tanto, le ayudaba a llevar su hato, y le aguardaba, caminando poco a poco» (Viaje Machu Picchu).

El jefe rechazó la recompensa que García de Loyola le ofreció, «diciendo que fuera grandísima traición que hiciera a su señor . García de Loyola y sus hombres marcharon día y noche, iluminados por antorchas, a lo largo de unos ochenta kilómetros. Durante la travesía remontaron ríos y caídas de agua, luchando muchas veces por sus vidas. Los insectos de la Amazonia les mordieron, picaron y pusieron huevos en sus pieles. De haber descansado, habrían fracasado. Cuando se acercaban, Túpac Amaru le rogó a su esposa que huyeran juntos en canoa. De haber ella accedido, hubieran podido huir río abajo por el Amazonas. Los cronistas españoles cuentan que las aguas abiertas le aterrorizaban, sin embargo, y que Túpac Amaru se rehusó a abandonarla. Los españoles encontraron a la pareja tratando de calentarse al lado de una fogata, con la cual también intentaban alumbrarse. El último emperador de los Andes se rindió en las profundidades de la selva, y Loyola lo llevó de vuelta a la ciudad de Vilca bamba, desde donde subieron por la gran escalinata, valle afuera. Si el joven Inca miró hacia atrás a su ciudad, el refugio de su padre, o si miró hacia adelante, preparándose para el futuro, no ha quedado registrado para la historia. El 21 de setiembre, la expedición regresó al Cusco. García de Loyola paseó a Túpac Amaru alrededor de la plaza, llevándolo con una cadena dorada alrededor del cuello (Viaje Machu Picchu).

La mascapaycha todavía estaba sobre la cabeza del joven emperador. Cuando pasó por la ventana del virrey francisco de Toledo, el representante colonial del rey de España, el Inca se rehusó a quitarse la borla, por lo cual Loyola lo golpeó dos veces Las iniquidades continuaron. El virrey quería deshacerse de Túpac Amaru. En una farsa de juicio, los funcionarios de Toledo acusaron al emperador del asesinato de los españoles en su reino y lo sentenciaron a muerte. Tanto los nobles españoles como los incaicos se quejaron por el duro castigo, pero Toledo se mantuvo implacable. Túpac Amaru fue puesto sobre una muía y llevado a un patíbulo cubierto de telas negras en la plaza central del Cusco. Sus parientes y ex súbditos llenaron las calles y los balcones, llorando y sollozando. Cuando el emperador caído ascendió al cadalso, levantó la mano y el silencio se apoderó de la plaza antes de que hiciera su última declaración Hablando en quechua, la lengua imperial de los incas, le anunció a su pueblo que se había convertido al cristianismo: todo lo que hasta aquí os hemos dicho yo y los incas mis antepasados, que adorárseles al Sol, Punchao, y a las guacas, ídolos, piedras, ríos, montes y vilcas, es todo falsedad y mentira. Y cuando os decíamos que entrábamos a hablar al Sol (Viaje Machu Picchu).

Que él decía que hicieses lo que nosotros os decíamos y que hablaba, es mentira: porque no hablaba, sino nosotros, porque es un pedazo de oro y no puede hablar Los españoles habían quebrado la fe que tenía en su deidad; o quizá al final simplemente memorizo un guion para salvar a su gente puso su cabeza en el atajo del verdugo. Un verdugo indígena tomó su cabello con una mano decapitado al Inca con un machete y levantó hacia el cielo la La dinastía independiente de Vilcabamba había llegado a su fin. Su tesoro fue repartido según la ley española del quinto real, la quinta parte del tesoro se reservo pana la corte de Felipe II. El icono dorado del sol, el punchao, desapareció en Europa. La catedral del Cusco fue construida sobre uno de los más grandes reacios de los incas, y el priorato de los dominicos lo fue sobre el antiguo templo del sol. Toledo intentó diluir las propiedades y fortunas de los incas casando a las hijas de los señores incas con españoles, y secretamente quemó las momias de Manco Inca y Titu CUSÍ. Los incas, ahora súbditos de la Corona española, fueron sometidos a duras leyes tributarias. Murieron bajo regímenes durísimos en las minas y haciendas. Mientras el rey de España recibió un quinto de la riqueza de los incas, los académicos estimanque para inicios del siglo XVIII la población andina se había reducido a la quinta parte, debido a la violencia, las enfermedades, la desnutrición y la explotación . Muchos españoles vieron y lamentaron el abuso, pero era difícil desviar el cauce de políticas y presunciones sociales que causaron el desastre. Pese a estas calamidades, la nobleza incaica sobrevivió, y en algunos pocos casos pudo prosperar por medio de alianzas con españoles receptivos (Viaje Machu Picchu).

Los parientes de Manco reclamaban tierras y tributos e hicieron causa común en el Cusco; el varón de mayor parentesco con los incas originales portaba la borla real . Contaban sus historias a los cronistas o las escribieron ellos mismos. Y a medida que pasó el tiempo, incluso quienes más habían odiado el gobierno de los incas lo llegaron a idealizar y a guardar la esperanza de que regresaran al poder . En 1780, ese deseo se materializó cuando José Gabriel Condorcanqui, un noble rural de las serranías próximas al Cusco, asumió el nombre de Túpac Amaru II y se rebeló contra las autoridades coloniales. La represalia fue veloz y terrible, y sus consecuencias sobre la existencia de los incas en la sociedad peruana fueron duraderas. Condorcanqui también fue ejecutado en la plaza central del Cusco, pero en una forma mucho más brutal que la de su antecesor. Después de obligarlo a presenciar la ejecución de su esposa y parientes, los españoles ataron sus brazos y piernas a cuatro caballos, los cuales jalaron en direcciones distintas. Cuando no murió, los españoles lo decapitaron, desmembraron su cuerpo y enviaron las partes a los pueblos que lo habían apoyado. «Pero para quienes creían que Túpac Amaru era un Inca, su cuerpo no era el de un reo», escribe Alberto Flores Galindo, «sino más bien encarnaba a la misma nación de los indios» . Para castigar a los incas nobles sobrevivientes incluso a aquellos que habían apoyado a la Corona los españoles intentaron quitarles sus títulos y vestimentas. Progresivamente, la única identidad indígena permitida en la vida pública era la del indio. Cuando el Perú ganó su independencia de España en la década de 1820, los incas perdieron incluso eso. Las élites costeras activamente despreciaban a los nobles indígenas (Viaje Machu Picchu).

El liderazgo Inca duró algo más en el Cusco, pero para la década de 1840 el Estado costeño había erosionado tanto el valor de las identidades indígenas que los antiguos incas prefirieron casarse con europeos. Gradualmente perdieron rastro de las líneas que los vinculaban a una de las más grandes civilizaciones del mundo, el más extenso imperio indígena que Sudamérica hubiera conocido jamás . En algunos rincones, sin embargo, su memoria perduraba. Tanto los sufridos indios como los mestizos y peruanos de ascendencia europea encontraron consuelo en las narraciones de sus riquezas y espíritu de independencia, de aquello que se había perdido pero que aún podría ser encontrado. Algunos soñaron con su tesoro. Los impíos cambiaron las espadas por palas y buscaron oro y plata en templos incaicos y montículos precolombinos de otras culturas. Una de las palabras más tristemente evocadoras que emergió de la colonización española del Perú fue huaquear, la transformación de la palabra quechua huaca un lugar u objeto sagrado en un verbo que significa desenterrar templos y tumbas en búsqueda de tesoro. Para algunos andinos nativos, sin embargo, el tesoro de los incas era un patrimonio, su herencia. En 1802, el naturalista y explorador prusiano Alexander von Humboldt visitó Cajamarca, donde los españoles ejecutaron al emperador Atahualpa. Ahí, se encontró con el hijo de diecisiete años del empobrecido cacique local, Astorpilca, que decía ser de
ascendencia Inca, a pesar de las purgas de la década de 1780. El joven le dijo al prusiano que las ruinas del pueblo ocultaban un vasto tesoro de árboles y literas de oro que aguardaban el retorno de los incas; él y sus padres jamás buscarían estos tesoros, puesto que sería un pecado. Humboldt se conmovió: «Una idea muy difundida y creída firmemente por los nativos es que sería criminal excavar y apropiarse de tesoros que podrían haber pertenecido a los incas, y que tal proceder le traería calamidades a toda la raza peruana (Viaje Machu Picchu).

Esta idea está cercanamente asociada a la de la restauración de la dinastía Inca, un acontecimiento que todavía es aguardado… Las naciones oprimidas siempre esperan con ansias el día de su emancipación y la restauración de las viejas formas de gobierno». El tesoro de los incas, real o no, les daba esperanzas respecto del futuro. Otros idealizaban los restos físicos de los Incas, con la esperanza de que recuperarlos podría llevar a un retorno de su gobierno. Cuando ejecutaron al primer Túpac Amaru, los españoles colocaron su cabeza en un poste en la plaza de Cusco por dos días, pero tuvieron que retirarla cuando se percataron de que los indios la adoraban como si estuviera viva. Desde ese momento emergió la historia de un héroe llamado el Inkarrí. Este «Inca Rey», hijo del sol, era divino hasta que los viracochasn barbados europeos llegaron. Exterminaron al pueblo de Inkarrí, y después capturaron y decapitaron al señor mismo. En una versión de la historia, la cabeza fue enterrada pero empezó a crecerle un cuerpo. En otra versión, que se cuenta en las selvas al norte del Cusco hoy en día, los viracochas llevaron su cabeza a Lima, donde se volvió la fuente de la riqueza de los blancos. La cabeza de Inkarrí siguió hablando, sin embargo, le contaron dos niños indígenas a un antropólogo en la década de 1980. «No se muere. La cabeza del Inca no se muere» . Según la leyenda cristianizada, el retorno de la cabeza de Inkarrí, o la reformación de su cuerpo, desharía la conquista. «Existía la promesa de una resurrección al final de los tiempos», señala Flores Galindo. El tercer centro del espíritu Inca, sin embargo, era mucho más tangible:

Vilcabamba misma, el remoto cuartel selvático en la guerra de los incas por la independencia religiosa y política. Cuando los españoles llevaron a Túpac Amaru a su muerte en 1572, evacuaron la ciudad y reubicaron a sus vasallos en lugares más próximos al Cusco. Dado que nunca fue incluida en un mapa, Vilcabamba desapareció lentamente. Las aves llegaron primero, seguidas por las serpientes y otros animales, todos los cuales formaron sus nidos y guaridas. Las plazas se cubrieron de lianas y maleza. Los árboles tumbaron algunas paredes, pero sostuvieron otras,
cubriendo la ciudad dormida con un verde dosel. La última ciudad de los incas se convirtió en la ciudad perdida de los incas, su ubicación conocida solo para sus antiguos aliados, los «salvajes» pueblos selváticos. A tal punto llegó la pérdida del rastro de Vilcabamba por parte del Perú «civilizado», que para 1768 un geógrafo, Cosme Bueno, reportó que «ha quedado solo la memoria del retiro del último Inca»No obstante, aparecieron historias de sociedades incaicas ocultas, vivas, pero perdidas en la selva. Durante los casi 150 años posteriores a las escrituras de Bueno, durante los cuales el Perú obtuvo su independencia pero les fue recortando aún más derechos a sus indios, las serpientes de Vilcabamba durmieron (Viaje Machu Picchu).

La ciudad ardía lentamente en la memoria, ni muerta ni viva, su significado cada vez más alucinante. ¿Acaso había sido un lugar de riqueza imperial y tesoros perdidos? ¿O un lugar de lucha, un símbolo de resistencia indígena? ¿Qué había pasado antes de la ejecución de Túpac Amaru? ¿Por qué se había rebelado Manco y qué llevó a su imperio a la ruina? En 1911, un descubrimiento casual atizó sus fuegos nuevamente y las respuestas empezaron a surgir. Las serpientes despertaron y empezó una conflagración de nuevo cuño. Esta vez, no sería entre europeos e incas sino entre gentes de las diferentes partes de América: norte y sur. Esta vez, el tesoro no sería el oro y la plata, sino algo mucho más potente: los restos físicos de los incas, los cuales eran reclamados por un hombre joven, que se parecía al joven soldado y heredero de los jesuitas Martín García de Loyola, pero que en este caso más bien admiraba a los incas rebeldes (Viaje Machu Picchu).

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