Manco Inca – Peru – SubAmerica – Capitulo 7

Si bien es cierto que el descubrimiento de América en 1492 dio pie a que zarparan naves llenas de españoles en búsqueda de gloria y fortuna, la conquista de los incas no fue inevitable. Cuando el conquistador Francisco Pizarro, 72 hombres a caballo y 106 hombres de a pie invadieron el Peru en noviembre de 1532, efectivamente contaban con armamento superior. También tenían otra ventaja: al llegar a la ciudad inca de Cajamarca entraron en contacto con un imperio en crisis. El antiguo emperador había muerto de una enfermedad quizá la viruela europea que se había diseminado violentamente en América y sus hijos habían luchado encarnizadamente por el poder . No obstante, los incas seguían en ventaja (Viajes a Machu Picchu Peru).

En Cajamarca los españoles se enfrentaron a un ejército de cuarenta mil (o más) soldados veteranos que estaban muy familiarizados con las peculiaridades de la guerra en las sierras. Estaban liderados por un emperador de 31 años, Atahualpa, quien hacía poco había ganado la guerra sucesoria. Arrogante y majestuoso, vestía un manto de piel de murciélago; todo lo que tocaba era quemado, tal como correspondía a un dios en la tierra. Sobre todo, era despiadado. Sospechaba, con razón, de las intenciones de los españoles, y planeó capturarlos y ejecutarlos antes de que dieran un paso más. Desafortunadamente para Atahualpa, los españoles tenían un plan muy similar. Ninguna ventaja tecnológica, biológica o cultural incidió en el resultado final: este se redujo a quién atacaría primero. Atahualpa fue llevado en andas a Cajamarca, seguido de un séquito cuyas plumas, plata y oro resplandecían, pero que en su mayor parte se encontraba desarmado, quizá creyendo que los españoles jamás se animarían a atacarlo en el medio de un asentamiento inca (Viajes a Machu Picchu Peru).

Los españoles se escondían en los alrededores de la plaza central, y algunos estaban tan atemorizado que literalmente se orinaron de miedo. El fraile dominico que los acompañaba le ofreció la biblia a Atahualpa, exigiéndole que se convirtiera al cristianismo. Según algunas versiones, Atahualpa la rechazó, dándoles a los fanatizados españoles razón suficiente para atacar. Según otras, anunció que los mataría, con lo cual obtuvo el mismo resultado . Los soldados españoles se abalanzaron desde los flancos y masacraron al gentío. El mismo Pizarro prendió a Atahualpa en su litera. Atahualpa entregó un vasto rescate un cuarto repleto de oro y dos de plata pero los españoles lo acusaron de ser un gobernante injusto y de estar complotando una rebelión, y lo ejecutaron. Los conquistadores decían haber liberado el imperio y nombraron como sucesor a uno de los agradecidos hermanos de Atahualpa. Este hermano enfermó y murió al poco tiempo, pero los españoles encontraron a otro que serviría como figura simbólica, un chico de veinte años llamado Manco (Viajes a Machu Picchu Peru).

En el Cusco, los españoles vieron con asombro y horror cómo a la «coronación» de Manco se aparecieron incas tanto vivos como muertos, ya que las momias del padre de Manco y otros grandes incas fueron portadas en andas detrás del joven heredero. Para despecho de los españoles, el títere cortaría sus cuerdas. Manco era un feroz guerrero que había realizado sus propias conquistas en la selva, y rápidamente se percató de las intenciones de los españoles. Después de saquear los templos incaicos, Gonzalo Pizarro aprehendió a Cura Ocllo, la coya de Manco, es decir, su esposa principal y hermana. Para 1535 circulaban historias de que los conquistadores golpeaban, decapitaban y violaban a indios e indias en todo el reino (Viajes a Machu Picchu Peru).

En una reunión secreta con los más altos funcionarios, generales y sacerdotes del imperio moribundo, Manco hizo una lista de las muchas quejas contra los españoles. «Su codicia ha sido tanta que no han dejando templo ni palacio que no han robado, mas no les hartarán aunque todas las nieves se vuelvan oro y plata», manifestó. Los españoles incluso quemaban vivos a algunos incas. Un acto particularmente cruel, «porque las ánimas se quemen con los cuerpos y no puedan ir a gozar del cielo». Manco arrojó el guante: «paréceme que no será cosa justa y honesta que tal consintamos, sino que procuremos con toda determinación de morir sin quedar ninguno, o matar a estos enemigos nuestros tan crueles» (Viajes a Machu Picchu Peru).

Teniendo espías por todos lados, no pasó mucho tiempo antes de que los Pizarro se enteraran del plan de Manco. Enmarrocaron a Manco y torturaron y violaron a sus mujeres en su presencia. Estos abusos lo convencieron aun más de la necesidad de rebelarse. Cuando los indios de todo el imperio empezaron a matar a los españoles, Manco partió del Cusco con la excusa de que iría a traerles a los Pizarro un ídolo de oro del tamaño de un hombre. En vez de ello, se reunió con su ejército. Para la Pascua de 1536, convergieron sobre el Cusco unos 100000 a 200000 aliados de los incas. Había tantos que «de día parecía un paño negro que los tenía tapados todos inedia legua alrededor desta ciudad del Cusco», escribió Pedro Pizarra (Viajes a Machu Picchu Peru).

«De noche eran tantos los fuegos que pare<pa un cielo muy sereno lleno de estrellas» . Aquellas cien mil estrellas empezaron a gritar, aterrorizando a los 170 españoles y miles de aliados nativos que permanecían en el Cusco. La gran rebelión inca había empezado. Los soldados inca atacaron, desatando una tormenta de piedras cubiertas de brea sobre los techos del Cusco. La ciudad empezó a incendiarse y los españoles se refugiaron en la capilla de la plaza principal de la ciudad. Aislados de Lima, la recientemente fundada capital que también estaba bajo ataque, no podrían recibir refuerzos por varios meses, así que los españoles aprovecharon sus ventajas: lanzaron un ataque desesperado y audaz hacia un punto clave en el asedio impuesto por los incas, los enormes muros y torres de la fortaleza sagrada de Sacsayhuamán (Viajes a Machu Picchu Peru).

Después de tres días de lucha encarnizada con hachas, espadas y garrotes, fueron los incas quienes debieron buscar refuerzos. Buscando reagruparse, Manco se replegó hacia el norte del Cusco y se fortificó en Ollantaytambo. Este era un asentamiento monolítico ubicado en una pendiente, el cual había sido fundado por Pachacútec, el gran constructor del imperio. Manco reclutó arqueros entre sus aliados selváticos. Cuando se aproximaron los españoles, les llovieron flechas y piedras desde las alturas. Los hispánicos vacilaron, lo cual fue aprovechado por los indios, quienes se lanzaron al llano. «Y era tanta la gente que vena sobre nosotros que no cabían en las sierras ni campos» . Manco mismo lideró el ataque a caballo, y desató su arma secreta: el río Patacancha, que había sido redirigido por los ingenieros del Inca para inundar el llano (Viajes a Machu Picchu Peru).

Los caballos de los españoles fueron inmovilizados y sus jinetes huyeron. Manco había ganado la batalla, pero expulsar a los españoles del Peru ya resultaba imposible. Tenía que tomar una decisión. Desde los puntos más altos de Ollantaytambo, Manco podía dirigir la mirada río arriba, hacia Yucay, la finca de su padre, llena de fértiles campos de maíz. Reflejaba un brillo dorado en el sol, un bello recuerdo del pasado y de todo lo que ahora estaba en juego. Pero si miraba en la dirección contraria, río abajo, podía divisar el lugar donde el río Vilcanota cesaba de fluir tranquilamente en línea recta y empezaba a virar, bajar y volverse tormentoso, convirtiéndose en el violento Urubamba, que tomaba rumbo al noreste hacia las selvas del Amazonas, el Antisuyu. Era una tierra húmeda e inhóspita, cuyos ríos tormentosos, abruptos precipicios y bosques casi impenetrables habían desafiado incluso al gran Pachacútec. Ahí vivían serpientes y jaguares, así como los Antis, las feroces tribus de los llanos que practicaban el canibalismo al menos según lo que los incas les dijeron a los españoles (Viajes a Machu Picchu Peru).

Sin embargo, Pachacútec había incursionado un tanto en la región y había dejado varios complejos de palacios; y además Manco había pasado el año anterior a la llegada de los españoles pacificando tribus selváticas. Desde una de las ciudadelas de Pachacútec, los incas y sus aliados selváticos podrían repeler a los españoles y practicar su religión tal como lo habían hecho antes de la conquista . Entonces, en 1537, cuando empezaron a converger arcabuceros, jinetes y ballesteros españoles en su ubicación, Manco reunió a sus capitanes y les explicó que se replegarían a la tierra de los Antis, pero que algún día regresarían. Su ejército empezó su éxodo a través del cañón del Urubamba, cuyas paredes se erigían a su alrededor y cuya tupida vegetación atenuaba sus gritos. Después de algunas fintas hacia otros valles, cruzaron el Urubamba en un punto llamado Chuquichaca, a través de un gran puente de cuerda. Viajaron río arriba por un tributario hacia una región repleta de cumbres y jungla. Manco hizo un alto en una cresta donde se encontraba un palacio hecho con bellas piedras blancas, que había sido construido por Pachacútec generaciones atrás. Se llamaba Vitcos. Ahí haría su hogar. En un angosto valle verde adyacente había un templo del sol que contenía un santuario llamado Yurak Rumi, una enorme roca que se cernía sobre un frío y oscuro manantial. Los incas adoraban al sol y a su personificación en el emperador Inca, pero la religión andina estaba repleta de huacas y apus, que eran santuarios y espíritus de agua y piedra, respectivamente (Viajes a Machu Picchu Peru).

Lugares como Yurak Rumi, donde se encontraban los tres elementos, eran especialmente poderosos. Con siete metros y medio de altura, nueve metros de ancho y 15,8 metros de largo, el santuario estaba cubierto de diseños tallados, canales, asientos y protuberancias. El sol pasaba por encima, dejando caer extrañas sombras sobre la piedra, mas no sobre la protegida agua que había debajo. Era la cosmología inca en miniatura, «siendo el principal mocadero santuario de aquellas montañas». Este sosegado culto no duró mucho. Los españoles llegaron persiguiendo al Inca rebelde. Los hombres de Manco destruyeron el puente en Chuquichaca, pero los españoles lo reconstruyeron y avanzaron río arriba. Atacaron Vitcos, saquearon sus templos y llevaron de vuelta al Cusco a veinte mil de los seguidores de Manco, incluyendo aTitu CUSÍ, SU hijo de cinco años. Manco, sin embargo, logró escapar y prosiguió su guerra de guerrillas en las montañas, matando a jinetes españoles y a sus colaboradores (Viajes a Machu Picchu Peru).

Reconstruyó Vitcos, y a comienzos de 1539 construyó una capital más remota: un lluvioso pero protegido refugio llamado Vilcabamba, la «llanura del sol». Con el apoyo de sus aliados selváticos, Manco hizo de Vilcabamba un lugar donde se disfrutaría de la abundancia de los climas más bajos y desde donde podría planificar su guerra contra los españoles, así como adorar a Punchao, su dorado icono del sol. Salvado del Cusco, el icono brillaba a la luz de las antorchas, y en su interior se ocultaban las cenizas de los corazones de los incas. No obstante, Manco no solo estaba fortaleciendo el pasado de los incas; se estaba adaptando al futuro. Acumuló armas españolas, y techó su nuevo palacio con tejas rojas al estilo español. Mantuvo los caminos que llevaban al resto del Peru. Construyó terrazas y hogares para los refugiados que llegarían buscando huir del gobierno español. Que tales refugiados llegaran, sin embargo, seguía siendo incierto. Después de la huida de Manco, los españoles afianzaron su control sobre el antiguo reino de los incas. Consolidaron el Cusco como una ciudad colonial, reemplazando sus quemados techos de paja con tejas rojas y cubriendo de yeso los muros incas de piedra (Viajes a Machu Picchu Peru).

Los españoles despojaron a Manco de la maskaypacha, la borla imperial, in absentia y proclamaron a su hermano Paullu, colaborador hispanizado, como el legítimo Inca heredero. Los conquistadores intentaron ganarse a los numerosos incas que permanecían en Cusco, garantizando sus privilegios y apelando a sus deseos de comodidad. Viendo cómo era halagado Paullu, algunos incas vistieron ropa española; la mayoría se convirtió públicamente al catolicismo. Otros, no obstante, dirigían sus miradas hacia Vilcabamba, el nuevo hogar del verdadero emperador. Un Inca que resistió las tratativas de los españoles fue el hijo de Manco, Titu CUSÍ, quien siempre recordaría el discurso que su padre diera en Ollantaytambo. Manco le ordenó a sus seguidores: «teneis todos obligas ejión de no nos olvidar en toda vuestra vida, vosotros y vuestros descendientes, ansy a mi como a mis agüelos y visaguelos…». Les rogó que no olvidaran su herencia religiosa durante su ausencia, que rindan culto a lo que fue suyo. «.. .como beis, las villcas hablan con nosotros, y al sol y a la luna beemoslos por buestros ojos, y lo que esos [papeles] dizen no lo vemos; bien creo que alguna bez por ffuerqa o con engaño os an de hazer adorar lo que ellos adoran quando mas no pudieredes, hazeldo delante dellos y por otra parte no oluideis nuestras qerimonias; y si os dixieren que quebrantéis vuestras guacas, y esto por ffuerqa, mostraldes lo que no pudieredes hazer menos y lo demas guardaldo, que en ello me daréis a mi mucho contento .Los españoles bautizaron al joven heredero Inca, Titu CUSÍ, pero en su pecho el sol de Vilcabamba brillaba con cada vez mayor intensidad (Viajes a Machu Picchu Peru).

Capítulo 7 – LOS MEJORES PLANES – PERU

Cuando Hiram Bingham regresó de Sudamérica en la primavera de 1909, elaboró un plan de quince años y lo tituló «Los mejores planes de ratones y hombres»,omitiendo el siguiente verso del poeta escocés Robert Burns: «con frecuencia fracasan». Había extrañado a su familia y pasaría los siguientes tres años con ellos, trabajando, enseñando y escribiendo. Empezó su lista de pendientes inmediatos con una tarea que terminaría acelerando el cronograma: un artículo sobre Choqquequirau, la Cuna de Oro, que había visitado en su camino a Lima . Bingham seguía fascinado con aquella ruina. Según los lugareños, él y Hay habían sido los primeros extranjeros en viajar a esa última ciudad de los incas, el lugar de descanso final de las vírgenes del sol, las mujeres que atendían al emperador y dirigían el culto solar de los incas (Viajes a Machu Picchu Peru).

La ilusión de encontrar tesoros no se concretó lo cual reforzó su convencimiento de que historias como El Dorado no eran más que mitos indígenas pero estaba dispuesto a ver la experiencia como un hito más en su carrera como explorador: ser el primer extranjero en visitar la última ciudad de los incas. Desafortunadamente, cuando se sumergió en la biblioteca de Yale, las demás afirmaciones de los lugareños también se vinieron abajo. Para empezar, Bingham ya sospechaba de una placa que había visto en las ruinas, sobre la cual estaban escritas varias firmas y fechas. Los libros de los geógrafos peruanos rápidamente confirmaron que varios peruanos y un puñado de extranjeros, incluyendo dos exploradores franceses, ya habían visitado las ruinas desde que fueran descritas por vez primera en el siglo XVIII. Además de no ser uno de los primeros extranjeros en explorarla, Bingham descubrió que las fuentes históricas no respaldaban su creencia de que Choqquequirau era la última ciudad de los incas. La tradición de que la Cuna de Oro era el «salvaje asilo» de «los últimos sobrevivientes de la raza del sol» apenas se remontaba a la primera mitad del siglo XIX y parecía tener poca relación con las crónicas españolas, que señalaban que el último refugio del Inca había sido Vilcabamba, «pueblo en que el Rey Inga tenia su Corte y sus ejércitos, siendo este el ‘primer templo’» (Viajes a Machu Picchu Peru).

Las crónicas aseveraban que esta Vilcabamba se encontraba a dos días de viaje de un lugar llamado Puquiura, un pueblo que aún existía en las márgenes de un río llamado Vilcabamba, muy alejado del Cusco. Daba la impresión de que los geógrafos que lo precedieron habían perpetuado la tradición de que Choqquequirau era el último refugio de los incas, porque quizá podría haber sido alcanzado en dos sumamente largos días de viaje desde Puquiura. Eso le resultó a Bingham «cuando menos, un método de inferencia muy indirecto», como si un geógrafo del futuro sentado en su escritorio fuera a declarar que Boston y Washington D.C. eran el mismo lugar simplemente porque no podría haber dos lugares a distancia similar a Nueva York (Viajes a Machu Picchu Peru).

Bingham concluyó que el nombre de Cuna de Oro era pura ilusión, un nombre maravillosamente florido para una localidad que ahora consideraba haber sido una fortaleza o templo, pero no un refugio de Manco. A pesar de su decepción, la historia de Vilcabamba le resultaba fascinante. Sentía curiosidad por la rebelión de Manco, de quien pensaba que había tenido«demasiada buena sangre roja en las venas como para someterse al tutelaje español» . Nunca había estado muy interesado en los tesoros, pero la historia de una resistencia nativa contra los colonos europeos que por muy romántica que hubiera sido estaba condenada al fracaso encendió su imaginación. Además, daba la impresión de que ningún explorador hasta la fecha había encontrado el verdadero último refugio de los incas: aquel lugar llamado Vilcabamba. si lo hiciera él? Podría identificar el preciso lugar donde el más grande imperio indígena hizo su última resistencia, e izar la bandera no del Peru, sino de los Estados Unidos y Yale. Era más fácil decirlo que hacerlo, sin embargo. Una mirada rápida a la literatura sugería que el área entre el Cusco y el pueblo de Puquiura estaba repleta de ruinas incaicas que eran conocidas por los lugareños desde hacía años. Además, había competencia (Viajes a Machu Picchu Peru).

La exploración andina estaba experimentando un boom, y en 1909 un joven etnólogo de Harvard llamado William C. Farabee regresó de su propia expedición a las tierras al norte del Cusco, donde había oído un «rumor de los indios, bastante bien verificado, de una gran ciudad oculta en las laderas del valle del Urubamba» . Un joven peruano que estudiaba antropología en Harvard también tenía sus propias pistas. Julio C. Tello sería conocido más adelante como «el más grande arqueólogo del Nuevo Mundo», por sus excavaciones de las culturas costeñas del Peru. En 1910 era un hombre de herencia indígena y treinta años de edad que había trabajado y estudiado medicina en San Marcos, y en durante esa época había estudiado cráneos y huacos precolombinos . En 1909 el gobierno del presidente Augusto B. Leguía le otorgó una beca para estudiar arqueología y etnología en el extranjero, y Tello eligió la universidad de Harvard, la cual ya le había ofrecido estudios gratuitos. Tello se enteró de la visita de Bingham a Choqquequirau, y en 1910 le envió un artículo que le hizo sentir aun más presionado. Escrito por Carlos Romero, un archivero de la Biblioteca Nacional del Peru con acceso a la narración de un fraile Agustino, el artículo aseveraba que el palacio de Manco se llamaba Vitcos, no Vilcabamba, y que se ubicaba junto al pueblo de Puquiura, no a dos días de distancia. Romero había suministrado la información para que el director del Museo Nacional del Peru, Max Uhle, viajara al Cusco para hacer las averiguaciones del caso (Viajes a Machu Picchu Peru).

A Bingham le daba vueltas la cabeza. Finalmente había encontrado un misterio que requería de sus habilidades especiales como historiador y explorador, pero las pistas estaban a la vista de todos, como para que cualquiera lo resolviera. Lo único que se debía hacer era viajar más allá del Cusco, por el río Urubamba, y buscar ruinas incaicas cerca del pueblo de Puquiura. Los historiadores peruanos estaban en posición de hacerlo y Bingham no. El explorador pasó el verano de 1910 con su familia que seguía en estado de constante expansión, terminando su manuscrito sobre su más reciente expedición, y preguntándose si se le había escapado la oportunidad de su vida. Contempló la posibilidad de realizar expediciones a otros lugares, como México o Ecuador. Durante el otoño Hiram se abocó a instalarse en el nuevo hogar de su familia (Viajes a Machu Picchu Peru).

El y Alfreda eran los orgullosos padres de seis hijos, y sus suegros les habían construido una mansión de treinta habitaciones, la más grande de New Haven, en la cima de Prospect Hill, el barrio más elegante de la ciudad. Hiram se quejó de que era demasiado ostentosa para la familia de un catedrático, pero las únicas concesiones que hicieron los Mitchell fueron agregarle un techo de tejas rojas al estilo español, lo que hizo que llamaran a la residencia «Casa Allegre» deletreado así y una diminuta escalinata que conectaba su habitación él y Alfreda dormían en cuartos separados al estudio de sus sueños. El estudio era espacioso y ventilado, rodeado de ventanas en tres frentes. Tenía estantes de libros que iban desde el piso hasta el techo, los cuales ocultaban un lavabo secreto y dos mapas colgantes de Sudamérica. Un escritorio tallado a mano, con lámparas Tiffany y un estante giratorio miraban hacia la chimenea en la cuarta pared. En la repisa de la chimenea, Hiram organizó lo que hasta ese momento era la trinidad de su vida: un pequeño ídolo de madera que los gilberteses le dieron a su padre, un tenue retrato de Alfreda y un cerámico incaico proveniente del Peru (Viajes a Machu Picchu Peru).

Quizá estaba sentado en aquel estudio el 25 de noviembre de 1910, el día posterior al día de Acción de Gracias, cuando abrió una carta que sugería que no todo estaba perdido y que en realidad era el mejor momento posible para regresar al Peru y lanzarse a la búsqueda de Vilcabamba. Venía de la universidad del Cusco, la cual había sido sometida a grandes cambios desde que fuera visitada por Bingham. En mayo de 1909, los cada vez más radicales estudiantes el apasionado Luis E. Valcárcel entre ellos exigieron mayor voz estudiantil en la administración universitaria, mejores profesores y menores cobros. Los estudiantes exigieron ser oídos durante una reunión del profesorado, demanda que el rector rechazó, tras lo cual un estudiante anarquista hizo un disparo al aire. Los profesores salieron en estampida a la plaza de armas, donde las mujeres del mercado chillaron que los estudiantes estaban peleando por las únicas tres estudiantes mujeres de la universidad . Pero era algo de mayor trascendencia: los estudiantes estaba ahora en huelga (Viajes a Machu Picchu Peru).

El presidente Leguía cerró las puertas de la universidad, pero las volvió a abrir a inicios de 1910 bajo la dirección del hombre sorprendentemente joven que le escribía ahora a Bingham, un economista de veintiséis años natural de Filadelfia llamado Albert Giesecke, quien había impresionado a Leguía cuando le ayudaba a reformar el sistema educativo de Lima. Los estudiantes inicialmente se mostraron desconfiados ante su rector estadounidense; Cusco no era inmune a los rumores de las ambiciones imperiales de Estados Unidos en el hemisferio. Giesecke se los ganó, sin embargo, con nuevos profesores, cursos modernos en periodismo, sociología criminal y zoología, y un estilo agradable Los estudiantes lo idolatraban, escribió uno de los nuevos profesores a un amigo en Lima . Al igual que Bingham, Giesecke se enamoró de la historia de la región. Desde su revuelta, los estudiantes de la universidad habían canalizado sus energías a estudiara los incas y al pueblo indígena, y estuvieron dispuestos a incluir a Giesecke en este proceso (Viajes a Machu Picchu Peru).

Llevaron a Giesecke a Sacsayhuamán, donde los hombres de Manco alguna vez sitiaran a los españoles . A la sombra de las ruinas de las murallas, el joven Luis Valcárcel quizá le habría contado a su nuevo mentor sobre los libros que esperaba escribir sobre los incas, y para los cuales ya estaba imaginando títulos . Dos meses después, en una celebración del 4 de julio en honor a Giesecke, Valcárcel agasajó a la audiencia con un discurso en el que elogiaba al imperio inca y a los pueblos indígenas modernos del Peru. Giesecke devolvió el favor el 28 de julio, día de la independencia del Peru, haciendo un llamado por la preservación de los monumentos históricos, un nuevo museo en el Cusco y apoyo del gobierno para estudiar las ruinas de la región. Anunció nuevos cursos sobre la civilización incaica y lengua quechua y conferencias para mejorar las relaciones entre los pueblos nativos locales y los estudiantes. Cusco algún día sería la «Meca de Sudamérica», declaró (Viajes a Machu Picchu Peru).

Pero aún quedaba mucho por hacer. En octubre, Giesecke había intentado seguir los pasos de Bingham hacia Choqquequirau, pero las lluvias se habían llevado el puente construido por la compañía de cazadores de tesoro del prefecto Núñez. Le escribió a Bingham para preguntarle si ya había publicado sobre su visita . Bingham estaba encantado. Si Giesecke seguía intentando visitar Choqquequirau, entonces todavía era posible que nadie en el Cusco supiera que la Cuna de Oro era importante tan solo en nombre, y que la verdadera última ciudad de los incas todavía estaba por descubrirse. Bingham insertó una hoja de papel en su máquina de escribir y le escribió a Giesecke prometiéndole que, en cuanto fueran publicados, le mandaría copias de su artículo sobre Choqquequirau y el libro sobre la expedición de 1909. Habiendo ofrecido una señal de amistad, Bingham procedió a intentar sonsacarle información a su potencial competidor. «¿Ha dejado de operar la compañía de cazadores de tesoro?», escribió Bingham. «¿Ha visitado algún arqueólogo las ruinas? Había oído que el profesor Uhle» el director del Museo Nacional «iba a ir desde Lima. ¿Quién va a pagar por la reconstrucción del puente?» . La respuesta de Giesecke llegó a mediados de diciembre de 1910 y tuvo un efecto estimulante: la empresa de Núñez había dejado de existir. El puente seguía sin reparar. Ningún arqueólogo había visitado Choqquequirau ni ninguna de las demás ruinas de la región (Viajes a Machu Picchu Peru).

Bingham vio su oportunidad: podría estar en Cusco para junio de 1911, desde donde podría ir en búsqueda de Vilcabamba, la ciudad que Manco fundó en la selva y donde sus hijos hicieron su última defensa. La única pregunta, como siempre, era cómo lo financiaría. La fortuna Tiffany había financiado las primeras dos expediciones de Bingham. Para esta, la tercera, quería obtener los fondos por sí mismo, para así convocar una expedición más numerosa y multidisciplinaria, y demostrar que no era meramente un acaudalado diletante. El público podría soñar con exploradores Victorianos solitarios, adinerados y románticos abriéndose paso a machetazos en la selva en busca de ciudades míticas, tan solo para desaparecer sin dejar rastro. Bingham, sin embargo, deseaba el tipo de inmortalidad que se obtendría con logros, no con excentricidad o con la muerte. Para lograrlo, Bingham desarrolló un modelo que se asemejaba a la exploración polar: un equipo de expertos numeroso, semi permanente y multidisciplinario, organizado como una expedición naval, cuyo capitán se llevaría la mayor parte del mérito (Viajes a Machu Picchu Peru).

En abril de 1909, el comandante naval estadounidense Robert E. Peary se escapó a hurtadillas de su asociado afroamericano Matthew Henson y sus guías inuits Ootah, Seegloo, Egingwah y Ooqueah para volverse el primer hombre en llegar al Polo Norte (o al menos eso reclamaba). Al igual que Peary, Bingham buscaría la gloria para Estados Unidos y para sí mismo, pero en las selvas de los Andes. Necesitaría teodolitos, cámaras, picos, telescopios, barómetros y baúles repletos de sopa seca y chocolate: un vagón de cuero, bronce, madera y comida enlatada que pudiera sobrevivir en la selva. Tal como su padre había pilotado buques misioneros en el Pacífico, Hiram dirigiría una expedición hacia los Andes para recolectar la historia natural y humana de América, y remitirla a su patria. Una expedición como esta requería de mucho dinero. A inicios de 1910, Hiram había solicitado $88 000 de la Carnegie Institution el equivalente de 1,96 millones de dólares de hoy en día para establecer un departamento de investigación de Centro y Sudamérica que acopiaría conocimiento bibliográfico, histórico, arqueológico y geográfico. No sorprende que, dado que todavía no había demostrado su valía como académico, fuera rechazado . Yale fue tan solo un poco más amable (Viajes a Machu Picchu Peru).

La universidad acordó prestarle su nombre a la expedición y abrió un fondo para la exploración de Sudamérica que procesaría las donaciones, pero se abstuvo de financiarla ella misma. El dique finalmente se abrió cuando uno de los ex compañeros de Bingham Edward Harkness, un egresado de Yale de 1897 y uno de los herederos de la fortuna de la Standard Oil se comprometió a donar 1800 dólares si Bingham incluía a Herbert Gregory, un geólogo de Yale, en la expedición. Bingham amplió aún más su misión al anunciarla como una exploración de la geografía, geología y arqueología del 73° meridiano, que pasaba por Choqquequirau y las ruinas que se decía estaban cerca del Cusco, un lago «inexplorado» llamado Parinacochas, y una montaña sin escalar llamada Coropuna, que un arqueólogo recientemente había postulado como la más alta de América . La ampliación de objetivos atrajo más fondos. En febrero de 1911, Bingham asistió a una cena de la promoción de 1898 de Yale en Nueva York y se sentó junto a un compañero de clase llamado Herbert Sheftel. Sheftel prácticamente no había visto a Bingham desde que se graduaron, pero tenía una sorpresa para su alto amigo (Viajes a Machu Picchu Peru).

«Cuando le conté sobre mis planes y sobre cómo necesitaba 1800 dólares para pagarle a un topógrafo, sonrió y me dijo “¿Mil ochocientos? ¡Yo te los daré!”», Bingham le escribió a su esposa. «Podría haber gritado de alegría. Era una sorpresa total. Al comienzo creí que estaba bromeando. Pero no, dijo que llevaba algún tiempo siguiendo mi trabajo y que estaba decidido a ayudarme a la primera oportunidad que tuviera. ¡Ahí está!» Bingham seguía siendo aquel joven hawaiano que buscaba la aceptación de sus pares. A instancias de Sheftel, los sesenta compañeros de promoción que asistieron hicieron que Hiram les contara sobre Sudamérica. Escribió a casa que le dieron «toda una ovación, para gran sorpresa mía. Nunca antes mis compañeros me dijeron tantas cosas positivas. Ojalá hubieras estado presente» . Siguió teniendo suerte en Washington, donde buscó la ayuda del presidente William Howard Taft. Además de ser un egresado de Yale, Taft apreciaba lo que la expedición de Bingham podría significar para las ambiciones estadounidenses en la región (Viajes a Machu Picchu Peru).

Taft había reorientado la política exterior de EE.UU. desde el imperialismo activo de Roosevelt hacia la «diplomacia del dólar», a través de la cual Estados Unidos construiría su poder internacional por medio de préstamos a otros países e influyendo en los mercados. La expedición de Bingham funcionaría como una forma de diplomacia incluso más suave y sutil: Yale podría darle forma al estudio de la historia del hemisferio a la vez que bruñía una imagen benevolente de Estados Unidos en el exterior. Taft le consiguió a Bingham un topógrafo de la U.S. Coast and Geodetic Survey, un alto y tímido danés llamado Kai Hendrikson. Bingham tenía suerte incluso cuando enfermaba. Su médico era un graduado de Yale llamado William G. Erving, quien alguna vez había remado en una canoa por el Nilo desde Cairo hasta Jartum. Impresionado, Bingham lo reclutó como cirujano de la expedición. Lo necesitarían en los lugares a los que se dirigían. Bingham había sufrido de mal de altura en su última expedición y estarían subiendo rápidamente al Cusco esta vez. En la selva habría malaria, fiebre amarilla, tétanos, mordeduras de serpientes y males estomacales (Viajes a Machu Picchu Peru).

La presencia de Erving era de suma importancia. A lo largo del siguiente mes, a la Expedición Peruana de Yale (YPE-Yale Peruvian Expedition) de 1911 se sumaron cuatro miembros más, llegando a siete personas. Bingham reclutó a su mejor amigo Harry Foote como el «naturalista» de la expedición. Foote era un profesor de química de Yale amable y narigón, pero también un coleccionista de flora y fauna. Foote ayudó a elaborar el sistema de alimentación de la expedición, que consistía en pequeñas cajas llenas de comida empacada que servían para alimentar a dos hombres por ocho días (Viajes a Machu Picchu Peru).

Un estudiante de Yale de rostro dulce llamado Paul Baxter Lanius se sumó como asistente de Bingham, y su familia cubrió los costos. Para ayudarle a escalar el Coropuna, Bingham reclutó a Hermán L. Tucker, un curioso hombre de veintisiete años que había abandonado los estudios en Harvard y que había sido miembro de la expedición que desmintiera la aseveración del doctor Frederick Cook de haber sido el primero en escalar el monte McKinley. Tucker demostraría ser un tipo sencillo, socialista y miembro de los Trabajadores Industriales del Mundo (.Industrial Workers ofthe World). Horrorizó a Bingham al beber con los lugareños. La elección del último miembro de la expedición fue un asunto de mantener cerca a los rivales. El geólogo Herbert Gregory se retiró y en su lugar Bingham reclutó a Isaiah Bowman, un profesor asistente en el departamento de geografía de Yale. Bowman algún día ayudaría al presidente Woodrow Wilson a redibujar el mapa de Europa después de la Primera Guerra Mundial, dirigiría el Council on Foreign Relations y sería presidente de la Universidad de Johns Hopkins. En 1911, sin embargo, era la principal competencia que tenía Bingham por la corona de explorador, pues también había estado en el sur del Peru en 1909. Fornido como un toro pequeño, Bowman creía que Bingham era ocioso y privilegiado. Se jactaba con un colega de Harvard de que muchos más estudiantes se matriculaban en su curso de geografía sudamericana que en el de su rival, y no vio la ironía de añadir que «Bingham [era] desmesuradamente vanidoso y nunca vio la palabra ‘modestia’ en el diccionario» (Viajes a Machu Picchu Peru).

Bingham consiguió que Bowman se enrolara en la recientemente bautizada  al ofrecerle una valiosa recompensa: una copia del deteriorado mapa que Farabee (de Harvard) había hecho durante sus exploraciones tres años atrás . Con aquella, Bowman podría ir río abajo del Urubamba, casi hasta el Amazonas, buscando los túmulos y ciudades de los que había oído Farabee. Bowman seguiría su prospección geográfica hacia el oeste y se encontraría con Bingham para escalar el Coropuna. Encantado, Bowman proclamó que estaban continuando «el heroico trabajo de los primeros exploradores y fundadores, tales como Pizarra» . Era un honor discutible, sin duda, pero aun así era una comparación apropiada. Al igual que las expediciones españolas, la de Bingham era una empresa financiada por individuos ambiciosos. Bowman y Bingham se llevaban casi tan mal como los tempranos conquistadores. Ambos tenían grandes egos, y Bingham trataba a Bowman como un socio menor, a tal punto que años más tarde Bowman creía que Bingham lo había enviado al Amazonas a propósito para mantenerlo alejado de los verdaderos descubrimientos del año . El redactor de una revista describió el estilo de liderazgo de Bingham con estas palabras: «Todo hombre que le obedecía lo consideraba un jefe capaz, eficiente e incluso encantador; tan solo aquellos que tenían sus propias ideas, quienes se resentían ante la perfección y omnisciencia de cualquier hombre, encontraban irritante su liderazgo» . Si esta expedición tenía un Pizarra, entonces ese era Bingham (Viajes a Machu Picchu Peru).

El afán de control de Bingham era tal que la única posición dentro de la expedición que no solicitó fue la de «arqueólogo», ocupación que reservó para sí mismo. Sin embargo, si hubiera tenido la apertura de incorporar a alguien más, los siguientes cinco años de su vida hubieran ocurrido de manera enteramente diferente, dado que en realidad existía un candidato para ser el arqueólogo de la expedición que, retrospectivamente, hubiera sido la persona ideal para cubrir la plaza: Julio C. Tello, joven peruano estudiante de antropología en la Universidad de Harvard. El joven arqueólogo, que un tiempo atrás enviara a Bingham su artículo sobre Víteos y Vilcabamba, había terminado sus estudios y se alistaba para dar un nuevo paso. Aunque finalmente continuaría con sus estudios en Europa, durante la primavera de 1911 se encontraba buscando una oportunidad para realizar trabajo de campo. Así, logró ponerse en contacto con George Grant MacCurdy, director de antropología en el Museo Peabody de la Universidad de Yale (Viajes a Machu Picchu Peru).

Por sugerencia de Tello o idea del propio MacCurdy, en abril de ese año MacCurdy concertó una cita con Bingham para hablar de la posibilidad de incorporar a un «representante arqueológico» en la expedición peruana de Yale. En la mañana de la reunión, sin embargo, Bingham recibió un cable con la noticia de que el padre de Alfreda, su suegro, había fallecido en Jamaica. Él y Alfreda zarparon de inmediato hacia Kingston. MacCurdy se disculpó con Tello y le aseguró que le presentaría el asunto a Bingham apenas regresara. Sin embargo, cuando Bingham volvió, la conversación no favoreció a Tello. «Lamento decir que no obtuve nada de mi charla con el profesor Bingham», escribió MacCurdy a Tello a principios de junio. Tello tendría que hacer otros planes . ¿Por qué Julio C. Tello, futuro representante de la arqueología peruana, no se convirtió en el octavo miembro de la Expedición Peruana de Yale? Quizás nunca lo sabremos. Pero es difícil no especular sobre el encuentro entre MacCurdy y Bingham y sobre qué se dijo o no se dijo en aquella ocasión (Viajes a Machu Picchu Peru).

¿Realmente MacCurdy jugó a favor de Tello o sus gestiones solo fueron actos de cortesía? ¿Bingham rechazó a Tello porque no podía financiar un miembro más, o hubo algún otro problema? Sabemos que Bingham deseaba hacer el trabajo arqueológico. Pero también es posible que hubiera visto a Tello como una amenaza para su propia autoridad. Bingham tenía el control, y esta era, en esencia, una empresa norteamericana. Tello a quien más adelante llamarían «el Manco Cápac de la arqueología peruana», sin embargo, jugaría en el futuro de la expedición un irónico papel, aunque no había llegado todavía el momento . Las fuentes de financiación de la expedición también daban pistas respecto de sus valores. Para cubrir los gastos de alimentación y viajes cada persona requería mil ochocientos dólares Bingham recolectó 11 825 dólares, parcialmente de empresas vinculadas a las fronteras literales o imaginarias de Estados Unidos (Viajes a Machu Picchu Peru).

La compañía de armas Winchester donó un rifle y quinientos dólares. Minor C. Keith cuya todopoderosa United Fruit Company era dueña de ferrocarriles y plantaciones en toda Centroamérica e involucraría al gobierno estadounidense en varios embrollos militares donó 1800 dólares para otro miembro y permitió que la expedición viajara en las naves de la United Fruit a mitad de precio. Finalmente, la Eastman Kodak Company donó cámaras que Bingham prometió poner a prueba en los lluviosos valles del Peru . Para cubrir sus propios costos, Hiram se comprometió a escribir cuatro artículos para Harper’s Magazine a cambio de mil dólares. Aun así, le hacían falta ochocientos. Para obtenerlos, Bingham liquidó uno de los últimos activos que le quedaban a su familia de sus días en Honolulú, la última extensión de tierra de la donación que su abuelo, Hiram I, recibiera de la familia real hawaiana. Ignorando las protestas de los amigos misioneros de su padre, vendió la tierra a ochocientos dólares y con ello compró un boleto para el Peru (Viajes a Machu Picchu Peru).

Aunque le hería el orgullo, Bingham recurrió a Alfreda para obtener los 1800 dólares que faltaban para el cirujano de la expedición. El padre de Alfreda había muerto en abril, y la señora Mitchell se enfureció cuando se enteró de que Hiram estaba partiendo nuevamente, mientras que a Alfreda se le rompía el corazón en silencio. Alfreda no le podía decir que no, sin embargo, y en medio de una sensación de abandono y pérdida, le entregó a su esposo lo que necesitaba. «Nunca más te dejaré», le prometió. «Pero realmente creo que esta expedición aportará significativamente a la Ciencia y a la Verdad. Ese será tu premio» . Cualquier sentimiento de culpa que haya tenido Hiram se disipó en el brillo de su fase favorita: la promoción de la expedición. Atrajo a la prensa con la posibilidad de encontrar las «ciudades perdidas» de los incas, que en ese entonces eran considerados por el público como la civilización indígena más antigua e importante de América. «Es casi imposible que aquellos que estén interesados en todo aquello que ha sido y podría ser descubierto y dicho sobre los tempranos habitantes de América y aquellos son innumerables puedan oír [suficiente] sobre los incas», reflexionó el Christian Science Monitor (Viajes a Machu Picchu Peru).

«Cada página de su historia conocida o imaginada está teñida de romance. Descubrir sus ciudades perdidas, y quizá sus tesoros perdidos, no desmerecerá el encanto de este romance» . Pero para cuando Hiram partió de Manhattan a bordo del S.S. Marta el 8 de junio de 1911, tanto a los reporteros como a los lectores les resultaba un tanto difuso lo que Hiram esperaba encontrar. ¿Buscaba ruinas?, ¿o reluciente oro inca? Era decididamente lo primero. Poco antes, en marzo, le había dado al New York Sun la respuesta más clara. Dada la condición en que había encontrado a Choqquequirau, esperaba hallar muy pocos tesoros tradicionales. Después de todo, estas eran ciudades conquistadas y saqueadas. En esta expedición estaba interesado tan solo en las ruinas incaicas, que esperaba revelarían aún más sobre el esplendor de su civilización. Si estaban tan ocultas como esperaba, la mayor parte del tiempo de la expedición estaría dedicado a despejarlas de vegetación. ¿Y aun así, si fueran a encontrar por casualidad un «tesoro enterrado», se lo quedaría Yale? Bingham sacudió la cabeza. «De encontrarse cualquier cosa de ese tipo», explicó Bingham, «sería propiedad del gobierno peruano» (Viajes a Machu Picchu Peru).

Viajes a Machu Picchu Peru » Manco Inca – Peru – SubAmerica – Capitulo 7 en

HOTELES EN PERU

viaje machu picchu peru

Peru: Tours Recomendados de Sandoval Lake Lodge - Viajes a Machu Picchu...

Manco Inca – Peru – SubAmerica – Capitulo 7

Manco Inca – Peru – SubAmerica – Capitulo 7 Si bien es cierto que el descubrimiento de América en 1492 dio pie a que zarparan naves llenas de españoles en […]

DESTINOS DE VIAJES EN PERU - DESTINOS DE PAQUETES TURISTICOS DE AVENTURA


Destino de Viajes a Puno – Lago de los Dioses
Viajes Peru Destinos

Destino de Viajes a Puno – Lago de los Dioses

Destino de Viajes a Puno – Lago de los Dioses Descargar artículo en formato PDF




Destino de Viajes Arequipa – Tours Cañon del Colca
Viajes Peru Destinos

Destino de Viajes Arequipa – Tours Cañon del Colca

Destino de Viajes Arequipa – Tours Cañon del Colca Descargar artículo en formato PDF




Tours Lima –  Paracas – Ica – Nazca
Viajes Peru Destinos

Tours Lima – Paracas – Ica – Nazca

Tours Lima –  Paracas – Ica – Nazca Descargar artículo en formato PDF




Hoteles en Peru
Viajes Peru Destinos

Hoteles en Peru

Hoteles en Cusco – Machu Picchu – Valle Sagrado – Puno – Arequipa – Lima – Nazca – Paracas – Puerto Maldonado – Peru. Nosotros Viajes a Machu Picchu Peru: […]








Viajes a Machu Picchu Peru

Dirección:

Av. Sol 130-C, interior second floor 084 Peru

Tel:+51 84 255527

E-mail: info@viajesamachupicchuperu.com

Viajes a Machupicchu Peru e
+51.84.255527