Viaje a Machu Picchu Choquequirao – La Cuna de Oro Capítulo 6

Hiram y Hay avanzaban a través de la lluvia con la esperanza de que sus ponchos los mantuvieran abrigados en el largo camino porvenir. Sus anfitriones cusqueños les habían implorado que evitaran los peligros de la temporada lluviosa tomando el tren de vuelta a la costa, desde donde podrían viajar  en un cómodo vapor hacia el norte. Pero después de la epifanía de Hiram en Sacsayhuamán, quería ver cuanto podía del Perú. Irían hacia Lima, la capital, por tierra, siguiendo el antiguo camino que utilizaran incas, españoles y revolucionarios. Hiram aprendería mucho de los cusqueños en el futuro cercano; pero en este momento crucial hizo bien en seguir sus instintos. Al hacer este último trecho de su expedición a lomo de muía, Hiram se topó con el sitio inca que selló su transformación a explorador del pasado indígena de los Andes del Viaje Machu Picchu . Guiados por un soldado peruano, Hiram y Hay montaron hacia el noroeste. Los fríos llanos eran desolados, pero al día siguiente descendieron a los verdes bosques. Antes de bajar a la densa región tropical cruzaron una escalinata rocosa sobre la cual corría agua (Viaje Machu Picchu Peru).

Sentían las lianas en sus hombros. «Bellas flores de genisteae abundaban. El aire estaba colmado de la fragancia del heliotropium. Lantanas multicolores se multiplicaban en un laberinto de agaves y parthenocissus colgantes. Habíamos entrado a otro mundo» . Llegaron al río Apurímac, uno de los grandes y sonoros tributarios del Amazonas. Viaje Machu Picchu .Los incas lo llamaban «el monarca que ríe», o «el gran hablador», el «Gran Río», el Cápac Mayu, y para cruzarlo construyeron puentes colgantes de cuerdas de pasto anudado del grosor de una pantorrilla, los cuales cruzaban espacios de 46 metros. meciéndose de manera inquietante con los vientos del mediodía. Sin embarg hada tiempo que se habían podrido y desaparecido, así que los estadounidenses bajaron a lomo de muía por un camino zigzagueante a un puente más modesto pero tan solo ligeramente menos terrorífico, suspendido unos pocos metros por encima del tormentoso río (Viaje Machu Picchu Peru).

Aguantaron la respiración y dejaron que las muías los llevaran al otro lado. Un joven y pulcro peruano uniformado les dio la bienvenida al otro lado. Era un teniente de apellido Cáceres, y estaba encargado de escoltarlos hasta Abancay, la siguiente ciudad en su ruta. Cáceres era franco y amigable, y sus botones, botas y espadas brillaban en el sol. Hablaba rápidamente en español, bombardeando a Hiram y Hay con preguntas mientras pasaban por plantaciones azucareras adornadas con detalles de salvia azul y begonias rosadas. Pasaron una curva y se dieron con una multitud de veinticuatro sonrientes terratenientes y soldados. Dieron vítores y escoltaron a los honorables científicos estadounidenses a la pequeña ciudad, donde conocieron al prefecto de Abancay, un atento hombre de bigotes llamado  Núñez (Viaje Machu Picchu Peru).

Los estadounidenses apenas se habían instalado en el club local cuando llegó Núñez, quien se sentó y empezó a contarles una historia de reinos incas, vírgenes del sol, fabulosos tesoros y los  Viaje por los Andes, visibles desde el balcón detrás de él. Núñez se había mudado hacía poco tiempo a Abancay. Cuando llegó, oyó una historia que había estado circulando desde fines del siglo XVIII. A pocos días de camino hacia el norte, rezaba, había una ruina inaccesible en el pico de una montaña, la cual muchos creían había sido la última ciudad de los incas. Situada por encima del río Apurímac, esta ciudad alguna vez habría albergado a quince mil personas, pero se decía que sus habitantes más importantes habían sido las vírgenes del sol, las princesas incaicas dedicadas al culto solar (Viaje Machu Picchu Peru).

Al no ser descubiertas por  los españoles, murieron ahí, una por una, llevándose consigo el secreto del más grande tesoro de su Imperio. El nombre del sitio, dijo Núñez, era Choqquequirao, palabra quechua que significa «cuna de oro». Muchos habían fracasado en sus intentos por llegar, dijo. Un funcionario local había organizado soldados y forzado a una legión de indios a ir a excavar el sitio sistemáticamente, pero les fue imposible escalar el último precipicio. Los pocos que cruzaron esforzadamente el río y ascendieron los 1800 metros de selva tupida quedaron tan exhaustos que no pudieron excavar. Regresaron con historias de «palacios, plazas empedradas, templos, prisiones y baños, que colapsaban bajo la exuberante vegetación tropical». Viendo una oportunidad, Núñez formó una corporación de cazadores de tesoro con el apoyo de los terratenientes locales. Esperando ganancias de la venta de cualquier oro inca hallado, cada terrateniente hizo un aporte, y pronto Núñez tenía tres mil dólares más de setenta mil de hoy para llevar a cabo su empresa (Viaje Machu Picchu Peru).

Envió al teniente Cáceres y a un grupo de soldados e indios al Apurímac, donde le pagaron a un ambulante de ascendencia china llamado don Mariano Méndez para que cruzara los feroces rápidos con un cable de telégrafo. Los cazadores de tesoro usaron el alambre para jalar un puente tambaleante, y después agónicamente abrieron un camino a través del enmarañado laberinto de maleza hacia las ruinas escondidas entre las nubes. Era tan bello como esperaban, pero su búsqueda del tesoro fue infructuosa. Esperando oro y plata, los soldados usaron dinamita para abrir boquetes en las paredes, vaporizando todo menos la piedra y la tierra. Habían encontrado muy poco hasta entonces. Núñez exclamó que era muy afortunado de que llegaran Bingham y Hay. Como delegado estadounidense al Congreso Científico Panamericano e historiador, nada menos, Bingham seguramente sabría cómo excavar correctamente Choqquequirau, dijo Núñez, silenciando los intentos de protesta de Bingham (Viaje Machu Picchu Peru).

¿Tomarían los estadounidenses otro desvío en su marcha hacia Lima y ayudarían al teniente Cáceres a realizar la prospección de la cuna de oro? Hiram Bingham lo pensó por un momento y, pidiendo disculpas, dijo firmemente que no. Pese a su epifanía en Sacsayhuamán, estaba apurado. Se sentía agotado y ansioso por regresar donde su familia. Nunca había leído sobre estas ruinas en particular, mucho menos sobre un misterioso refugio de los Incas y sus princesas. Todo sonaba muy similar a El Dorado, un prospecto que Bingham ya había rechazado antes sin pesarlo dos veces. Núñez quedó desconcertado. ¿Qué clase de explorador autoproclamado rechazaría tal oferta? Afortunadamente era un negociador hábil y se había guardado algunos incentivos adicionales: si Bingham y Hay visitaban Choqquequirau serían los primeros extranjeros en hacerlo, dijo. No solo eso, sino que el mismísimo presidente del Perú le había telegrafiado pidiéndole que hiciera un alto en sus excavaciones para que los estadounidenses pudieran ver las ruinas en un estado lo más cercano a su «condición original» como fuera posible. Halagado, Bingham cedió. Habría parecido malagradecido si rechazaba tal atención (Viaje Machu Picchu Peru).

De parecerse Choqquequirau al Cusco, el ser el primer extranjero en visitarlo resultaría muy prestigioso. Aquella noche, en la cena, Bingham examinó un mazo inca que los terratenientes proclamaban que era de oro puro. Bingham creía que era de bronce, pero al levantarlo le hizo recordar Hawái, donde mazos de madera similares eran usados para batir tapa, la oscura tela de corteza del Pacífico. ¿Estaba cerrando un ciclo completo? Según una escritora, lo compró inmediatamente . La expedición partió a lomo de muía dos días después; sentían un poco de resaca, pero estaban listos para la aventura. El teniente Cáceres guiaba, seguido de Castillo, su mano derecha, y los entusiasmados estadounidenses. Un grupo de indios seguían a pie. Una vez que cruzaran el río, cargarían la comida y pertrechos de los estadounidenses. Reclutados por Cáceres, se les pagaba una miseria y se les podía mandar a la cárcel si se rehusaban a cumplir. Bingham y Elay tomaron nota del destino de los indios siendo abstemios, les irritaba particularmente que los indios tuvieran que cargar la cerveza de los peruanos de élite pero no dijeron mucho al respecto. Se enfocaron más bien en los «pantanos casi imposibles de cruzar, torrentes feroces, avalanchas de rocas y árboles. Al final del primer día, empezaron a descender hacia el Apurímac siguiendo un camino angosto y retorcido. Una avalancha había matado a un par de muías ahí hacía un par de semanas (Viaje Machu Picchu Peru).

Cáceres intentó hacer un alto antes del anochecer, pero Bingham y Hay querían llegar al río. Cáceres suspiró. Todo lo que queda es camino llano, dijo, inexpresivamente, y los guió por la parte más empinada, con curvas cerradas cada seis metros. La muía de Bingham perdió su camino en la oscuridad. Cuando empezó a temblar, Bingham se percató de que el animal se había desviado al filo del precipicio. Hicieron avanzar sus muías entre las tinieblas, cruzando una pequeña cascada, con la voz de Cáceres como su única guía. A la mañana siguiente, 7 de febrero de 1909, cruzaron el río sin las muías y empezaron a subir los 1800 metros hacia las ruinas. Mientras más ascendían los estadounidenses, menos necesitaban las arengas de «¡valor!» de Cáceres (Viaje Machu Picchu Peru).

La subida fue asombrosa, un camino zigzagueante que ofrecía cada vez más imponentes vistas de las pedregosas cimas andinas y del Apurímac, cuyo rugido se atenuaba pero nunca desaparecía. El camino era tan empinado que a veces debían ir a gatas. Cruzaban pequeños riachuelos bajo cascadas, balanceándose en troncos resbaladizos. Se aferraban a muros y trepaban desvencijadas escaleras. «La mayor parte del tiempo nos sujetábamos del lado de la montaña prácticamente tan solo con nuestros párpados», Bingham relató después al New York Heralrt. El peligro hizo más intensa la experiencia. Estando a 3350 metros sobre el nivel del mar, quedaron en trance. «En ninguna parte he visto tanta belleza y grandeza como ahí», escribió Bingham. «Un blanco torrente rugía a través del cañón a 1800 metros por debajo de nosotros. Cuando las laderas no eran tan empinadas como para que no creciera vegetación, estaban cubiertas de verde follaje y exuberantes flores (Viaje Machu Picchu Peru).

Las laderas de las montañas cercanas ascendían 1800 metros más hasta llegar a los glaciares y picos nevados del Salcantay y el Soray. A la distancia, hasta donde podíamos ver, un laberinto de cerros, valles, selva tropical y picos nevados capturaban nuestra imaginación como si nos hubieran hechizado. Tal fue nuestra recompensa cuando llegamos al punto más alto y yacíamos jadeantes al costado del angosto camino». Bingham y Hay se adelantaron, entusiasmados con la idea de llegar a las ruinas antes que sus guías. Cuando las divisaron, era como si se hubiera arrancado súbitamente un velo. A la distancia, unos 300 metros más abajo, había unas cuantas construcciones despejadas en el collado de una cadena. Hacia el norte, la cadena ascendía hacia glaciares y picos no visibles. Hacia el sur, la cadena ascendía y se aplanaba, para súbitamente descender al Apurímac. Hiram y Hay aceleraron el paso, y el camino los llevó a una larga terraza agrícola inca, cubierta de pequeños árboles y maleza densa y húmeda. Había terrazas o andenes el ingenioso método que utilizaran los antiguos andinos para convertir empinadas montañas en tierra agrícola hacia arriba y hacia abajo (Viaje Machu Picchu Peru).

Entraron a las ruinas mismas, y en la plaza central aguardaron a que el resto de la partida les diera el alcance. Mientras lo hacían, un cóndor andino, el ave voladora más grande de América, bajó para «investigar a los invasores de su dominio». Sus alas, aseveró Bingham, medían tres metros de punta a punta. El cóndor se acercó a doce metros de distancia, y de ahí se alejó con sus largas y desgreñadas plumas negras. Castillo y el teniente Cáceres finalmente llegaron, y los dos estadounidenses y dos peruanos vieron al sol ponerse tras las cimas nubosas y los dobleces de los Andes. A su alrededor, los muros incas, mantenidos en pie por la naturaleza y cubiertos en lianas resplandecían intensamente, como si fueran piedras de hogaza de un imperio muerto que resucitaban al atardecer. Una apropiada bienvenida a la cuna de oro. Cuando desapareció el sol, los hombres buscaron refugio apresuradamente. Estaban a 3000 metros de altura, y les esperaba una noche fría y húmeda (Viaje Machu Picchu Peru).

En su emoción por llegar, los yanquis se habían alejado imprudentemente de sus porteadores quechuas. Sus carpas, frazadas, comida y ropa abrigadora no llegarían sino hasta la siguiente mañana. Los peruanos se hicieron cargo, llevando a los estadounidenses a una pequeña choza con techo de paja. Los cuatro se acurrucaron juntos con tan solo una carpa ligera y pasto seco como aislante. Hiram intentó dormir, pero hacía mucho frío y había demasiada humedad, de manera que se dedicó a tiritar mientras pensaba en los palacios, prisiones y jardines que exploraría a la luz del día. Acá, en el techo del hemisferio, sus últimos carámbanos de indiferencia hacia la historia nativa se hicieron pedazos. Cuando los porteadores emergieron penosamente de las nubes en la mañana del día siguiente, los estadounidenses se pusieron ropa seca y se empezaron a trabajar. Durante los siguientes días trabajaron y durmieron bajo lluvia casi constante, pero sus espíritus se mantuvieron inquebrantables. Este era el primer encuentro de Bingham y Hay con la arqueología, y su mezcla de trabajo físico y detectivesco les pareció cautivante. Bingham tenía consigo un ejemplar de Hints to Travelers de la Royal Geographic Society, que señalaba lo que un explorador debía hacer al encontrarse con ruinas (Viaje Machu Picchu Peru).

Edificio por edificio, Bingham y Hay midieron y fotografiaron lo que el teniente Cáceres y los peruanos habían descubierto en su visita previa. Empezaron en el punto más meridional de la cadena, donde un parapeto y dos edificios sin ventanas se inclinaban hacia el vacío como si fueran nidos de cuervos. Los incas habían aplanado la cumbre del cerro, y Bingham especulaba que lo usaban para fogatas de alarma que alertaban al Cusco de la aproximación de enemigos provenientes de la selva del Amazonas. De la cima se bajaba a un collado plano y a los numerosos y elegantes edificios del sitio. Había una pared larga y alta, una estructura grande de un solo piso y numerosas puertas que probablemente era un salón de reuniones, y un bloque de casas de dos pisos con hastiales. Un canal de agua vinculaba un par de bien pavimentados tanques a lo que parecía un baño o fuente. El trabajo en piedra era «rudo e irregular» en comparación con el Cusco, pero las puertas trapezoidales de triple jamba y numerosos nichos algunos todavía cubiertos con estuco sugerían que el sitio tenía un propósito ceremonial; tales elementos arquitectónicos aludían a transiciones espirituales y alguna vez albergaron iconos religiosos (Viaje Machu Picchu Peru).

Tan solo una fracción del sitio estaba despejada, pero Bingham estaba dispuesto a especular en base a lo que veía. Se preguntaba si una «curiosa y pequeña estructura construida con mucho cuidado y con muchos nichos y rincones… pudo servir para aprisionar a las llamadas “vírgenes del sol” o si fue el lugar donde los criminales destinados a ser arrojados por el precipicio, según las leyes de los incas, aguardaban su destino». Si Núñez creyó que Hiram y Hay encontrarían tesoros, terminaría decepcio- nado. Estaba claro que Choqquequirau había sido saqueado hacía mucho tiempo. Antes de que los hombres de Núñez usaran dinamita, visitantes habían destrozado paredes y nichos con picos. Si alguna vez hubo algo de valor en la cuna de oro, para entonces ya había desaparecido. Pero los instintos de coleccionista de Bingham de auspiciadores, hijos y libros le atribuían valor hasta al objeto más humilde. En un nicho encontró un pequeño carrete de piedra del tipo que los nativos andinos aún usaban para hilar (Viaje Machu Picchu Peru).

En el piso, encontró una piedra de martillo redonda y tan grande como un puño, como si un trabajador acabara de irse del trabajo. Los metales preciosos eran glamorosos, pero estos objetos mostraban cómo la gente de Choqquequirau vivía y trabajaba. Ambos fueron a parar a su saco. Finalmente, en la jungla ubicada bajo las terrazas, los peruanos le mostraron a los estadounidenses el verdadero tesoro de la cuna de oro: los lugares de descanso eterno de los muertos. Los incas momificaban a sus emperadores y los movían de un lado al otro como si estuvieran vivos. Los sirvientes más humildes los hombres y mujeres que construyeron y mantuvieron Choqquequirau estaban enterrados bajo grandes piedras en pequeñas cuevas. Los trabajadores de Núñezya habían abierto una docena de estas tumbas y encontraron poco más que huesos. En una cueva, sin embargo, emparedada tras piedras en forma de cuña hasta que llegara Bingham, el explorador encontró una pequeña jarra hecha de loza de barro, con tan solo una pulgada de diámetro. Carecía de mangos, y su apertura tenía una tapa perforada. Estaba vacía pero todavía en pie, pues no había sido perturbada por siglos (Viaje Machu Picchu Peru).

Esto también terminó en el saco de Bingham. Bingham estaba más emocionado por los huesos. Creyendo que la teoría de la evolución podía ser aplicada a conceptos de raza, académicos norteamericanos y europeos habían pasado el último medio siglo construyendo enormes colecciones de esqueletos de nativos para compararlos con los de los blancos. Los orígenes de la arqueología en las Américas eran similarmente perturbadores. Los académicos de fines del siglo XIX veían a los indios como una raza moribunda y no tenían escrúpulos en pagar por tumbas saqueadas, de manera similar a los estudiantes de medicina que pagaban a los «resurreccionistas» por robar cadáveres (Viaje Machu Picchu Peru).

Durante las guerras contra los indios, el ejército estadounidense ocasionalmente recolectaba los cuerpos de los indios que había masacrado, les sacaban la carne y mandaban los restos a los museos de la costa este del país . En parte trofeos imperiales, en parte especímenes de museo, los blancos usaban los restos para hacerse preguntas profundamente racistas pero disfrazadas de ciencia: ¿probaban los cráneos indígenas que los europeos eran superiores? Otras preguntas eran más defendibles, aunque no menos políticas en sus implicancias: ¿cuánto tiempo habían vivido los indígenas en América antes de la llegada de los españoles? ¿Dos mil años? ¿Seis mil? ¿Veinticinco mil? Los académicos creían que si tan solo se pudieran encontrar los cráneos apropiados en el contexto apropiado, podrían determinar la antigüedad del hombre en América. Bingham no era arqueólogo, y los huesos de Choqquequirau no resolverían tal misterio, pero tan solo toparse con tales preguntas le emocionaba profundamente. Entró a hurtadillas en las cuevas y empezó a extraer fémures, vértebras, cráneos y huesos. Los volteó en su mano y probó su solidez (Viaje Machu Picchu Peru).

Los apretó. Algunos «se desmoronaban con los dedos y se rompían fácilmente», anotó. «Algunos cráneos estaban similarmente decaídos y podían ser fácilmente aplastados con los dedos». Esto no era particularmente científico, y para los peruanos nativos que lo observaban, resultaba manifiestamente sórdido. «Los porteadores indígenas [quechuas] y trabajadores observaban nuestras operaciones con interés, pero se asustaron positivamente cuando empezamos la cuidadosa medición y examen de los huesos», escribió Bingham después. «Hasta ese momento habían tenido dudas respecto del objetivo de nuestra expedición, pero todas las dudas se desvanecieron y concluyeron que habíamos venido a hacer una comunión con los espíritus de los incas difuntos». Los indígenas ya habían visto a los soldados peruanos excavar en busca de tesoros, pero Bingham y Hay eran diferentes (Viaje Machu Picchu Peru).

Estos norteamericanos estaban interesados en los huesos mismos. Momias ancestrales, o mallquis, habían sido alguna vez objetos de veneración por sus descendientes, la «fuente última de comida, agua y tierra agrícola». Perturbarlos podría traer grandes desgracias en la vida o tierra de uno. Estos eran los últimos restos de un pueblo con el cual algunos andinos aún se identificaban, que vivían en sus historias, a quienes creían que podrían ver algún día en el siguiente mundo. Los indios quizá sintieron el mismo dolor e indignación y, quizás, el mismo temor que los padres de Hiram sintieron medio siglo atrás cuando encontraron los huesos de su primer hijo desenterrados y esparcidos por la arena. Hiram, sin embargo, había roto esos tabúes hacía tiempo, cuando desenterró a su abuela y la llevó a New Haven. Consultó su confiable ejemplar de Hints to Travelers-. «Cuando sea práctico, esqueletos, y especialmente cráneos, de los nativos deberían ser enviados a la civilización para ser examinados con precisión», rezaba. «Qué tanto se pueda hacer, esto depende mucho de cómo se sientan los lugareños; ya que mientras algunas tribus no se oponen a la remoción de huesos, especialmente cuando no son de sus parientes, en otras comarcas no vale la pena exponerse la ira de los nativos por la sustracción de los muertos, un sentimiento que no se debe tan solo a afecto o respeto, sino más que nada al terror que sienten por la venganza de los fantasmas cuyas reliquias hubieran sido perturbadas» (Viaje Machu Picchu Peru).

Ya que con la presencia del teniente Cáceres no tenía que preocuparse de la venganza de fantasmas o peones, Bingham decidió meter en su saco los tres cráneos más sólidos que encontrara. Los llevaría consigo de vuelta a los Estados Unidos y los usaría como herramientas de enseñanza en sus clases; después se los ofrecería al museo de Yale, el Peabody. En su anterior viaje a Sudamérica, Hiram Bingham había recolectado libros para Harvard. Yale merecía algo mejor: cráneos y huesos provenientes de la ciudad perdida de los incas. Hiram sacudió el polvo de sus rodillas, disfrutando la sensación. Antes de visitar Cusco y Choqquequirau, nunca había imaginado estudiar o coleccionar el aspecto corpóreo de la historia de la América indígena. Todo ello había cambiado. Cuando Hiram regresó a Abancay, le escribió a su esposa que aquel pueblo de montaña donde las princesas inca se habían refugiado durante la conquista era «el lugar más interesante que he visto» (Viaje Machu Picchu Peru).

Más adelante, en Estados Unidos, le dijo al New York Herald que él y Hay habían sido los primeros extranjeros en visitar la «ciudad perdida de los incas». Sus ancestros peregrinos habían venido a América para construir «una ciudad resplandeciente en una colina»; sus abuelos habían navegado a Hawái para llevar dicha ciudad a los «paganos». Invirtiendo esa tradición, los peruanos le habían mostrado a Hiram Bingham una ciudad que había brillado mucho antes de que Colón siquiera echara a navegar. Una ciudad, Hiram imaginaba, sin mancillar por las sucias manos de los españoles. El único problema era que Choqquequirau no era el último refugio de los incas y las vírgenes del sol. La verdadera última ciudad de los incas seguía sin descubrir, y no era un lugar de muertes tranquilas y soleadas de novela barata, colmada de vírgenes y tesoros dorados. Era un lugar de lucha, independencia y furia anticolonial. Para encontrarla, Bingham debía aprender su historia (Viaje Machu Picchu Peru).

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