Capítulo 9 – LOS DESCUBRIDORES DE MACHU PICCHU

Hiram ya llevaba dos semanas y media en el Cusco, y cada mañana abría las ventanas de su habitación en el Hotel Central para admirar la Plaza Regocijo y el hogar de Garcilaso de la Vega, el gran cronista Inca. Había pasado sus días regateando por muías, redactando itinerarios para sus hombres y recolectando rumores sobre ruinas. Extrañaba su hogar, pero estaba cada vez más convencido de la importancia de su misión, especialmente ahora que estaba a punto de comenzar. Finalmente, el 19 de julio de 1911 empezó a buscar la ubicación del último reducto de los incas. Dentro de sus alforjas metió su valija de hule, la cual estaba llena de las pistas que había recolectado: los mapas del antropólogo de Harvard Curtís Farabee y de la Sociedad Geográfica de Lima; el paquete de notas relacionadas a Vitcos y Vilcabamba de las crónicas españolas de Carlos Romero; y el cuaderno que contenía los nombres de las ruinas de Huayna Picchu, que supuestamente eran más fabulosas que Choqquequirau. Al cerrar las alforjas, podríahaberse preguntado si las ruinas de Huayna Picchu constituían realmente la «gran ciudad escondida en las montañas del valle del Urubamba» de la cual había oído Farabee. Guardó una foto de Alfreda en su bolsillo . Pero necesitaba una cosa más para esta misión: la asistencia de los lugareños, en su mayoría indígenas, que vivían en estos valles circunvecinos del Cusco. Para asegurarse su ayuda, pasó por la oficina de Núñez, quien le había mostrado Choqquequirau en 1909 y era ahora el prefecto del Cusco. Bingham le dijo a Núñez a dónde se dirigía: hacia el norte a través del altiplano al valle del Yucay, lugar sagrado de los incas, y después al noroeste con dirección a Ollantaytambo, y de ahí río arriba por el Urubamba al valle de Vilcabamba. Núñez asintió. La ruta era sencilla. Bingham seguiría un camino que había sido abierto en la década de 1890 para que los empresarios cusqueños tuvieran acceso a las haciendas y caucheras de la zona. Aun así, Hiram debía tener cuidado. Muchos de los indios de la zona eran descendientes de los que habían huido con Manco Inca hacía casi cuatrocientos años; algunos habían participado en la reciente revuelta contra los terratenientes y caucheros. Núñez le adjuntó un guardaespaldas militar, un tal sargento Carrasco, para garantizar la cooperación de los lugareños y actuar de intérprete quechua-español. El grupo de Bingham empezó su viaje saliendo del valle del Huatanay; los techos de tejas rojas del Cusco se iban encogiendo tras ellos. Mientras más trepaban, más se fortalecía el espíritu de Bingham. Estaba siguiendo las huellas de Manco hacia su baluarte de resistencia. Las plateadas colinas descansaban debajo de ellos mientras el cielo brillaba por encima, y pronto avizoraron el panorama extraordinario del valle del Yucay, atravesado por el poderoso río Vilcanota. Pasaron la noche en Urubamba, donde el espirituoso subprefecto que le había dado a Bingham la pista hacia «Huayna Picchu» acordó prestarle un soldado adicional para que asistiera a los topógrafos de la expedición. Al despertar, nubes azules se aferraban a las colinas. Se sacudieron para entrar en calor, y se dirigieron al noroeste siguiendo el curso del Vilcanota, internándose más en la historia de Manco. Bingham quedó fascinado al descubrir que su expedición había acampado entre los ralos árboles que crecían bajo la enorme fortaleza de Ollantaytambo, en el mismo llano en que Manco cambió la dirección del río para rechazar a los españoles. Al día siguiente, el 21 de julio, Bingham escaló las ruinas. La vista era impresionante: «El verdor de los campos hacía contraste con los cerros cubiertos de rocas y cactus. El suave follaje de los sauces y álamos contrastaba fuertemente con los grises bloques de la famosa fortaleza». Aunque los edificios más pequeños de las ruinas habían sido destruidos por saqueadores, los muros cuidadosamente construidos y, más arriba, el templo monolítico durarían por años. Ollantaytambo merece ser un lugar de peregrinaje escribió. Después de que Manco repelió a sus perseguidores, viajó río abajo hacia el Antisuyu, las tierras selváticas de los incas. El 22 de julio, Bingham, Harry Foote, el naturalista, William Irving, el cirujano, Carrasco, los dos arrieros y dos porteadores partieron tras el Inca rebelde, siguiendo los pasos de las expediciones españolas de hacía casi cuatro siglos. Habiendo avanzado 4,8 kilómetros, Bingham y sus compañeros llegaron a una encrucijada. En este punto, Manco había tomado el camino que se dirigía al este, a través del paso de Panucaba y adentrándose en un valle paralelo. Sin embargo, en lugar de seguir la ruta histórica de la manera más precisa posible, tal como había hecho en Colombia, Bingham siguió el curso del río, que a partir de este punto se convirtió en el veloz y sinuoso Urubamba. Según le habían contado en el Cusco, había ruinas por encima del Urubamba. Había tomado la decisión correcta. El río era magnífico. «Qué tal valle», escribió Bingham. La altura fue bajando, y el río empezó a enturbiarse, a serpentear y a virar bruscamente. La vegetación se hizo más abundante a su alrededor, y los acantilados de granito y cumbres nevadas se erguían por encima. El paisaje era mejor que el de los Alpes, las Montañas Rocosas y el Rin, pensó Bingham. En sus laderas sobrevivían rastros de lo que había sido una población enorme. Andenes bajaban por las pendientes como si fueran cascadas congeladas. Sus porteadores indígenas le indicaron dónde se encontraba Salapunco, una pequeña fortaleza, y las ruinas de un gran pueblo llamado Q’ente (colibrí). Bingham pidió disculpas a sus lectores por su entusiasmo. «Avanzábamos lentamente, pero vivíamos en el país de las maravillas. No obstante, su ensoñación terminó abruptamente cuarenta y cinco minutos después, cuando se encontraron con el resto de la expedición. Le dieron terribles noticias: el día anterior, Kai Hendriksen y Hermán Tucker habían estado buscando una forma de cruzar el veloz río Urubamba. Un niño indígena cuyo nombre nunca fue registrado estaba con ellos, y llevaba el equipo topográfico de Hendriksen amarrado a la espalda. Tucker y Hendriksen encontraron un punto poco profundo y empezaron a cruzar en sus muías. Casi habían terminado de cruzar cuando se percataron de que el niño los estaba siguiendo a pie. Hendriksen y Tucker «le gritaron que regresara, e incluso le tiraron piedras, pero él siguió cruzando por una corta distancia», escribió en su diario Paul Baxter Lanius, el miembro más joven de la expedición. «Dio un paso en falso en el lugar donde la corriente era más rápida y en un segundo fue arrastrado hacia una corriente más poderosa. Nunca pudo recuperarse, y en pocos minutos se le perdió de vista» . Tucker y Hendriksen pasaron varias horas desesperadamente buscando al niño. Finalmente, encontraron la alidada el aparato topográfico de Hendriksen y el poncho del niño incrustado entre dos rocas. Según dijeron, el cuerpo del niño nunca pudo ser encontrado. Cuando menos esa fue la historia que le contaron a Bingham. Medio año después, un profesor cusqueño, José Gabriel COSÍO, quien estaba siguiendo los pasos de Bingham, oiría una versión distinta de los indios de la zona. Confirmaron que la muerte del niño fue accidental el río lo tomó así como a tantos otros pero en su versión, los norteamericanos habían enviado al niño a cruzar para probar las aguas. Después de caer, Tucker y Hendriksen en realidad sí encontraron al niño ahogado, recuperaron la alidada y volvieron a empujar su cadáver al río. ¿Era verdad o tan solo un rumor? Bingham solo escribiría al respecto semanas
después de los hechos, sin dudar de la veracidad de la versión de sus hombres. Le echó la culpa al niño mismo por «desobedecer» las órdenes de dar vuelta atrás: «Un indio mayor no habría cruzado con una carga sin que hubiera alguien que lo ayude. Hendriksen se pasó dos días intentando reparar el daño a su alidada». Resulta difícil imaginar que Bingham, quien tenía hijos propios, no sintiera pesar por la muerte del niño. No obstante, desde el punto de vista de los indios locales, la expedición podría haber quedado maldecida por lo que Bingham hizo después: ordenó que la expedición siguiera explorando. Hendriksen y Tucker seguirían mapeando, e Isaiah Bowman, el geógrafo, y Lanius explorarían el bajo Urubamba. Si algún miembro de la expedición notificó a la familia del niño, que probablemente vivía en los alrededores, ello no quedó registrado. Bingham escribiría sobre esta expedición por el resto de sus días, pero aparte de esa única entrada en su diario, jamás mencionó por lo menos en público la única muerte que ocurrió en cualquiera de sus expediciones. «Quizá pensó que los indios eran más prescindibles que los instrumentos de medición, y que los instrumentos, a pesar de resultar dañados, fueron rescatados escribió años después uno de sus propios hijos . O quizá Bingham se percató después de exactamente qué fue lo que la expedición había perdido en aquel momento, sin importar cuán sensiblero suene: su inocencia. En los días venideros descubriría las ruinas que lo harían famoso. Pero tal como se percataría después, eso no significaba nada para los indios de quienes dependía. Ellos ya sabían dónde estaban las ruinas. Para ellos, esto no era una misión sagrada; su expedición había sido testigo de la muerte de un niño, y después simplemente siguió su camino. Bingham y su grupo siguieron bajando por el río. Los acantilados se fueron cerrando, y el verde abismo del valle se erguía precipitadamente por encima. Estaban en una verdadera selva tropical escribió emocionado Bingham en su diario. En la noche del 23 de julio llegaron a un pequeño llano arenoso llamado Mandor Pampa, justo después de haber pasado la hacienda deTorontoy. Le habían dicho a Hiram que preguntara por las ruinas de Huayna Picchu en cuanto llegara ahí. A medida que los arrieros armaban el campamento, Bingham y Carrasco caminaron hacia una pequeña casa al costado del camino, en la cual encontraron
a Melchor Arteaga, quien vendía suministros a los viajeros. Arteaga estaba ebrio, pero cuando Bingham le preguntó dónde estaban las ruinas, apuntó directamente al pico de la montaña», a una cadena que conectaba una cima alta y delgada a una montaña mucho más grande y sólida. Este pico era el Huayna Picchu, y las ruinas estaban en la cadena de montañas. El nombre de la montaña, le balbuceó Arteaga a Carrasco, era Machu Picchu, o Viejo pico» creía Bingham. Machu Picchu. Bingham inicialmente consideró que el nombre era terrible al no haber apreciado el encanto de su rima interna. Quizá lo leyera antes estaba mencionado en uno de los libros que había consultado, y el pico figuraba en por lo menos uno de los mapas que llevaba en sus alforjas, pero ni este ni el Huayna Picchu estaban entre los nombres incaicos que había copiado de las crónicas españolas en Lima . Bingham quizá contempló seguir su camino: estaban demasiado cerca del Cusco como para haber llegado a Vitcos y Vilcabamba, sus verdaderos objetivos aquel año. Pero Bingham también era diligente; se había dicho a sí mismo que investigaría cada ruina de la cual oyera, sin importar cuán poco prometedora sonara. Su contraparte de Harvard, Farabee, le había contado a Bingham de los rumores de grandes ciudades por encima del Urubamba. Si Bingham pasara una por alto, jamás se lo perdonaría a sí mismo. A cambio de dos soles, o un dólar de plata estadounidense, Bingham contrató a Arteaga como guía para el día siguiente. Escalar para llegar a las ruinas por lo menos resultaría un buen calentamiento para las futuras marchas a través de la selva. El 24 de julio de 1911 amaneció frío y lluvioso, y nubes bajas ocultaban la cadena. Bingham intentó despertar a Arteaga, pero este rehusó moverse hasta que mejorara el clima, y quizá también hasta que se le pasara la resaca. Poco después de las diez, Arteaga emergió de su casa, se estiró y se dirigió al camino con dirección a Ollantaytambo, con Bingham y Carrasco siguiéndolo. Foote y Erving decidieron quedarse trabajando en el campamento, decisión de la cual se arrepintieron después. A un cuarto para las once, Arteaga dejó el camino y se abrió paso a través de la vegetación con dirección al río. Se quitó los zapatos y cautelosamente cruzó un frágil puente hecho de cuatro troncos amarrados con lianas, seguido por Carrasco y Bingham, quienes cruzaron de rodillas y manos. Entraron a la jungla, y el ruido del río descendió al nivel de un rugido sordo. Orquídeas y colibríes le daban colorido a la verde penumbra de árboles cubiertos de lianas. El camino se hizo empinado y lodoso, y las hojas goteaban sobre su ropa. Arteaga avanzó entre las rocas, usando troncos de árboles en los cuales había hecho cuños cual escaleras. Bingham, jadeante, intentó mantener el paso. «Buena parte de la distancia la hicimos a cuatro patas, a veces aferrándonos con las uñas». Tan solo exageraba un poco. Arteaga quizá le advirtió que tuviera cuidado con las manos. Las raíces de los árboles tenían la mala costumbre de volverse serpientes ahí arriba. Mientras más trepaban, más se alejaban las preocupaciones terrenales de Hiram. El sol barrió los picos al este, desapareciendo las nubes. Los árboles se fueron haciendo cada vez más pequeños, hasta que pudo divisar el río serpenteando seiscientos metros más abajo, todavía a la sombra. La pendiente empezó a nivelarse; la vegetación tupida cedió el campo al pasto. Después de una hora y media de esfuerzo, colapsaron en un claro apacible. Y ahí Bingham se dio con una sorpresa:
una cabaña solitaria. Desde su interior, asombrados por la intrusión, les observaba una familia de agricultores indígenas. Eran los Richarte, explicó Arteaga. Torvis, de veinticuatro años, y su familia habían dejado tierras más cercanas al Cusco hacía cuatro años para cultivar tierras más ricas cuyo acceso había sido facilitado por la nueva carretera de Urubamba Había tierras buenas y fértiles en esta cadena, a 2400 metros sobre el nivel de mar: las neblinas nocturnas le daban agua a las cosechas y el sol diurno les ayudaba a crecer. Su hogar de tres por cuatro metros y medio era acogedor los cuyes corrían por ahí y con dos familias vecinas cosechaban maíz, papas, cana e azúcar, fréjoles, ajíes, tomates y bayas. Por el placer de vivir ahí llevaban doce soles de productos al año a mitad de camino al río, donde los dejaban para Arteaga. Esperaban tener tierras propias algún día. Para los muchos que vendrían, este lugar parecería una ventana al pasado, pero para los Richarte, quienes habían escapado del abuso de un terrateniente blanco, era un refugio y hogar. Por ello, la intrusión del mundo exterior aquella mañana resultaba preocupante. Conocían a Arteaga, pero el resto del grupo constituía una amenaza en potencia. Pocas veces resultaba ventajoso toparse con un soldado como Carrasco, aun cuando se hubiera quitado la mitad del uniforme debido a la calurosa escalada ¿Acaso estaría buscando a los instigadores de la reciente rebelión? ¿O querría enganchar a Torvis en el ejército? Aumentó su nerviosismo al ver al tercer y último excursionista, Bingham probablemente el hombre más alto que hubieran visto en sus vidas sus largas y alienígenas piernas calzadas en altas botas de cuero, cubiertas de tela que aumentaba de tamaño hasta tomar la forma de pantalones de montar de color beige. Estaba jadeando por el cansancio de la escalada, y probablemente cargaba su casaca de cacería y saco gris bajo el brazo. Llevaba amarrado a su espalda un extraño aparato, reminiscente de un rifle. Bajo un trajinado y deforme sombrero gris y una cabellera que brillaba con el sol, el estadounidense les sonrió herméticamente. La tensión se evaporó cuando Arteaga les explicó en quechua que el extraño forastero sencillamente quería ver las ruinas. Los Richarte sentaron a Bingham en
una sombreada banca de madera y le trajeron agua fría y refrescante en una calabaza y deliciosos camotes para almorzar. «Entre risas… admitieron que les gustaba verse libres de visitas indeseables, como funcionarios que buscaban ‘voluntarios’ o que recolectaban impuestos». Disfrutando del encantador paisaje, Bingham entendió su deseo de mantenerse aislados. Este era un lugar especial. Al este, los oscuros y nevados acantilados se precipitaban a través de un manto de verde al invisible, pero aun ligeramente audible, río Urubamba tres kilómetros más abajo. Al norte, la cordillera cubierta de selva parecía seguir por kilómetro y medio hasta explotar hacia arriba en el diente que era Huayna Picchu. Y detrás de Bingham, hacia el sur, estaba la imperturbable cima de Machu Picchu. Era un lugar tan propicio para una «ciudad perdida» como cualquier otro. Bingham se levantó, listo para proseguir. Arteaga estaba cansado y le encargó el trabajo a Richarte y a su vecino de 48 años, Anacleto Álvarez, quien había vivido en la montaña durante ocho años. Estos a su vez se lo encargaron al descalzo hijo de Richarte, cuyo nombre quizá haya sido Pablito . No tenía más de ocho años y era de pequeña estatura. Su cabello era grueso y negro, y su piel era de un color
marrón oscuro, sobresaliendo de las mangas de sus toscos pantalones y de su delgado polo blanco. Portaba un pequeño sombrero con forma de panqueque y un poncho de lana, cuyas gruesas y coloridas rayas se encontraban en la costura delantera. El joven Richarte empezó el camino hacia Huayna Picchu. «Venga, señor… sé dónde están las casas incaicas, por acá… conozco el camino el niño supuestamente le dijo a Bingham y Carrasco . Bingham se esforzó por mantener el ritmo, intentando no esperanzarse mucho. Se había emocionado igual por Choqquequirau, y de poco le sirvió. Era imposible no sentir una pequeña y creciente emoción, sin embargo: estaba caminando en ruinas que sus colegas historiadores y antropólogos probablemente nunca habían visitado. Quizá ningún forastero había pisado este lugar desde la conquista. Las espinas rasgaban la ropa de Bingham, que se agachaba para evitar las ramas y lianas que el niño esquivaba con facilidad. Bingham vio que el camino los llevaba a una serie de antiguas terrazas, como en Choqquequirau. La diferencia acá era que la familia del niño las había recuperado para sus propios cultivos. Finalmente, tras pasar un promontorio, el niño hizo un gesto y Bingham miró hacia arriba. Sus ojos vieron primero el pico del Huayna Picchu, grande e impresionante. Su mirada fue bajando, y después lo vio: «un laberinto de pequeñas y grandes paredes, cubiertas de maleza, las ruinas de edificios hechos de bloques de granito blanco, muy cuidadosamente cortadas y acomodadas bellamente sin cemento. Hubo sorpresa tras sorpresa hasta que nos percatamos de que estábamos en el medio de unas ruinas tan maravillosas como cualquiera que se hubiera jamás encontrado en el Perú. Cubierto por una espuma de «árboles y musgo y la vegetación de siglos los templos, fuentes y palacios parecían surgir y caer a lo largo de la cadena hasta chocar con la base de Huayna Picchu como si fueran una ola. Bingham no podía estar seguro de dónde acababan las ruinas y empezaba la montaña. En un matorral, el niño Richarte le mostró la primera maravilla arquitectónica del día, una muestra increíble de manipostería: una cueva que había sido formada, tallada y cubierta por bellas y entrelazadas piedras. Una piedra tallada con cuatro elegantes escalones bordeaba su entrada triangular. Un conjunto de bloques en forma de guitarra vinculaba la salida de la cueva a una roca adyacente. El interior de la cueva estaba cubierto de piedras talladas con aún mayor cuidado. Misteriosos enganches salían de los muros. Bajo ellos había «muy grandes nichos, los mejores y más altos que hubiera visto jamás», escribió Bingham. Los incas habían colocado sus iconos dorados, y de manera más importante, los mallquis o momias de los emperadores muertos, en nichos como estos. Había sido esta una tumba real, donde los emperadores yacían eternamente, su curtida piel todavía abrigada con las coloridas túnicas de la realeza Inca, sus orejas todavía portando enormes aretes de oro, sus ceños todavía cubiertos con el rojo fleco real . El niño señaló sobre la cueva, donde la piedra se elevaba hacía una estructura curva, similar a una torre. Los muros redondeados eran poco comunes en la arquitectura incaica y frecuentemente eran características de templos del sol. El lugar más sagrado del gran Ccoricancha en Cusco era su muralla occidental curva, cuyo nicho masivo guardaba el icono dorado. En contraste, este muro tenía una sola ventana que miraba al este, que estaba rodeada de enganches entallados suavemente de la piedra. ¿Habían sido usados para asegurar otro icono perdido que resplandecía en el sol de la mañana? Bingham siguió al niño por unas escaleras y vio que la estructura fluía a un muro aún más impresionante hecho de sillar regular, de grano fino, de granito de blanco puro. «Evidentemente era el trabajo de un maestro artesano», escribió después, La superficie interior del muro estaba segmentada por nichos y enganches cuadrados de piedra. La superficie exterior era perfectamente sencilla y carecía de adornos. Los niveles inferiores, de sillares particularmente grandes, le daban una apariencia de solidez. Los niveles superiores, que se reducían en tamaño hacia arriba, le daban gracia y delicadeza a la estructura. Las líneas fluyentes, la organización simétrica de los sillares, y la gradación gradual de los niveles, combinaban para producir un efecto maravilloso, más suave y más agradable que el de los templos de mármol del Viejo Mundo. Debido a la ausencia de argamasa, no había desagradables espacios entre las piedras. Bien podrían haber crecido juntas. Debido a la belleza del granito blanco, esta estructura sobrepasaba en atractivo a los mejores muros incaicos en el Cusco, los cuales habían hecho a los visitantes maravillarse durante cuatro siglos. Parecía un sueño increíble. Sutilmente empecé a darme cuenta de que este muro y el templo semicircular adyacente sobre la cueva eran tan finos como la manipostería más fina del mundo. Ello me quitó el aliento. El niño ayudó a Bingham a subir por una escalinata, más allá de una serie de fuentes secas a un espacio abierto que parecía ser el corazón ceremonial del sitio, su plaza sagrada. La familia del niño la había despejado para plantar un huerto, y en su lado occidental la pendiente caía, mostrando una vista del poderoso río Urubamba. En los otros tres flancos de la plaza, sin embargo, había edificios de piedra. El edificio al sur tenía nichos y enganches que le hacían recordar a Bingham a Choqquequirau; se preguntaba si habían sido los aposentos de un sacerdote. En el lado septentrional de la plaza había un templo «verdaderamente megalítico». Carecía de un muro meridional, pero los otros tres lados estaban hechos de enormes bloques de granito blanco, extraídos de la montaña misma y «encajados como un tapón de vidrio encaja en una botella». El bloque más grande medía más de cuatro metros y estaba tallado como un altar. Acá, un sacerdote Inca habría alguna vez elevado ofrendas al sol y después entrado al templo a colocarlas sobre el altar. En el lado oriental de la plaza estaba el templo más impresionante. Aunque también carecía de un muro que diera a la plaza, una piedra erecta solitaria sugería que una viga desaparecida habría soportado un techo. Era más ancho que los otros, y su muro principal tenía tres ventanas grandes y bellas, cada una de un metro de ancho y más de 1,2 metros de alto. Las tres ventanas tenían vista a una plaza más pública, donde habrían rendido culto los fieles del sitio, y más allá, a la «desordenada masa de montañas gigantescas y cubiertas de bosques, que se elevaban hasta llegar a ser picos nevados» al este. Uno se sentía atraído a estas ventanas como un alma que dejaba un cuerpo agonizante, como si más allá de ellas hubiera un mundo mejor. Le hacían recordar algo a Bingham; exactamente qué, le seguía resultando un misterio. La única nota en falso en este poema de piedra y selva fue un «grosero garabato» en el templo de las tres ventanas: «Lizárraga 1902». Bingham lo apuntó, con la esperanza de que no fuera otro explorador. Había escalado la colina esperando poco, pero su imaginación ya estaba alzando vuelo, escribiendo la historia que le contaría a Alfreda y a sus lectores en Estados Unidos. «Finas ruinas, mucho mejores que Choqq», escribió en su diario. Preparó su cámara y empezó a tomar fotos, capturando la escena para su audiencia en Estados Unidos . El niño le hizo señales a Bingham para que lo siguiera, y el explorador cargó el trípode por una empinada escalinata al punto más alto de las ruinas. Acá yacía el último misterio del sitio, por lo menos durante ese día: una piedra grande tallada en una especie de mesa de dos niveles. Su superficie lisa y gris interrumpida por una alta columna rectangular, como la perilla de una silla de montar. Era un intihuatana, aprendió Bingham, una especie de reloj solar religioso que marcaba el paso de las temporadas, cosechas y días sagrados. Bingham había leído sobre ellos en los trabajos de Clements Markham y E. G. Squier, pero nunca había visto uno personalmente. Alguna vez hubo un intihuatana en Ollantaytambo, pero como tantos otros objetos de culto nativos, fue destruido por los españoles. Otro intihuatana encima de Pisac, un pueblo sobre el Vilcanota, había sido desfigurado en el último siglo. El que este hubiera sobrevivido era causa de celebración y una pista que indicaba que los españoles quizá nunca hubieran saqueado el sitio. Se habían siquiera enterado de él? Hiram había salido en busca de las últimas ciudades de los incas, ¿pero había encontrado algo que quizá era más antiguo? ¿Qué era este lugar . Estaba tan solo a cinco días del Cusco, y Hiram ya había dado con el gran misterio de su vida: la identidad y propósito de Machu Picchu. Bingham quería quedarse, pero después de cinco febriles horas, el sol se estaba poniendo. Además, tenía un programa que cumplir: los verdaderos objetos de su búsqueda Víteos y Vilcabamba debían estar más lejos aun. Prometiéndose a sí mismo que regresaría para despejar los edificios supérstites del sitio, el estadounidense siguió al niño Richarte y al soldado fuera de las ruinas y de vuelta a la cabaña. Se despidió de la familia del niño y descendió con Carrasco y Arteaga al río. Mientras cenaban, Bingham les contó a Eaton y a Foote sobre lo que había visto, y se preguntaron por las sorpresas que vendrían. Si nadie había elogiado una bella ruina como Machu Picchu, que estaba tan cerca del Cusco, quién sabía cuán increíbles serían las auténticas últimas ciudades de los incas . La mañana siguiente, Hiram empezó una carta a su esposa en la que compartía las buenas noticias de la escalada a «una maravillosa antigua ciudad Inca llamada Machu Picchu» . No habría urgentes telegramas a la prensa, sin embargo, ni ediciones extra en las calles de Nueva York anunciando el descubrimiento de una hermosa ciudad perdida. Hiram seguía siendo un explorador con ansias, que buscaba hacerse de renombre, pero quería evitar la precipitada emoción que sintió después de visitar Choqquequirau. Necesitaba controlar su usual impaciencia y dilucidar qué era el sitio, y lo que significaba su visita. Era algo nuevo . O como en Choqquequirau, había visitado un sitio previamente descrito En una sola palabra muy cargada, ¿era el «descubridor» de Machu Picchu Mientras su arriero buscaba dos muías perdidas, Bingham interrogaba a Melchor Arteaga sobre la firma que había visto en el templo de las tres ventanas: «Lizárraga, 1902». Basado en lo que contestó Arteaga, Bingham inicialmente se sintió decepcionado: «Agustín Lizárraga es el descubridor de Machu Picchu y vive en el puente de San Miguel, justo antes de cruzar», escribió en su diario. Cuando
el arriero regresó con las muías, Hiram buscó a Lizárraga en el puente. Agustín no estaba en casa, pero el oscuro color de la piel de su hermano Angel le resultó un alivio. Los Lizárraga eran mestizos locales pobres, o tal como Bingham los
describiría luego, «media-castas», ni blancos ni indios, y por ende sospechosos en los ojos racialitas estadounidenses. Aunque Agustín y dos amigos, Gabino Sánchez y Enrique Palma visitaron Machu Picchu en julio de 1902, Hiram no los consideró como competencia. Aun así, Bingham se abstuvo de enviar un telegrama triunfal a casa. Machu Picchu “era conocido localmente, pero la pregunta más difícil era si algún otro académico había publicado algo al respecto. Bingham no necesitaba ir más allá de sus alforjas, donde guardaba el mapa de 1865 del geógrafo Raimondi, para saber que la montaña de Machu Picchu había estado documentada por casi medio siglo . El monte había aparecido desde entonces en diversos mapas, inclusive en uno publicado en 1910 por el experto inglés en la cultura inca, Sir Clements Markham . En cuanto a referencias sobre las ruinas, también existían. Bingham ya se había referido a la geografía de Charles Wiener, quien en 1880 había reportado rumores de ruinas en Machu Picchu y Huayna Picchu . Si bien Wiener no las había visitado, quizá otros sí lo hicieron, aunque Bingham no supiera nada sobre ello. En 1877, un alemán llamado Hermán Góhring publicó una crónica de una expedición infructuosa en el Urubamba, en la cual tomó nota de la existencia de una fortaleza en «Picchu» . En 1887, otro alemán, Augusto R. Berns, fundó una compañía para saquear ruinas incaicas en los alrededores de la haciendaTorontoy . Bingham después recibiría un documento en el cual el gobierno peruano le daba a Berns permiso para excavar el área, bajo la condición de que entregara el diez por ciento de todos los metales preciosos que encontrara . No obstante, parece que Berns no excavó. Al año siguiente el vicepresidente de la compañía renunció, «acusando a Berns de haber malversado los fondos para su uso personal y, peor aún, de no haber iniciado ni una sola expedición» . Finalmente, en 1904, un peruano llamado Carlos B. Cisneros publicó un Atlas del Perú, en el que anotaba la existencia de ruinas en Huayna Picchu: «Todo el territorio está sembrado de poblaciones Incaicas en ruina, que ofrecen gran campo de investigación a los arqueólogos, por los numerosos objetos de metales preciosos y de toda índole que encierran las huacas y sepulcros antiguos . En otras palabras, tanto los residentes del Cusco como los forasteros sabían que el área estaba llena de ruinas, y unos cuantos sin duda sabían de Machu Picchu mismo. Pero ninguno había descrito Machu Picchu, fotografiado las ruinas
o intentado entenderlas como sitio histórico. Para Bingham, eso constituía el descubrimiento, un logro que después defendería con el gusto por los detalles de un abogado. En 1922, después de haber renunciado a la exploración y haber ido a la guerra, Bingham escribió: «Supongo que en el mismo sentido en que se usa en la expresión “Colón descubrió América” es justo decir que yo descubrí Machu Picchu. Los escandinavos y pescadores franceses sin duda visitaron Norteamérica mucho tiempo antes de que Colón cruzara el Atlántico. Por otra parte, fue Colón quien hizo a América conocida en el mundo civilizado. En ese mismo sentido yo “descubrí” Machu Picchu, pues antes de mi visita y mi informe al respecto, no era conocido por las sociedades geográficas o históricas del Perú, ni por el gobierno peruano. Había sido visitado por unos cuantos indios y mestizos y posiblemente un europeo» . Bingham no estaba reclamando ser el primero en poner pie en Machu Picchu, sino tan solo el primero en proclamar la importancia histórica del sitio. En ese sentido, por lo menos tenía de su lado al diccionario Oxford de la lengua inglesa: para 1908, la palabra «descubrir» había recogido una nueva definición: Traer al conocimiento público, hacer famoso o poner de moda Como los intelectuales peruanos admitirían al siguiente año, Bingham podría ser considerado el «descubridor científico . No obstante, todo el pleito respecto de quién fue el primer cara pálida que vio las montañas parecía absurdo, considerando el simple hecho de que durante años había habido tres familias indígenas viviendo y cultivando en las ruinas; que el nombre que le habían dado al sitio tal como descubrirían después los académicos había venido de los incas, cuyos herederos perdieron el sitio frente a los españoles después de la conquista, aunque volvieron pero accedieron a él a mediados del siglo XIX, como ha demostrado el historiador Donato Amado en una larga y comprehensiva investigación que está por publicarse y cambiará mucho de lo que comprendemos sobre lo que fue Machu Picchu antes de la llegada de Hiram Bingham . Estas familias, asimismo, tenían sus propias teorías respecto del significado del sitio, sobre dónde se ubicaban los lugares más espirituales, y sobre lo que le sucedía a quienes ofendían a los incas y a su memoria. Bingham había descubierto la punta del iceberg, pero seguía sin conocer el grueso de la creencia que yacía debajo. Por ello Bingham debía actuar con precaución. Mientras intentaba descifrar lo que era Machu Picchu, los pobladores indígenas de la región trataban de entender qué hacía el explorador ahí. Lo que dedujeron les resultaba preocupante. Ya circulaban rumores sobre la muerte del niño. La historia alcanzó un punto álgido para la temporada de lluvias, cuando ocurrió una segunda tragedia. En febrero de 1912 Agustín Lizárraga, el anterior descubridor de Machu Picchu a quien Bingham jamás llegó a conocer se resbaló cuando cruzaba un frágil puente bajo la sombra de la montaña y murió ahogado. Su cuerpo jamás fue hallado, a pesar de una búsqueda que se extendió a lo largo de catorce kilómetros río abajo Su esposa estaba desconsolada, y, con el paso de los años su familia empezó a contar una historia que ya revelaba el resentimiento que se estaba formando en torno a la expedición de Yale: Lizárraga no se habría resbalado el domingo 11 de febrero de 19)2, tal como fue reportado, sino que había caído al ser cortadas las cuerdas del puente. Algunos de sus familiares sugirieron más adelante que el autor del crimen había sido el mismísimo Bingham . La acusación no es muy conocida y resulta improbable. El 11 de febrero de 1912 Bingham planeaba su siguiente expedición con la ayuda del presidente William H. Taft. Los papeles de Bingham no muestran evidencia de que tuviera motivo alguno para involucrarse en el accidente. Bingham no consideraba a Agustín como una amenaza e incluso haría negocios con su hermano al año siguiente. Sin embargo, la cambiante historia de la muerte de Lizárraga refleja un aspecto dramático de la historia de Bingham: su expedición y llegada a Machu Picchu significaba algo completamente diferente para los peruanos, cuya ayuda necesitaba. Al llegar al Perú aquel día de junio, Bingham había anunciado que estaba buscando las «ciudades perdidas de los incas. Al hacerlo, fue colocado en la misma categoría que los otros extranjeros que habían venido al Perú a hacerse ricos con los
recursos naturales e indígenas. El 27 de julio de 1911, tan solo tres días después de su visita a Machu Picchu, el periódico cusqueño El Comercio publicó una historia de fábula que evidenciaba el vínculo. Titulado «El tesoro del Inca los cazadores de oro» reflejaba la creencia popular de que todos los extranjeros buscaban resplandecientes tesoros. En la ciudad aún no se había oído de la visita de Bingham a Machu Picchu, pero la publicación no era una coincidencia, considerando que él había pasado semanas en el Cusco preguntando por historias de ruinas incaicas. Hay un país en Sudamérica, que de arriba abajo es una vasta mina de Oro en sus regiones meridionales. Plata y cobre en su zona central. Caucho, perlas y esmeraldas en el norte. Este país es el Perú El más grande tesoro del Perú, sin embargo, era aquel que los incas ocultaron en diferentes partes de los Andes durante la conquista española. Relatos sobre esos tesoros llegaban lejos, atrayendo aventureros y exploradores en busca de fortuna y gloria. La mayor parte de esos exploradores fracasaron, pero otros dejaron marcas más permanentes. Un día reciente, en las cercanías de una mina andina cuyos dueños eran estadounidenses, escribió Paz Soldán, un caballero peruano llamado Don Fernando de Alcántara evitó que uno de esos aventureros, un ingeniero de minas estadounidense llamado Williams, matara a golpes a un anciano y pobre indio. En agradecimiento, el indio, cuyo nombre era Coparti, dijo que le diría al caballero peruano un secreto que el estadounidense no había podido sacarle a la fuerza: que el abuelo de Coparti era descendiente del emperador Inca Titu CUSÍ Yupanqui, el hijo del rebelde Manco Inca y vecino de Vilcabamba. Lo que es más, el abuelo de Coparti le heredó el conocimiento de la ubicación del tesoro de Titu CUSÍ. Coparti se dio cuenta de que Alcántara no le creía. «Mire mis manos», exigió el indio. «Las he enfundado en oro hasta los codos. Hay allí suficiente riqueza para cubrirte tres veces». Coparti trepó a una cercana montaña, diciéndole al caballero que lo siguiera. Cuando Alcántara no pudo mantener el paso, Coparti se alejó corriendo. Menos de cinco minutos después, regresó con los brazos llenos de cadenas de oro, jarras, cálices y cuencos, túnicas bordadas de esmeraldas, diademas, brazaletes. Alcántara estaba atónito. Coparti juró que eso representaba tan solo la centésima parte del tesoro de Titu CUSÍ. Al día siguiente le mostraría a Alcántara el resto. La fábula termina trágicamente, sin embargo. Coparti llevó el tesoro a la habitación de hotel de Alcántara y le deseó buenas noches. Pero cuando Alcántara despertó a la mañana siguiente, fue entre gritos: «¡El asesino huyó! Lo ha muerto á traición! ¡Pobre Coparti!». Bajando a tropezones a la puerta del hotel, Alcántara encontró muerto a Coparti, que había sido abaleado por el estadounidense, quien parado sobre el cadáver «sonreía desdeñosamente … sin dar la menor muestra de arrepentimiento». Williams no fue procesado, y el tesoro de los últimos rebeldes incas se perdió por siempre. Era tan solo un cuento, demasiado fantasioso para ser cierto. Pero su publicación en el principal periódico de Cusco una semana después de que Bingham partiera del Cusco para empezar su propia búsqueda de los últimos incas era cuando menos inoportuna. En el peor de los casos, el artículo era una premonición de cómo algunos peruanos considerarían a Bingham: un agente de la explotación estadounidense, no de la exploración. Mientras Bingham, en su momento más álgido, cabalgaba por el valle en busca de los esplendorosos palacios de Manco Inca y su familia, los lectores del periódico en el Cusco fruncían el ceño ante una versión más oscura de su relato, en el cual una búsqueda de secretos incas destruyó las vidas de indígenas modernos y perdió el tesoro del Perú por siempre .

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