Capítulo 8 – LA QUEBRADA DEL MUERTO

El plan era simple. Hiram iría al Cusco a hacer lo que ningún explorador había hecho antes: reuniría todas las pistas posibles que trataran sobre ruinas ubicadas entre la antigua capital de los incas y el Amazonas hacia el noreste, y de ahí sistemáticamente le pagaría a guías indígenas para que lo llevaran a cada una de ellas. De tener razón, ubicaría Vítcos, la ciudad perdida de Manco Inca. Si quedaba algo de tiempo, intentaría escalar el Coropuna, o tal como lo llamaba, la «cima de América. Antes de que pudiera empezar, sin embargo, hubo de parar en Lima, la capital del Perú. Cuando le dijo al Sun que los «tesoros escondidos» pertenecerían al gobierno peruano no lo hacía de pura generosidad: era lo que mandaba la ley peruana. Las primeras salvaguardas legales para ruinas y objetos habían sido
proclamadas en 1822, después de que los revolucionarios hubieran declarado la independencia de España, pero antes de sellarla. Según aquel temprano Decreto Supremo, los monumentos precolombinos y todo lo que en ellos se encontrara eran propiedad de la nación, y la extracción de ceramios y objetos compuestos de metales preciosos requería autorización previa. De ser atrapados, los saqueadores serían multados con mil pesos y los objetos serían destinados al Museo Nacional Este decreto que es fundamento de toda la legislación peruana al respecto establecía que el Estado-Nación peruano estaba comprometido con la protección de su historia indígena, aunque fuera tan solo de manera simbólica. Bingham sabía que en 1893 un presidente había firmado un decreto actualizado que obligaba a los excavadores a pedir permiso del gobierno, a trabajar dentro de un marco de tiempo determinado y a garantizarle al gobierno duplicados o fotos de todos los objetos encontrados . Aunque Hiram solo planeaba despejar la vegetación de las ruinas, todavía debía asegurarse de contar con la aprobación del gobierno y sus funcionarios. Las leyes que supervisaban las excavaciones no se habían hecho cumplir, pero eso estaba cambiando. En 1909, por ejemplo, después de la visita de Bingham, el gobierno le ordenó al prefecto Núñez que dejara de excavar en .Choqquequirau, debido a que no contaba con la debida autorización. Bingham desembarcó en el Callao dos semanas después de partir de Nueva York. Viajaba solo, adelantándose a los demás miembros de su expedición, quienes se habían quedado en Panamá para observar la construcción del canal. Era el 23 de junio, y Lima estaba en el medio de su nublado invierno. Una «fina y neblinosa garúa» le dio la bienvenida a Hiram mientras pasaba por aduanas y viajaba en un tranvía eléctrico hacia el centro de Lima, una ciudad de 150000 habitantes. Jóvenes porteadores mestizos competían por ayudarle con su equipaje, mientras que los blancos adinerados seguían su camino, pausando frente a las lujosas tiendas que traían las últimas modas de París. Las élites inglesas y peruanas, sus mujeres portando sombrillas, viajaban de la ciudad al hipódromo para disfrutar de las carreras. Campesinos vendían comida en las calles y transportaban bultos, mientras que los ingenieros cableaban la ciudad. Había «un aire de progreso y modernidad en este lugar que hace olvidar que está construido de barro», escribió un cáustico visitante inglés. Bingham se registró en el laberíntico Hotel Maury en la plaza de armas de la ciudad y partió a granjearse la amistad del país. Reveladoramente, no empezó con el gobierno, sino con uno de los poderes tras el trono: W.R. Grace & Compañía. Esta casa comercial estaba administrada por estadounidenses y había ayudado al Perú a recuperarse de la bancarrota del siglo XIX al organizar a sus acreedores en la Peruvian Corporation, la cual estaba administrada principalmente por británicos. A cambio de asumir la deuda peruana, la corporación recibió los ferrocarriles peruanos, dos millones de toneladas de guano y varias concesiones libres de impuestos. Muchos peruanos se resentían ante el control semicolonial que la Casa Grace y la Peruvian Corporation ejercían sobre el país, pero para Bingham este era el punto de partida lógico. Con el sombrero en mano, navegó entre las columnas, escritorios y puertas de madera de las enormes oficinas de Grace hasta encontrar al «agente peruano confidencial» de la compañía, un hombre al que Bingham se refería únicamente como Ballén. Con Ballén escoltándolo, el explorador dio dobló la esquina hacia el Palacio de Gobierno y la oficina del presidente Augusto B. Leguía. Hiram había conocido al pequeño, esbelto y agudo presidente en 1909, y se horrorizó con cuán demacrado se le veía. Leguía había pasado los últimos dos años lidiando con una crisis tras otra. Había sido raptado por enemigos políticos armados. Su propio partido prácticamente lo había repudiado por haber firmado decretos que reformaban las leyes laborales. Mientras Bingham explicaba sus planes, el presidente se mostraba distraído. Estaba más preocupado por la reciente amenaza del gobierno británico de publicar acusaciones de que las compañías caucheras administradas por peruanos pero financiadas por británicos estaban esclavizando, abusando y asesinando a trabajadores nativos en las selvas orientales . Estando en juego la reputación del Perú en el extranjero, Leguía se percató del beneficio que podría significar ayudar a la expedición científica extranjera. Le dio a Bingham autorización completa para explorar, exoneró de inspecciones a su equipaje y le entregó una carta de presentación que le garantizaba apoyo gubernamental y escolta militar a donde fuera. Leguía le advirtió a Bingham que la región a la que se dirigía los valles de los ríos Urubamba y Vilcabamba se había vuelto peligrosa últimamente. Tan solo unos meses atrás, los agricultores indígenas y recolectores de caucho se habían rebelado contra los terratenientes de la región. A lo largo de la sierra sur, los campesinos indígenas se estaban rebelandocontra las élites. El gobierno en el Cusco había suprimido el alzamiento en el Urubamba, pero Bingham debía tener cuidado. El control que sobre el último refugio de los incas tenía el Estado era apenas un poco mayor al que ejercía en laépoca de Manco. Al ir con soldados, la expedición de Bingham ayudaría al gobierno peruano a extender su control sobre los indígenas del país. Tal como viera Bingham a la mañana siguiente, el Perú también tenía dificultades en cuanto a la arqueología. Tomó un coche a caballo al Museo Nacional, ubicado en el polvoriento Palacio de la Exposición. El Perú contaba con un museo desde su independencia, pero la falta de fondos le había imposibilitado monitorear y proteger las ruinas del país. Los controles gubernamentales también tenían un punto débil: la compra, venta o exportación de objetos arqueológicos no estaban restringidas. Era de público conocimiento que las tiendas alrededor de la Plaza Mayor vendía piezas, ya sean falsas o saqueadas, a los turistas . El nadir llegó en 1881, durante la guerra del Pacífico, cuando soldados chilenos saquearon el museo, dejando tan solo una losa de piedra tallada que estaba escondida en los jardines de los exteriores. El museo cerró, y entre 1872 y 1911, el aumento en la demanda en el mundo occidental y la desesperación económica peruana les permitieron a los coleccionistas extranjeros comprar y exportar más de sesenta grandes colecciones privadas de objetos incaicos y preincaicos a museos en Berlín, Londres, Nueva York, Chicago y París. Cada colección que salía del país significaba la destrucción de incontables tumbas, todo por satisfacer los cada vez más cosmopolitas gustos extranjeros . En 1905, el presidente del Instituto Histórico había públicamente exhortado al gobierno y al pueblo a hacerse responsables por la historia material de su país. «Aquí, cansados estamos de verlo, llega cualquier viajero, toma una cuadrilla de peones y se echa a desenterrar momias y objetos, sin permiso de nadie, como si estuviese en casa propia», le dijo a sus colegas historiadores. «Creo que ya es tiempo de poner remedio eficaz a este mal si no prohibiendo en absoluto la exportación, como sucede en países muy adelantados de Europa y América, a lo menos reglamentándolo y vigilando esas exploraciones . El gobierno todavía no había prohibido la exportación, pero había reabierto el museo al que Bingham ahora entraba. Su director era el legendario y bigotudo arqueólogo alemán Max Uhle. Además de ser el autor de la primera cronología arqueológica de los Andes, Uhle también había exportado varios objetos a museos del extranjero, lo cual lo hacía una elección extrañamente buena para construir el museo peruano. En sus primeros años en el puesto, triplicó la colección . En comparación, Bingham era un neófito en la arqueología peruana; temía que Uhle se le adelantara y fuera a Cusco a descubrir las últimas ciudades de Manco. Cuando Bingham conoció al «muy excitable» alemán aquella mañana, dejó de preocuparse. En años recientes, Uhle se había hecho de pocos amigos al declarar que la responsabilidad del saqueo del país recaía sobre los peruanos mismos, no en la demanda extranjera. Sus enemigos estudiaban todos sus movimientos y empezaron a lanzar rumores de que era ocioso o, peor aún, que seguía exportando objetos al exterior. Su financiamiento fue recortado. Aunque el gobierno peruano le dio dinero para ir a Choqquequirau, no recibió nada para costear una excavación. Estaba «condenado a la inactividad eterna» en Lima, le escribió a un colega Su hambruna sería el banquete de Bingham. Hiram tomó otro coche a caballo. Tenía un último asunto que atender. En su primer día en la ciudad había llamado a Carlos Romero, el archivista y autor del artículo que sugería que el último refugio de los incas había sido un lugar llamado Vitcos, no Choqquequirau. Bingham lo encontró un «hombre muy viejo y bastante débil… algo sordo y un tanto amargado, pero todo un académico». Romero se había criado en la pobreza, pero en el proceso de reconstruir la Biblioteca Nacional después de la Guerra del Pacífico se había vuelto uno de los expertos locales en la historia anterior a la independencia . «De mil amores escribiría en quipus o con pluma de ave», bromeó un admirador suyo . A Romero le complacía conocer a Bingham. Había escrito su artículo porque quería ver que se descubrieran estos símbolos de la rebelión anticolonial de los incas, y Bingham parecía ser una herramienta útil. Romero le dio a Hiram un curso acelerado sobre la geografía de los últimos incas, tal como fuera descrita por un fraile agustino llamado Antonio de la Calancha. Bingham le preguntó a Romero por el nombre del último refugio de Manco. Era Vitcos o Vilcabamba Romero sacudió la cabeza: Vilcabamba era el nombre del reino en general y Vitcos era la capital de Manco en el exilio. Romero señaló un pasaje que colocaba a Vitcos junto a «una casa del sol» y un santuario de piedra llamado Yurak Rumi . Pero cuando Romero dejó al estadounidense para que este apuntara las pistas por su cuenta, Bingham se percató de que la crónica de Calancha contradecía lo que Romero creía. En la página 794, se leía que el pueblo de Puquiura estaba a dos largas jornadas de la corte y ejército del Inca, el pueblo de Vilcabamba. No le había asegurado Romero que la última capital de los incas había sido Vitcos, y que estaba, junto a Puquiura, Bingham encontró mayores referencias a esta «vilca bamba la Vieja», pero ahí Calancha decía que estaba a tres días de Puquiura. vilca bamba la Vieja era el más grande poblado del reino, escribió Calancha, y contenía el nuevo corazón de la religión incaica. Era la residencia preferida de Titu CUSÍ, el hijo mayor de Manco, y fue el hogar final de su hijo menor, Túpac Amaru, antes de que fuera ejecutado por los españoles. Bingham soltó el lápiz, finalmente entendiendo lo que incluso Romero no había logrado comprender. Vilca bamba y Vitcos eran lugares diferentes. Manco se había desplazado a Vitcos, pero después construyó Vilcabamba. Bingham no estaba buscando una sola «ciudad perdida»; estaba buscando dos. La Expedición Peruana de Yale llegó al Cusco el 2 de julio, y Bingham inmediatamente empezó a buscar pistas sobre las ruinas cercanas. Después contaría que cuando le dijo a sus amigos en el Cusco que estaba buscando algo aún mejor que Choqquequirau se rehusaron a creerle, y bromearon con que había regresado para excavar la Cuna de Oro. Bingham recibió sustancialmente más apoyo por parte de los residentes del .Cusco de lo que reveló, sin embargo. Con la gestión de Albert Giesecke de la Universidad del Cusco la coyuntura era favorable para proclamarse amigo del Cusco y defensor de las ruinas incaicas. Luis E. Valcárcel y los estudiantes que se habían rebelado en 1909 estaban estudiando lenguas y tradiciones indígenas, y visitaban ruinas locales por su cuenta. Valcárcel ahora ayudaba a editar la revista de la universidad, asistía a reuniones de la Sociedad Pro-Indígena de la región y escribía artículos sobre héroes incas para los periódicos de Lima . De haber estado en el Cusco aquel julio, hubiera estado entre los estudiantes que aplaudieron cuando Bingham dio un breve discurso en la universidad el 4 de julio, día nacional de Estados Unidos. Sin embargo, dado que Valcárcel pertenecía a una familia de mercaderes, Giesecke probablemente no se lo presentó a Bingham; no todavía. Más bien, Giesecke invitó a estudiantes cuyas familias tenían tierras en el río Urubamba para que compartieran con el explorador lo que supieran sobre ruinas. Un joven y amigable ingeniero, Alberto Duque, les contó a los miembros de la expedición que serían bienvenidos en la hacienda de su padre, justo río abajo del punto donde se encontraban los ríos Vilcabamba y Urubamba. El ingeniero trajo a otro informante, José S. Pancorbo, quien era dueño de una hacienda azucarera a orillas del Vilcabamba. Pancorbo confirmó una de las especulaciones de Romero: verdaderamente había un conjunto de ruinas cerca del pueblo de Puquiura. «Justo lo que esperaba», le escribió Bingham a su esposa. Bingham recolectó más pistas, aunque ninguna calzó tan bien con las crónicas como la de Pancorbo. Mientras compraba machetes, picos y palas, Hiram conoció a un viejo minero alemán quien le dijo que en el río que seguirían primero, el Urubamba, había ruinas en una cresta encima de un lugar llamado Mandor Pampa, justo después de la hacienda llamadaTorontoy, de propiedad de una familia Ochoa.Cincuenta años después, el rector de la universidad, Albert Giesecke, diría que él también le dijo a Bingham que había ruinas en Mandor Pampa, y que casi las había visitado aquel enero1′. Hoy, el doctor Jorge Flores Ochoa, un importante antropólogo en la Universidad del Cusco, confirma que su familia también sabía de las ruinas mencionadas . Pero Giesecke y los Ochoa salieron perdiendo en la versión de Bingham. Cuando Bingham hizo famosas a las ruinas misteriosas, le daría crédito por la pista al minero y a nadie más. Podría haber estado tratando de quedarse con toda la gloria, pero también podría haberse olvidado de nombrarlos por pura distracción. En la mañana del 6 de julio hizo un descubrimiento que podría convertirse en un hito en su carrera, de importancia probablemente aún mayor que la de las ciudades perdidas incas. Si resultaba auténtico, creía que podría reescribir la historia del hemisferio occidental . Bingham estaba caminando en las afueras del Cusco cuando se cruzó con una quebrada llamada como averiguaría después Ayahuacco, la quebrada de los cadáveres o, como prefería Bingham, la quebrada del muerto. Al incursionar en ella se sorprendió de encontrar lo que parecían ser huesos humanos y una rústica pared de piedra. Los restos eran poco llamativos, excepto por un hecho sorprendente:tanto los huesos como d muro yacían en el costado de la quebrada, incrustados bajo un banco de grava de unos 21 a 24 metros de alto. Si estaban enterrados a esa profundidad debían ser antiguos, pensó Bingham. «De mi conocimiento de geología que han estado enterrado por un par millares de año le escribió a su esposa esa tarde. «Creo que anteceden a Vos incas por cómo mil años Eran mucho más antiguos, según Isaiah Bowman, el geógrafo. Después de sacar un fémur humano y varios otros fragmentos, un Bowman «muy emocionado declaró que la ubicación de los huesos, su disposición, su profundidad en el depósito y el carácter de la grava sugerían que tenían treinta mil años de antigüedad. «Hasta donde sé no se han encontrado huesos humanos de esa época en Sudamérica, Bingham le escribió a Alfreda. «Este es un momento emocionante para la YPE y para tu esposo . «Emocionante» era una forma de describirlo. «Peligroso» también podría haberse usado. La antigüedad de los pueblos nativos de América había sido tema de debate desde el primer contacto entre el Viejo y el Nuevo Mundo. Rechazando versiones nativas según las cuales habían estado ahí desde siempre, los tempranos europeos especularon que los indios eran una tribu perdida de Israel que había llegado desde Asia alrededor de 500 a.C. Las cronologías bíblicas sucumbieron después frente a descubrimientos decimonónicos en torno a la teoría de la evolución, la antigüedad geológica y la presencia de esqueletos humanos y herramientas líticas junto a animales extintos. Los humanos evidentemente habían vivido en Europa durante la última Edad del Hielo, miles y miles de años antes de los días de Adán y Eva. Tal como lo puso el arqueólogo David Hurst Thomas, «Si la historia europea podía ser puesta de cabeza con un solo hallazgo bien documentado, ¿por qué no la del Nuevo Mundo? ¿Por qué no el paleolítico americano . Tanto aficionados como académicos habían descubierto herramientas similares a las del paleolítico europeo, y el público estadounidense ahora hervía con la posibilidad de que los indígenas del pleistoceno hubieran cazado mamuts, bisontes gigantes y felinos dientes de sable 25 000 años atrás. Con una certeza que ahora parece prejuiciada, sin embargo, el Burean of American Ethnology de Washington y sus antropólogos William Henry Holmes y Ales Hrdlicka habían declarado que era prácticamente imposible que los indios hubieran estado en el hemisferio occidental durante la última Edad del Hielo. Para mover la historia del hemisferio hacia atrás, un antropólogo y un geólogo tendrían que encontrar y confirmar huesos o herramientas americanas de la era glacial en sedimentos del Pleistoceno. Bajo el régimen del Bureau, recordaría un antropólogo después, la «pregunta del hombre temprano en América se volvió virtualmente tabú, y ningún antropólogo, o para tal caso, geólogo o paleontólogo que deseara una carrera exitosa se expondría al ostracismo al sugerir que había descubierto indicios que le darían una antigüedad respetable al indio» . Hrdlicka hasta entonces había rechazado cualquier descubrimiento sobre el cual se dijera que tenía más que un par de millares de años de antigüedad. Su alcance era grande. Tan solo un año atrás había viajado a Sudamérica para refutar al pintoresco científico argentino Florentino Ameghino, quien decía haber encontrado materiales óseos glaciales . Desafiar al Bureau tendría sus riesgos, pero Bingham y Bowman creían que su descubrimiento podría pasar el escrutinio. La expedición mapeó la quebrada y excavó sus muros. Encontraron más huesos, todos los cuales fueron fotografiados empapados en vaselina y empacados en mantas de algodón para ser enviados a Estados Unidos. Bingham no era antropólogo, pero el entrenamiento geológico de Bowman era sólido, y declaró que la grava era glacial. Bowman ahora sugería que los huesos podrían tener una antigüedad aún mayor: 40 000 años. Bingham estallaba de júbilo. Apenas llevaba pocas semanas en su exploración arqueológica de los Andes y ya había descubierto huesos que podrían hacer que la historia de la presencia humana en América fuera ochenta veces más antigua que
la fecha aceptada científicamente. Se fotografió a sí mismo parado en un perfil romántico en una loma erosionada cerca de la quebrada. No es esto afortunado le escribió Bingham a Alfreda. Tal como sugirió un historiador moderno respecto de la expedición entera, de tener razón, «Yale, y por extensión, la ciencia estadounidense, podría jactarse de haber reescrito la historia de la humanidad . Hiram seguía emocionado cuando el 14 de julio descubrió una última pista para su misión principal de aquel año, la búsqueda de las ciudades perdidas de Manco. El y Foote, su compañero de viajes, habían ido a lomo de bestia hacia el norte del Cusco en búsqueda de muías. El viaje por el altiplano fue espectacular, sus campos plateados tenían una cualidad mística en la luz de la mañana. Su primer vistazo del Yucay ahora conocido como el Valle Sagrado fue igualmente impactante. Atravesado por el lento y hermoso río Vilcanota, el valle estaba bordeado por un mosaico de terrazas, campos y pendientes empinadas que explotaban hacia cumbres nevadas. Era el lugar más bello que había conocido Hiram hasta entonces en el Perú. Sus montañas nevadas eran «tan grandes y grandiosas que satisfacen completamente el deseo que uno tiene de Magnificencia. Hiram y Foote descendieron al pueblo de Urubamba, donde encontraronal subprefecto local Adolfo Quevedo, «simpático, pero borracho» y dispuesto a ayudar. Puso a las muías en orden y cuando cayó la noche, Quevedo y sus amigos agasajaron a los estadounidenses con historias de las tierras a las cuales se dirigirían. Era peligroso, les advirtieron; Quevedo había sido subprefecto río abajo hasta que estalló la última revolución indígena, lo cual lo obligó a huir por su vida. El gobierno había confiscado las armas de la región, pero la situación seguía siendo tensa. Pero Bingham podría encontrar lo que buscaba, reconoció Quevedo. Al bajar la temperatura, y mientras los estadounidenses disfrutaron de una merienda sencilla pero abundante, el subprefecto pensó durante un largo momento, y le dijo a Bingham que siguiera el río Urubamba dos leguas más allá de la hacienda de Torontoy y que preguntara por las ruinas en la cima de la montaña. Eran las mismas instrucciones que Bingham había obtenido del minero alemán en el Cusco, pero esta vez el subprefecto le dio un nombre a las ruinas: Huayna Picchu. No calzaba con nada que Hiram hubiera leído en los archivos limeños, pero lo escribió en su diario de todas maneras. «Alguien acá dice que es mejor que Choqquequirau», añadió .

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